William Francis Maloney

WILLIAM FRANCIS MALONEY

Las memorias conversadas son historias de vida escritas en primera persona por Isa López Giraldo.

Soy un economista al que le gusta explorar fronteras, bien sea de países o de ideas. A través de varias fases de mi ya larga carrera, algunos años más académicos que otros y actualmente en el Banco Mundial, he seguido ocupándome de la manera como avanzan las sociedades.  A mí me motiva a nivel intelectual y personal.

En el proceso, he tenido la oportunidad de conocer múltiples destinos, estudiarlos a profundidad, leer su historia, trabajar con la gente, analizar su problemática. En particular, diría que para mí es un lujo el vínculo especial que generé con América Latina. He podido tender lazos de amistad que me son muy valiosos y que conservo. Afortunadamente, mi esposa y mi hija son de la misma mentalidad, comparten los mismos intereses y aprecian en particular a Colombia. Esto es así pese a que mis orígenes familiares no lo previeran de ninguna manera.

Mi biblioteca que ves atrás la empecé a construir mientras estudiaba en Harvard. Estando allí me fasciné con la historia, la filosofía, la sociología y la literatura. Con el tiempo la disciplina de la economía me ha ido dando un buen set de herramientas para analizar los problemas sociales. Me he nutrido con la literatura, incluyendo la latinoamericana,  aunque, obvio, me cueste más leerla. También he tenido una apreciación por la música de todo índole, tanto por la popular como por la clásica. Mi hija las interpreta con un talento y pasión que me inspiran.

Quizás por una formación un poco ecléctica, me siento muy cómodo dándoles una mirada distinta a las cosas, revisando si hay algo que se nos escapa. Muchas veces estoy equivocado en mi aproximación, pero también me gustaría creer que he contribuido con algo nuevo en algunos campos. Esto me ha brindado mucha satisfacción.

ORÍGENES

RAMA MATERNA

Mis abuelos fueron emigrantes de Eslovenia. Las tierras de los eslovenos, que tantos tuvieron que dejar, abarcan una porción del norte de Austria, de Trieste en Italia y del Adriático. Muchos eslovenos están en Croacia y Hungría, pero la diáspora se encuentra en su mayoría en países como los Estados Unidos y Canadá, Argentina y Australia.

Mi familia siguió la misma trayectoria que tantos de sus nacionales, quienes llegaron a los Estados Unidos concentrándose en algunos pocos lugares. En este caso Cleveland, Ohio. Y a mis abuelos les fue muy bien, se integraron con facilidad a esta nueva sociedad dentro de una generación.

Los eslovenos se sintieron primos pobres en el imperio austro húngaro con Viena como centro cultural y educacional de la época. Han tenido por tradición, como todos los grupos de inmigrantes de Europa Central, un énfasis sobre la educación como instrumento de movilidad. Y la música y el arte como elementos integrales de la vida.

Anton Mervar, tío de mi mamá, ensambló acordeones y gozó de gran reconocimiento en este oficio. Ahora los suyos son considerados instrumentos muy valiosos. También  interpretó el acordeón, aunque más el estilo polka que el de Francisco El Hombre.

FRANC LAVRICH

Miha Lauric, mi bisabuelo, era innkeeper en Smihel, Eslovenia. Enseñó música y fue el organista de la iglesia. Tuvo seis hijos.  Franc Lavrich, mi abuelo, se aburrió de ser agricultor y de encontrarse al lado equivocado de WWI. Entonces buscó un porvenir mejor como estudiante de medicina en los Estados Unidos. Como es el caso de muchos inmigrantes, la vida tuvo otras ideas. Lo llevó a trabajar como operador de punzonadora en una fábrica cerca de Cleveland, Ohio. Él y mi abuela murieron antes de que yo naciera.

Todo lo que sé es a través de la memoria de mi mamá.  Me cuenta ella que Franc aprendió el inglés rápido y que fue traductor en el barrio esloveno. La llevaba a la biblioteca y a conciertos, como buen centroeuropeo. Tampoco sé mucho de su esposa, mi abuela, Ivanka (Jenny) Krasovec. Tan solo que fue una mujer muy sociable, exquisita en su presentación personal, porque se preocupaba excesivamente por proyectar una buena imagen.   

IVANKA MARÍJA LAVRICH

Ivanka María (Jeanne) Lavrich, mi mamá, nació después de que sus papás se instalaran en los Estados Unidos. Creció en el barrio esloveno, habló el esloveno hasta sus dieciocho años y asistió a escuelas católicas eslovenas.

Pasó tardes enteras escuchando acordeonistas en el atelier de su tío Anton. Abrazó la tradición cultural de Europa Central y la vocación musical. Siente un profundo amor por la música clásica, especialmente por los románticos tardíos. Interpreta más que bien el piano e hizo parte de coros hasta la pandemia. Tiene opiniones muy fuertes sobre temas muy variados, a menudo bien fundadas.

Sintió la responsabilidad de escapar de su condición de inmigrante que la llevó a aliarse con el Partido Demócrata. Hizo mucho voluntariado, que incluían temas raciales.

