Hernando Rojas Leguízamo

HERNANDO ROJAS LEGUÍZAMO

Las Memorias conversadas® son historias de vida escritas en primera persona por Isa López Giraldo

Soy un bogotano de pura cepa. Crecí en una familia de tres hijos, con dos hermanas siendo yo el de la mitad. Mis papás, Luis Hernando y Martha Lucía, son personas trabajadoras, dedicados a la familia y quienes nos inculcaron el tema de responsabilidad y de servicio, con la conciencia de la gratitud en cada paso de nuestra vida. Ambos fueron directivos del sector financiero, lo que les exigía una carga de trabajo importante pero nunca descuidaron su rol de padres. Con mis hermanas Adriana y Catalina, compartí una época de amigos de barrio y de poder jugar en la calle. Siempre muy unidos a pesar de muchas diferencias de carácter, gustos y edades. Los ochentas fueron épocas muy especiales para quienes los vivimos. La música, el fútbol, las fiestas y especialmente los amigos.

Comencé el colegio en el Gimnasio Moderno. Fue un vínculo inicial ligado a una tradición familiar. En los cinco años que estuve hice grandes amistades que perduran hasta hoy. Recuerdo bien que hicieron un concurso de dibujo cuando yo estaba en preescolar. Pasados unos meses, se convocó a una reunión general y tuve que pasar adelante, todos aplaudieron y recibí un papelito que guardé en mi lonchera. Cuando llegué a la casa mi mamá vio un diploma envuelto en servilletas usadas que reconocía un premio en el campeonato mundial de pintura promovido por una reconocida fundación coreana.

Para todos fue una gran alegría y sorpresa este reconocimiento. Lo que pinté eran unos tiburones, que el jurado interpretó como delfines. El talento en pintura quedo ahí. Creo que me quede pintando como lo hacia en esa época. En Primaria, me surgió un importante interés por la Biblia, aprendiéndome en mi etapa de preparación para la primera comunión gran parte de nombres y generaciones del antiguo testamento. Tanta lectura tanto de la Biblia como de varios libros que mi papá me compraba, me generó un gran interés hacia la escritura.

Luego, la decisión de mis padres fue pasarme al Gimnasio Campestre (colegio del que me gradué y al que llegué en cuarto de primaria), desarrollé una habilidad especial para la escritura con mucha creatividad. También jugaba bien el futbol, siendo un fanático consumado de Millonarios, a todas las historias de los mundiales y a oír en la radio cuanto partido nacional o internacional se presentara. El hecho de estar en el mismo curso de mi primo Carlos Escobar Leguízamo, me daba confianza y seguridad. Fueron épocas claves para consolidar mis mejores amigos de la vida y los momentos que marcarían para siempre mi criterio y estilo de vida.

En la adolescencia tuve distintos intereses, especialmente el fútbol y la música. Tuve una miniteca (Sunshine) con dos amigos de barrio, hicimos buen nombre y negocios. Nos demandaba saber mucho de tendencias musicales. Éramos buenos DJs. Un trabajo muy rentable pero muy sacrificado pues no bailábamos y rara vez disfrutábamos de las fiestas, aunque ese rol nos generaba popularidad. Con el tiempo fui dejando la miniteca y empezaron otras prioridades en mi vida como tener novia y compartir más con mis amigos.

De la mano de una amiga chilena aprendí a tocar piano, compuse canciones e hice parte de un grupo de rock. Conocí de cerca a bandas como Prisioneros, Miguel Mateos (su grupo Zas) y especialmente a Soda Stereo, donde mucho tiempo después (en época universitaria) tuve la oportunidad de conocer al gran Gustavo Cerati, lo que me significó una experiencia inolvidable.

En algún momento sentí frustración por no haber seguido el camino de la música cuando estaba escogiendo mi carrera. En mi casa consideraban que no era una profesión sostenible (eran los años 80 y había mucho interés por el rock en español pero no era opción de vida). Conservo varias composiciones mías y de alguna manera sigo conectado con mi música, mi piano y uno que otro espacio con familia y amigos para compartirla.