Ya casada y con los hijos grandes, trabajó como asistente legal en Digital Equipment Company, uno de las primeras empresas high tech alrededor de Boston. Regresó a estudiar y se graduó a la edad de sesenta años. Este año cumple noventa y sigue reuniéndose con sus amigas en clubes, asiste a conciertos y a teatro.  Espero tener sus genes.

RAMA PATERNA

Maloney es un apellido irlandés. Mi padre proviene de la línea que contiene en adición una mezcla de tradiciones afincadas en Suecia, Inglaterra, Escocia, entre otros países. Lo que llamarían “un perro de calle”, como lo son muchos de mi país.

John Maloney llegó de Irlanda a los Estados Unidos alrededor de 1866 buscando trabajo. Lo encontró en Ohio en el Alto Horno de William Richard y Cía. Después trabajó en el ferrocarril New York, Pennsylvania y Ohio (NYPANO).  Llegó más o menos una década después del final de la gran hambruna irlandesa (1845-1852) causada por la enfermedad de la papa. Este fue todo un desastre humanitario que dejó la economía irlandesa aplastada. 

Tuvo seis hijos incluyendo a William Joseph Maloney quien nació en 1862. WJ Maloney trabajó como master mechanic en Mahoning Valley Steel Company en Niles Ohio. Fue quien empezó la poca imaginativa tradición de William Maloney con segundos nombres distintos. WJ tuvo tres hijos, entre ellos mi abuelo William Thomas Maloney.

Conservamos algo de la tradición cultural irlandesa. Mi padre aprendió a leer cuentos en irlandés, tiene la cruz céltica en su lápida. Por mi parte, siempre me ha fascinado la música popular irlandesa. Lo perverso es que, a pesar de estos ecos ancestrales, fui a Irlanda la primera vez a la edad de sesenta años, cuarenta después de mi primer viaje a América Latina.

ALICE HAMILTON

Alice Hamilton, mi abuela, proviene de una familia de clase media protestante, muy estricta. Su familia tuvo fricciones con el lado católico Maloney, y los eslovenos incluso en la  boda de mis papas. Según la leyenda, protestaban por la falta de alcohol:  “Vat, no Beer?”

Su abuelo, Henry Clay Johnston fue musico en el 140th regimiento. Luchó en Gettysburg.

A diferencia de lo que ocurre con las familias colombianas donde la abuela es el centro, en la mía no lo fue tanto, pese a ser la única abuela que conocí. A ella la visitábamos cada dos años, pues vivíamos en Boston. Esto fue así quizás por la fragmentación y movilidad que caracteriza a la sociedad norteamericana.

WILLIAM THOMAS MALONEY

El misterio de William Thomas Maloney, mi abuelo materno, se da porque sabemos muy poco de él. Esto sugiere una dinámica familiar con algo de disfuncionalidad. Según los recuerdos de mi papá, era foreman, capataz en una planta manufacturera durante la guerra. También se dice que fue instalador de tuberías. Supuestamente interpretó el piano y murió cantando.

Su muerte ocurrió años antes de mi nacimiento. La imagen que tengo suya, es la de un hombre con talentos, pero frustrado al no poder realizarlos. Tristemente, aún en la sociedad norteamericana la movilidad social era un proceso lento.

WILLIAM THOMAS MALONEY

William Thomas Maloney, mi padre, el tercero de los hijos, fue un hombre inteligente y curioso. Heredó la vena musical de los suyos. Tocó bien el piano y le fascinó la música de ragtime, por su ritmo, al ser sincopada.

Le fascinaron la historia y los idiomas. Aprendió a leer francés y japonés y, el  inglés antiguo e irlandés. Logró un nivel suficiente para leer Beowulf en el idioma original y las novelas de Antoine de Saint-Exupéry.

No dudo que, de haber nacido en mi época, hubiera sido historiador o lingüista, pero la ingeniería ofreció el pasaje a la clase media alta. Fue así como estudió ingeniería con beca completa en Case University en Cleveland. Luego se ganó una beca para adelantar su doctorado en física en Harvard.

Ya doctorado trabajó en temas de tecnologías de grabación electrónica, máquinas de lectura y en hologramas para Sperry Research en Sudbury, MA. Esta es una de estas empresas high tech de la legendaria Ruta 128. Publicó una buena cantidad de artículos con sus investigaciones en su área. Después se vinculó a Polaroid cuando surtía la transición tecnológica de película a lo electrónico.

La combinación de intereses tan diversos que tuvo mi papá, incluyendo lo técnico, influyó en mi formación.

SUS PADRES

Mis papás se conocieron en Newman Club, club católico de Cleveland. Un prelado, muy carismático y respetado por la comunidad, lideraba conversaciones religiosas en las que mis papás coincidieron. Este vínculo de fe fue muy importante para ellos. Contaba mi padre que mamá solía llevar un libro de Erasmus. Tal parece que mamá nunca lo leyó, sino que quería impresionarlo.

Ya casados se trasladaron a Boston, lo que significó toda una aventura. Mejor dicho, un escape para ambos, pues venían del mundo más tradicional de Ohio y el Medio Oeste. Llegaron a Cambridge, Massachussetts, donde encontraron uno mucho más cosmopolita. Se trataba de una ciudad más cercana a Europa en cuanto a cultura. Toda una caldera de nuevas ideas.

Se sintieron muy a gusto aquí, pero también por su cercanía con en el norte. Allí se encuentran las montañas Blancas que pertenecen a los montes Apalaches donde hicimos alpinismo en familia. Me refiero al alpinismo burgués, no al profesional. Y es que a mi papá le encantó la naturaleza.

Mi mamá llevó una vida de ama de casa hasta cuando nos fuimos mi hermana y yo. En ese momento empezó a trabajar y terminó su carrera.

Mis padres tuvieron como pilar fundamental nuestra educación. Nos transmitieron mucho de la cultura centroeuropea por el lado materno. Fue así como mi hermana estudió violín y yo piano. En mi caso fue decepcionante el resultado dados los antecedentes. Lo intentamos, pero sin mucho éxito.

La herencia católica tuvo impactos conflictivos. Por un lado, nos hicieron hincapié en la importancia de pensar en la forma como funciona una sociedad en la que todos participan y en la misión social de la iglesia.  Por el otro, un padre super científico no puede enseñar a su hijo cómo pensar de forma critica sin correr el riesgo de que su fe no sobreviva al proceso. Esto generó conflictos. Sin embargo, este hábito de pensar en términos sociales me dio algo de orientación.

MARÍA ELENA MALONEY

María Elena Maloney, mi hermana, es muy pila. Fue gimnasta, le gusta el tenis, estudió negocios en Columbia University y ha estado vinculada al sector privado. Fue quintessential (por excelencia) New York City girl por muchos años. Actualmente vive muy cerca de mi mamá en Boston.  

PRIMEROS AÑOS EN SUDBURY

A mis seis años nos mudamos a Sudbury, Massachussets, veinte millas al oeste de Boston. Uno de esos pueblos coloniales de Nueva Inglaterra, establecido en 1639. Cuenta con un campanario blanco y una estatua del minuteman archetipo (miliciano) en la plaza. Pero también con cuatro estaciones demarcadas en otoños brillantes, inviernos nevados, primaveras tardes, y veranos mosquitosos (sic).   

Esta región está profundamente inmersa en la historia. El disparo de la revolución “oído por todo el mundo”, como escribió Emerson, ocurrió en el puente Concord. Este es nuestro Puente de Boyacá, ubicado a siete millas de nuestra casa.

Cada año algunos de mis vecinos se visten de colonos, se reúnen en la plaza central a las cinco de la mañana, disparan sus escopetas y realizan la misma caminata acompañados de pífano y tambor. Fue así como se llevó a los soldados al puente buscando derrotar a los ingleses el 19 de abril de 1775.

En realidad, los “minutemen” de Sudbury llegaron tarde y posiblemente borrachos a la batalla. Sin embargo, en la zona había un orgullo subyacente de ser la cuna de la revolución y de la tradición de “yanqui Nueva Inglaterra”. Lo que implica en este contexto ser autosuficientes y tercos. Aunque sea una tradición ya muy diluida, todavía queda algo de ella. También estamos a una hora de las brujas de Salem, aunque se discuta si de veras las eran. 

Otro detalle importante de Sudbury tiene que ver con lo que voy a mencionar. Después de WWII, cuando estaban considerando dónde ubicar la ONU, tenían dos opciones: Nueva York y mi pueblito. La lógica debía llevarlos a optar por Sudbury. Esto, dado su ambiente bucólico, pastoral, donde los diplomáticos de todos los países del mundo pudieran pensar con calma en la paz mundial y estar informados por los recursos de MIT, Harvard y Boston University que se ubican cerca.  Mi sospecha es que, al final, el mejor shopping en Nueva York hizo la diferencia, entonces lo ubicaron ahí.

Esta historia siempre me divirtió. Es más, tengo problemas viviendo en lugares sin raíces, en los que no tienen una huella histórica. Quizás por esto me alojé en La Candelaria en mi primera estadía en Colombia. Por lo mismo vivo en una casa vieja ubicada en el pleno centro histórico arquitectónico afroamericano de Washington D.C. Queda al lado de la casa de Duke Ellington y un par de cuadras de donde Miles Davis interpretó su trompeta y Coltrane su saxófono.

Comparto la fascinación que siempre sintió mi papá por las montañas. Cuando en el colegio integré un club, pude hacer alpinismo invernal los fines de semana. Subí el Mt. Washington y otros picos en las montañas blancas de New Hampshire en na nieve. Durante los inviernos solía esquiar ambos, downhill y cross country.  

ACADEMIA

LINCOLN SUDBURY REGIONAL HIGH SCHOOL

Por vivir en una zona bastante rural, la mayoría de la socialización durante mi infancia ocurrió en la escuela.