Al graduarme del colegio la situación económica de mi familia no fue la mejor y enfrentamos un importante desafío que nos fortaleció. Tuve que aprender sobre la importancia de otras cosas, repensar la manera de valorar los espacios con mi familia y apreciar a quienes en algún momento fueron invisibles para mí. Un gran referente para todos esos momentos difíciles fue el Doctor Alfonso Casas Morales, Rector y Fundador del Gimnasio Campestre quien había fallecido recientemente y quien nos enseñó día a día a través del ejemplo, los valores, moral y ética a los que me tuve que aferrar y vivirlos.

La situación familiar coincidió con una época muy compleja para el país con las bombas del narcotráfico, lo que generó un contexto diferente en los jóvenes que teníamos mucha ansiedad por vivir aún en medio del temor. Valoro mucho la fortaleza de mis papás, ya que cuando salíamos a fiestas o paseos mis hermanas y yo, la única manera de comunicarse únicamente era por un teléfono fijo.

Una vez me gradué del colegio, entré al CESA para emprender una carrera que, por referencia, me llamaba la atención. Allí viví una de las mejores épocas de mi vida pues conocí un grupo muy especial de gente. Me encontré con la posibilidad de aprender diferente, compartí con personas que tenían otra visión, aprendí autonomía, respeto a la opinión de los otros y tuve consciencia real del fruto del esfuerzo.

Hice mi práctica universitaria en una reconocida empresa de carga y comercio internacional, aspirando a ser inmediatamente “gerente y doctor” pero la realidad me atropelló cuando entendí que debía empezar una carrera en la vida práctica y empezar desde cero. Comencé en el departamento de importaciones y luego en exportaciones con horarios muy difíciles, trabajando no solo en labores básicas de oficina sino en la operación misma de cargar mercancía si era necesario, lo que podía extender el horario hasta la madrugada sin misterio alguno.

Luego trabajé en el sector financiero, en una de las empresas del Consorcio Financiero Nacional. Fui gerente comercial a mis veintidós años y con algunas personas a mi cargo. Pensaba que lo que leía en los libros podía simplemente aplicarlo y entendí que la realidad es muy distinta, que el día a día de todos es un factor determinante. Fue una gran escuela.

Así continuó mi proceso de formación laboral. Para ese momento ya había llegado a mi vida mi hijo Sebastián, lo que me representaba una responsabilidad muy importante. Después de pasar por otra empresa de servicios financieros, opté por la independencia manejando la distribución de productos de comunicación con COMCEL y apoyando a mi mamá en un centro de formación en el que se realizaban talleres de desarrollo personal, en un contexto donde se vivía el despertar de técnicas especiales para el trabajo en equipo, educación experiencial, los outdoors enfocados a temas de manejo de angustia por la realidad país pero también de liderazgo y empoderamiento.

En mi período independiente (gran parte del año 1997) pude apoyar esa labor y aprender muchísimo, porque vi la vida de otra forma, evidencié que la mayoría de las veces seguimos patrones impuestos que no conectan con nuestra propia esencia. Fue mi primera aproximación consciente y sincera de amor por la educación y la tarea de transformar vidas de manera positiva. Era insignificante lo que ganaba pero invaluable lo que aprendía de las personas apoyando sus proyectos de vida.

A mediados de 1998, mi hoja de vida le llegó al Padre Germán Isaza Vélez (QEPD) quien en su momento se desempeñaba como Director ejecutivo y presidente de la Junta Directiva del Colegio Santa María (Antiguo Colegio de las Hermanas Benedictinas), pues había una vacante para la Dirección Administrativa. Mi referente de las Benedictinas siempre había sido un colegio muy prestante pero el simple hecho de trabajar en un colegio para mi era algo completamente desconocido. Cuando me llamó a ofrecerme ese encargo de gran responsabilidad, sin estar tan claro y convencido, acepté el reto.

Inicialmente pensé que sería un trabajo temporal para mi, pues tenía interés de volver al sector financiero, pero me enganchó un ambiente de fraternidad y muy enriquecedor que ya suma más de veinte años. El entorno es completamente diferente a lo que conocía. Tener la posibilidad y responsabilidad, de influir en la construcción de seres humanos motiva muchísimo.