Al entrar al sistema educativo de Sudbury me di cuenta de que, aunque habían pasado solo nueve meses en el sistema público de Cambridge, estaba rezagado en formación en matemática y en escritura. La diferencia era de casi seis meses con respecto a los otros alumnos. Evidencia temprana de cómo la mala calidad de algunas escuelas públicas puede frustrar alumnos con potencial.

Tanto Sudbury como Lincoln estaban habitados por muchos académicos. Por fortuna, allí me encontré con hijos de profesores de Harvard y MIT, tan nerdos como yo.

El colegio era enorme, contaba con unas quinientas personas por promoción. Lincoln Sudbury Regional High School es de muy altas exigencias académicas. También brinda facilidades para hacer música y teatro, los que tanto disfruté, aunque sin que tuviera mucho talento. Ofrece espacios para participar de consejos estudiantiles a los que nosotros llamamos student governance, ambos al nivel local y estatal (Massachusetts).

En el colegio contamos con muy buenos programas de ciencias y matemáticas, pero también con amplias clases de literatura y de idiomas. Inicialmente me incliné por las ciencias y pensé en ser médico o bioquímico.

HARVARD

A mis diecisiete años comencé a estudiar bioquímica. Pero, como pasa en las universidades norteamericanas, me atraparon otras clases. El lujo del sistema, aunque  costoso en términos sociales, es que se pueden explorar muchas áreas e invertir un tiempo significativo en “descubrirse.”  

En mi primer año, en adición a los cursos de ciencia, tomé Western Thought and Institutions, clase famosa con un profesor icónico, Samuel Beer. Realmente fue un tour intensivo por los fundamentos de la sociedad occidental, por filosofía, sociología e historia. Después seguí con otros cursos de filosofía y ciencia política.

Le dio algo de infarto a mi padre mi falta de foco práctico. Pero a mí me fascinó conocer tantas visiones de cómo organizar la sociedad, el papel del individuo, también por las preguntas existenciales que uno se formula como cuál es la meta de una vida.

Tomé varios cursos un poco más aterrizados, incluyendo un par sobre desarrollo económico que hizo toda la diferencia, combinó aspectos cuantitativos con los sociales. Me fascinaron e hicieron que invirtiera más tiempo en materias de esta línea. También tomé un seminario a nivel de posgrado en desarrollo político en el tercer mundo dictado por otro ícono como lo es Samuel Huntington.  

Un verano trabajé como investigador para la Comisión de Derechos Civiles de los Estados Unidos en Washington. Se trataba de un proyecto sobre la relación entre el crecimiento económico y el progreso en derechos civiles. Experiencia que confirmó mi interés en la economía.

En esa época también explotó la revolución en Nicaragua. Esta combinada con el hecho de que el pensamiento sobre el desarrollo económico (y temas de dependencia y estructuralismo) fuera más avanzado en América Latina, me empezó a inclinar por el estudio más profundo de la región. Durante mi último año tomé un curso sobre la historia Latinoamericana. Lo dictó John Womack, experto en la revolución mexicana, en Zapata en particular, algo de la izquierda.

Por otro lado, me impresionó una conferencia en el Kennedy School of Government. En ella Arnold Harberger, padrino de los economistas de Chicago, tuvo que defender sus posiciones frente a una manifestación contra las políticas neoliberales que en 1980 estaban implementando en Chile. Este debate sobre el  papel del Estado y del mercado me sigue fascinando. Obviamente, no se han resuelto en América Latina. De todas formas, me fue claro que no iba a ser médico.

Más allá de los temas académicos, pasé cuatro años en un coro. En él cantamos música de los siglos siglo XIV y XV e hicimos tours por todo el país. También colaboramos con otros grupos y con el Boston Symphony Orchestra para tocar obras grandes. Después integré un grupo más pequeño Her Majesty’s Pleasure que hizo principalmente música medieval. Entre más oscuro ese repertorio, mejor.       

La experiencia de Harvard fue fascinante, estuvo enriquecida por los estudiantes procedentes de diferentes lugares del mundo, todos muy pilos, ambiciosos, con visiones claras de futuro. Ellos no decían: “Quiero ser abogado”. Sino que decían: “Quiero ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos”. Obviamente, los profesores que acabo de listar fueron muy influyentes, pero las aspiraciones y calidad de mis colegas fue la cosa más importante de la experiencia.

GRADO

Cuando un estudiante se gradúa de los Andes tiene bases serias en economía, econometría y cualquier número de otras dimensiones específicas de su carrera. Pero, un estudiante de una universidad norteamericana, solo se acerca a las generalidades, queda con el gusto, con el sabor de acariciar estos temas.

Terminé a mis veintiún años. Fui un well-rounded Harvard man, casi sin habilidades. Inútil. La idea es que los estudiantes gasten otros años de posgrado donde se aprenda la especialización que permitirá construir una carrera. En ese momento yo estaba contemplando doctorados en ciencia política o economía, quizás quería tomar la ruta menos riesgosa del Derecho. Pero decidí tomarme un par de años para decidir.

KENNEDY SCHOOL OF GOVERNMENT

El año después de graduarme trabajé para el Kennedy School of Government. Aquí escribí estudios de caso para el programa Uses of History. Estudia la manera de usar la historia para ayudarles a los políticos a tomar mejores decisiones.

En particular fue central la manera cómo se puede aprender de transiciones presidenciales pasadas con el fin de facilitar, precisamente, una transición más suave con el siguiente gobierno. En ese momento al de Reagan.  Me asombró el caos intrínseco en estas transiciones.  

Otro proyecto se trataba de cómo los antecedentes personales impactaron las teorías de John Maynard Keynes y de Milton Friedman. Por ejemplo, puede ser relevante lo que pasó con la familia de Friedman durante la segunda guerra mundial y su temor a los gobiernos totalitarios. Resultó en un sesgo a favor de mercados y en minimizar la intervención estatal. Que Keynes, viniendo de la élite inglesa y enfrentado el colapso de mercados durante la Gran Depresión, no compartía.

No se trata de decir que la economía no es una ciencia, pero más que la física, la experiencia personal puede afectar la forma como se acercan las preguntas que se quieren contestar.   

DESARROLLO ECONÓMICO

Me gané una beca para estudiar Desarrollo Económico en la universidad que yo quisiera. Inicialmente pensaba aplicar a Oxford. Afortunadamente conté con la asesoría de Terry Karl, una muy buena profesora de ciencia política experta en temas latinoamericanos. Terry había dictado una clase sobre desarrollo político y ahora es profesora titular en Stanford.

Me invitó a la reflexión cuando me dijo: “Tú crees sentirte fascinado por problemas del desarrollo, pero nunca has estado en un país en vías de desarrollo. ¿No crees que sería valioso pasar un rato ahí?”. Muy bueno su consejo. Entonces decidí cambiar mi elección de universidad.

Terry me sugirió el Colegio de México y la Universidad de los Andes. A su juicio, estas eran las mejores universidades en América Latina del momento que ella conocía.

UNIVERSIDAD DE LOS ANDES

Apliqué a la Universidad de los Andes donde me recibieron muy generosamente. Debo tener el récord como el peor alumno de su historia. Tendremos qué averiguar (risas).

Cuando decidí que viajaría a América Latina, tomé cursos intensivos de español en mi universidad y después en los Andes. Viví ese tiempo como armando el avión en el aire. Al principio resultó muy exigente para todos, me tuvieron mucha paciencia, la que agradezco profundamente.

PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN

Tomé Coyuntura Económica con Carlos Caballero en Fedesarrollo y un curso fascinante de Política Internacional con Fernando Cepeda. También tuve varias conversaciones con Lauchlin Curry, arquitecto de las Cuatro Estrategias, quien hizo mucho hincapié en lo que América Latina podría aprender de Asia, tema que sigue vigente.

Conocí a Albert Otto Hirschman, destacado economista y científico social, un gran intelectual del siglo pasado quien estuvo en Colombia. Con él tuve una conversación breve sobre si todavía había un papel para el economista extranjero dada la oferta creciente de talento en la región. Opinó que, en adición de ser fascinante para él, había algo de valor en tener la perspectiva de afuera. No sé si al final tenía razón, pero me ayudó en mi decisión de continuar.

Pero, como documentamos ampliamente arriba, en mí no corre ni una gota de sangre latina ni experiencia con la cultura. Quería usar ese año para conocer la región partiendo de Colombia. De ahí surgió mi mal desempeño como alumno. Más que sentarme a leer la teoría de Milton Friedman en español, sabía que tenía que conocer el país por fuera del salón.   

Me trataron super bien en la Facultad. Debo decir que, en particular, Alejandro Sanz de Santamaría, quien tuvo la paciencia de un santo y me apoyó en ubicarme. Me ayudó a armar un proyecto que consistía en mirar el programa de Desarrollo Rural Integrado. Este fue, en ese momento, un esfuerzo gubernamental para criar campesinos modernos aplicando un cocktail de programas. Los programas incluían crédito, mercadeo, transporte, tecnología agrícola. Esto era precisamente lo que yo necesitaba.  

Viajé hasta Sutatenza, pueblo en Boyacá, donde entrevisté a un buen número de campesinos quienes me acercaron a la realidad de las personas de a pie. También, Alejandro me conectó con los funcionarios del Departamento Nacional de Planeación – DNP, quienes me ayudaron con documentos y datos.

No creo que el ejercicio le sirviera mucho al país. Pero para mí, ver este programa del nivel de Ley hasta el nivel de minifundio, fue muy importante. Me ayudó a aterrizar. También fue mi primer ejemplo de un programa diseñado para “construir país,” para hacer ingeniería del desarrollo. Esta es una agenda que raramente se siente en los Estados Unidos donde heredé un sistema más o menos cocinado. 