Un par de años más tarde llega nuevamente una bendición con el nacimiento de mi hijo Juan José. Época indeleble en mi vida, la crianza y cada una de las etapas que vivimos.

Me especialicé en Finanzas y Negocios Internacionales, con un propósito puntual de fortalecer y diversificar mi labor en el colegio. Fue una gran vivencia, ya que logramos volverlo una empresa superavitaria y sólida patrimonialmente.

Para el año 2008, fui nombrado vicerrector al lado de mi gran maestra Ana María Ternent, quien fue rectora del colegio de 1998 a 2011. Persona que admiro inmensamente y a quien le tengo una gratitud infinita por todas sus enseñanzas y experiencias compartidas. Para nutrir mi cargo me embarqué en una maestría en Gestión y Dirección de Instituciones educativas y adelante varias capacitaciones, en especial una que me rompió paradigmas que fue “Liderazgo para la comprensión” con Fundacies vinculados directamente al Proyecto Cero de la Escuela de Graduados en Educación de la Universidad de Harvard.

En mayo del año 2018, después de un proceso de selección riguroso, fui nombrado rector por la Junta Directiva en cabeza de Monseñor Daniel Delgado. Ya había estado al frente de la Gerencia General y la Vicerrectoría además de muchas vivencias y caminos recorridos, de los cuales puedo escribir un libro de anécdotas, momentos muy duros y grandes satisfacciones.

Estoy orientado a hacer un doctorado en áreas de la educación, el cual será aplicado a la dinámica misma que se vive en los ambientes de aprendizaje y su entorno social y contemporáneo.

Desde hace algunos años estoy escribiendo el libro La Tercera Oportunidad. Es un poco la combinación de mis vivencias y aprendizajes aplicados a temas de ciencia ficción, buscando dar mensajes sobre lo que considero es realmente importante en la vida.

Estoy casado con Bianca Gambino Rosero, comunicadora y socióloga autodidacta, con quien comparto mi vida de manera plena y feliz, somos amigos y cómplices. Amamos la naturaleza y los animales, Vivimos en las afueras de la ciudad con cinco perros y tres gatos.

Mi hijo Sebastián tiene veintitrés años, estudia medicina en la Universidad del Rosario, es exalumno del Gimnasio Campestre en donde fue Orden de San Jorge (dignidad que reciben los estudiantes de muy altos estándares y son referentes para los otros Gimnasianos). Juan José de dieciocho cursa grado once también en el Gimnasio Campestre, es jefe de granaderas en la banda de guerra, disfruta la música y tiene talento para los instrumentos de percusión. Los dos son muy sensibles a los temas sociales (herencia familiar). Aparte de tenerles un amor infinito, vivo muy orgulloso de ellos.

Mis papás viven también en el campo, ya están pensionados y tienen una vida tranquila. Les agradezco su ejemplo, dedicación y cariño por sus hijos.

  • ¿Cuál ha sido la mayor lección que has tenido que aprender?

En alguna circunstancia muy particular en mi primera etapa profesional, apliqué a Arthur Andersen y creía que si no lo lograba sería una gran falla en mi vida. En una de mis conversaciones con mi abuelo materno, Enrique Leguízamo (coronel retirado del ejército) me dijo:

— Si te sientes nadie sin ese trabajo, serás nadie con él.

Así que es más importante el ser que el tener, y esa ha sido mi mayor lección en cada etapa de mi proceso de crecimiento y formación.

  • ¿Qué manejo le has dado a la frustración en tu vida?

Revisando las alternativas, las diferentes posibilidades y opciones. Por lo tanto aceptar el presente, estar atento a los “mensajes divinos” y seguir adelante.

  • ¿Qué es lo que más te reta?

Cruzar los miedos. El hecho de trascender frente a la complejidad de la vida.

  • ¿Qué te gusta dejar en las personas que se acercan a ti?

Un mensaje y que se sientan acogidas con afecto.