El programa no fue exitoso, pero sigo sacando lecciones de esta experiencia. Especialmente el dilema de que en países en vías de desarrollo, a menudo hay una necesidad de manejar programas complejos con varios elementos, a la vez que los gobiernos tienen capacidades limitadas en implementarlos. Este tema, y DRI en particular, fue consignados en los libros de Harvesting Prosperity y Place, Productivity and Prosperity en el Proyecto de Productividad.

Estas experiencias me siguen inspirando. Hay mucha gente en Colombia y en la región deliberadamente intentando impulsar el crecimiento, construir país.

CAMINANTE

LA CANDELARIA

Cuando llegué a Bogotá viví en el Norte con una familia muy acogedora. Recuerdo que todos los días tomaba una buseta hasta la universidad en la que iba escuchando vallenatos en alto volumen. Estos eran el soundtrack, la música que más se escuchaba en la ciudad en esa época.  El Transmilenio es mucho más eficiente, pero perdimos algo folclórico como eran los buses y busetas.

Buscando una experiencia autóctona, es decir, más alineada con mis prejuicios de lo que era América Latina, decidí mudarme a La Candelaria. Más parecía un pueblito suspendido en la época de la Colonia.

Era 1982 cuando viví en la carrera primera con calle trece, resultaba un poco peligrosa. Pero tuvo sus compensaciones. Recuerdo despertándome el día de Pascua con las campanas de las iglesias sonando, la gente caminando disfrazada por las calles empedradas como si estuviéramos en el siglo XVI. Fue maravilloso vivir el sabor de esa vida, de esa época.

Quienes me arrendaron el cuarto en mi segundo apartamento, también en La Candelaria, manejaban una librería por la Jiménez. Entonces me introdujeron a un flujo constante de libros que ellos consideraban centrales para mi formación. Se trataba de autores como Cortázar, García Márquez, Sábato, Borges, Fuentes, Benedetti. Más colombianos intentando educarme.

VIAJES

LA PEDRERA

El estudio lo combiné con la experiencia de viajar a diferentes rincones del país. Mi profesora de español me conectó con su primo, magnifico fotógrafo, quien tenía una finca en la Pedrera, Amazonas. Llegué en un vuelo de Satena, que era semanal. Me quedé feliz cazando mariposas y sacando fotos que todavía tengo adornando mi casa. 

Diría también que fue algo de introducción a la narco industria porque, salieron de la misma pista muchos vuelos que supuestamente no estaban registrados en las listas oficiales.

PARA LA COSTA

Con otro norteamericano viajé en Ferrocarril durante veintiocho horas que nos llevaron en tren, no de lujo, hasta la Costa. Recuerdo que, varias horas antes de llegar a Santa Marta, se subió un grupo de campesinos con su mercado. Uno de ellos me pidió: “Gringuito, cuídeme el marranito, por favor”. Me lo entregó y solo se percató de él hasta bajarnos (risas).

Después pasamos por Cartagena, cuando la ciudad era otra cosa, no contaba con inversión en mantenimiento. Pero se veía su potencial. Lo que han hecho los genios de renovación arquitectónica es casi un milagro.

Luego quisimos buscar flamingos en Cabo de la Vela, pero no contamos con una buena estructura turística. Tomamos un bus hasta Uribia, en la Guajira. Estando allá un señor nos acercó y nos dejó saber que no podíamos quedarnos porque corríamos peligro. El riesgo estaba relacionado también con el narcotráfico. Nos ofreció pasar la noche en su casa y compartimos un muy buen rato. Al día siguiente tomamos un camión de sal que nos llevó hasta el Cabo de la Vela, donde estuvimos tan solo quince minutos observando para de inmediato devolvernos. ¡Las cosas maravillosas pasan muy rápido!

El camión de regreso nos llevó al Parque Tayrona, un paraíso desértico. No había nadie, como tampoco infraestructura. Aquí permanecimos tres días. Contábamos con cuatro latas de SPAM (carne en lata), varios cocos, dos hamacas y una carpa pequeña. Experiencia deliciosa, digestión problemática.

Este viaje fue mi introducción a otros estilos de música y comida y la dicotomía entre el costeño y el cachaco.  Pese a que ambos cometimos algunas imprudencias que pudieron resultar riesgosas, en este viaje y en otro a Tierradentro, todo salió finalmente bien.

PERÚ

Al final del año fui en bus a Quito, después al Perú: países también espectaculares en cultura y naturaleza. El fenómeno de El Niño había inundado la carretera Panamericana. Entonces tomé un helicóptero militar para ir a Trujillo y después a Lima donde me reuní con un amigo de la universidad. Desde ahí tomamos el tren a Puno, al Lago Titicaca, a Cuzco y Machu Picchu.

De nuevo solo, al regreso pasé por Huaraz en la cordillera blanca. Caminé alrededor de los nevados Huascarán y Chopicalqui por varios días. Me alojé con una familia campesina en el pueblito de Colcabamba en un valle accesible solo a pie. Era realmente del otro mundo. 

Una noche, el padre de la casa me regañó diciendo: “El castellano es el idioma del español, tienes que aprender el quechua, idioma del Inca”. Recuerdo que en ese momento estaba leyendo a la luz de las velas Los ríos profundos de José María Arguedas.

Todavía tengo mi copia con las frases apuntadas que el señor me enseñó.

VOLVIENDO A LA ACADEMIA

BERKELEY UNIVERSITY

En ese entonces estaba considerando si especializarme en Derecho, Economía o Ciencia Política. Decidí aplicar a varios programas de economía. 

Una de las grandes motivaciones para inscribirme en Berkeley fue el haber conocido a Albert Fishlow quien, como Hirschman, era un “latinoamericanista norteamericano” muy reputado. Su especialidad fue Brasil, pero igualmente estuvo conectado con toda la región.

Me acerqué a él cuando dictó una charla en Harvard. Lo hice para manifestarle que me interesaban los temas de política, pero también los económicos. Me sugirió tener las bases en economía como plataforma y a Berkeley como el lugar perfecto para lograrlo.  También me animó el testimonio de Carlos Caballero, quien había estudiado ahí y quien me aseguró: “Es muy agradable, muy agradable, Bill”. Este fue un muy buen consejo.

California para la gente de Boston es una cierta tierra prometida. Era el lugar donde generaciones de gente de la Costa Este se escapaba para reinventarse. No fue tan dramático en mi caso, pero vivir y estudiar allí fue un cambio muy saludable. Me permitió conocer a muchos estudiantes Latinos incluyendo al joven Mauricio Cárdenas Santamaria quien desde entonces prometía tener un porvenir distinguido.

Durante mi primer verano fui a México por primera vez. Conocí D.F. y la zona de la península de Yucatán. Fue el comienzo de una relación muy estrecha con ese país.

BANCO MUNDIAL

En mi cuarto año en Berkeley fui a pasar el verano al Banco Mundial y me quedé todo un año. Estuve trabajando sobre Nigeria, pero también aprendí la manera como funciona el Banco en su interior. Y me gustó.

Fui con una misión del Banco y el FMI a Lagos. Era mi segundo país africano. Estuve un rato visitando a una amiga en el Cuerpo de Paz en Liberia después de Harvard. Encontré que, aún temas que se ven muy aburridos, como el de los subsidios a fertilizantes, estos pueden arrojar preguntas y lecciones de interés general.  

Pero también estaban en plena crisis de deuda. Esta experiencia me introdujo a otros que me eran familiares sobre América Latina. En particular, el de la liberalización del sector financiero, tan debatido en ese momento.

Finalmente, regresé a Berkeley.

CHILE

Mi interés en la liberalización financiera me llevó a hacer mi tesis sobre la crisis de Chile en 1982, para lo que viajé por varios meses a ese país. Tenía importancia transcendental para entender los límites del modelo neoliberal que Chile había abrazado como ningún otro país del mundo.

Chile empezó liberalizando todos sus mercados en el año 76. Pero en seis años  el país sufrió una catástrofe con epicentro en el sector financiero. Fue todo un rompecabezas el definir si la causa fue problema del modelo o la falta de credibilidad de su implementación. Estos temas fueron intensamente debatidos.

Fui la primera vez en el verano de 1988. Se trataba de un país completamente distinto. Más pequeño que Colombia, sin historia de esclavitud y la tradición musical y cultural que viene con ella. Sin la influencia indígena que se encontraba en México. Quizás un poco más ordenado que el promedio. Fascinante, pero de otra estirpe. Si bien ya me defendía mejor en español, llegar a Chile me complicó el modelo, pues por varias semanas no logré entender nada.

Fue el año cuando se dio el Plebiscito en el que la gente tenía que votar si quería elecciones o si prefería que continuara el presidente Pinochet en el poder. Momento famoso capturado en la película NO. Esta, diría, fue una experiencia sumamente conmovedora y motivante. Aprendí muchísimo de un país con trayectoria compleja y penosa, que enfrentaba nuevas posibilidades, pero con riesgos.

Si bien el modelo que implementaron los de Chicago se hizo bajo una dictadura violenta, pecado original que hizo difícil evaluarlo con objetividad, la oposición sabía que a gran costo Chile sí había logrado progresar en términos de crecimiento y reducción de pobreza.

Hice amistades muy cercanas de varios lados que me contaron de sus experiencias. De mí esperaban que conociera los matices políticos y sociales. Que aterrizara, pero en forma profunda, la teoría.  

Amablemente, el Think tank CIEPLAN me había ofrecido espacio para el verano. El grupo estaba en la vanguardia de la oposición. Por muchos años había publicado un análisis sobre la gestión del gobierno militar.  

Todos los días se sentaban en las mesas de almuerzo. Esta gente contemplaba la transición a la democracia, de cómo pagar la deuda social, de qué hacer para que el modelo les funcionara mejor o de cómo hacer algo distinto. Era gente seria, capaz y comprometida. Se unirían después al nuevo gobierno democrático. De allí salí inspirado.

Nuevamente, me impresionó el esfuerzo de la gente construyendo país, el nuevo Chile. He seguido con fascinación la evolución de la democracia, el desempeño del modelo, hasta el presente. De hecho, cuando establecí el World Bank Productivity Project, tuve en mente precisamente que el milagro chileno estaba perdiendo vigencia, que la gente se sentía inconforme y que lo manifestaba en las calles. Sacar las lecciones correctas de la experiencia chilena es clave para toda la región y, sin exagerar, para todos los países en vías de desarrollo. 

Continué viajando, como siempre. Conocí los desiertos,  las viejas oficinas del Salitre del Norte. Tomé un tren que parecía de la época victoriana. Se dirigió al sur por los volcanes y lagos. Conocí las iglesias al estilo luterano con rancheras mexicanas que se escuchaban al fondo. Este Continente está lleno de sorpresas.

TRAYECTORIA PROFESIONAL

Una vez graduado me sentí convencido de que quería trabajar con el Banco Mundial. Me gustó el lado aplicado. Pero la vida me ofreció trabajo en la academia que, a largo plazo, me sirvió más.

UNIVERSIDAD DE ILLINOIS

Me contrataron como profesor asistente en la Universidad de Illinois, en Champaign Urbana. En cierta forma conté con muy buena fortuna, pese a estar ubicada muy lejos de mi centro de acción. Esta es una excelente universidad, con muchos estudiantes latinos, incluyendo colombianos amigos míos quienes han tenido posiciones muy importantes en el gobierno de su país. 

Aunque se encuentra aislada, en una zona agrícola, queda a dos horas de Chicago, ciudad espectacular. Además, cuenta con enormes recursos de investigación. Según la película 2001, es donde armaron la computadora homicida de nombre HAL. 

Cuando llegué parecía muy joven y tenía mucho pelo. Recuerdo que en mi quinta clase de Comercio Internacional, después de un mes de dictarla, se me acercó una alumna a decirme: “Muy bien que esté dando la clase mientras llega el profesor. Pero, ¿cuándo será eso?”.  

Dicté clases de comercio internacional, macro economía internacional, y macro.

Durante los seis años que pasé en la Universidad de Illinois pude aprender a hacer investigación académica que me sirvió para mi proyecto. Diría que la mejor forma de aprender algo es enseñándolo. También aprendí a pensar, a identificar una buena idea, algo novedoso, a desarrollar argumentos.

En el proceso se van por lo menos los dos primeros años escribiendo malos papers y recibiendo rechazos con varios grados de gentileza. Recuerdo a un amigo, quien ahora enseña en la Escuela de Negocios de Harvard, pues solía colgar todos sus rechazos a sus artículos en su puerta. Decía: “¡Espectacular el nivel de franqueza de los editores!”. Compartimos nuestros fracasos. Éramos una comunidad de profesores jóvenes aprendiendo, formándonos.

Continué con mi enfoque en desarrollo económico. Werner Baer fue como Hirschman y Fishlow de la época de Latinoamericanista extranjera. Atrajo a un buen número de alumnos de la región y creó un ambiente muy alentador.

Desde allí volví a Chile, conocí Brasil y Argentina por primera vez.  

Me gusta enseñar, me da energía, disfruto comunicando ideas y retroalimentándome. Aquí hice buenas amistades, también algunos papers decentes, armé algunas agendas.

Pero el medio oeste no me conviene y estaba abierto a salir.

BANCO MUNDIAL

PROCESO DE INGRESO

Recibí una llamada que me hizo posible llegar al Banco Mundial. Una amiga me dijo: “Oye, estoy trabajando sobre México y tenemos un espacio para ti, por si quieres venir por un año”. Decidí que sí, ¡por qué no! Tenía treinta y siete años y me sentí muy entusiasmado de pasar otro rato en Washington. 

Viví un período de transición, de la academia al Banco, pues son animales completamente distintos. El Banco Mundial tiene vocación de conocimiento, pero no es academia. Cuenta con un grupo de investigación y varios espacios en los que se puede hacer trabajo académico. Pero me costaría varios años aprender cuáles eran los temas importantes y cómo presentar lo que estaba haciendo para que fuera útil para quienes trabajaban con los países.

El hecho es que este es otro caso de buena fortuna, aunque otro ejemplo de armar avión en vuelo. La mujer a quien yo estaba reemplazando era economista laboral. Querían que yo hiciera cosas en esa línea. Aunque no era mi expertise, había tomado ni un curso de economía laboral, me comprometí a hacer lo mejor que pudiera. Así me recibieron.

MÉXICO

Resultó que México contaba con excelentes bases de datos. De hecho, América Latina cuenta con unas muy buenas que están apenas explotando. Las encuestas laborales brindaban la información que permitiría contactar trabajadores a través de sus posiciones. Pude ver el progreso, la manera como cambiaron sus puestos.

La vista prevalente en la literatura sobre la informalidad fue de un sector desdichado de un mercado laboral altamente segmentado. Sin oportunidades en el mercado formal. En vez de esto, encontré mucho movimiento entre un sector y el otro, entre la formalidad y la informalidad, y en ambas direcciones. También un cuestionario que preguntaba la razón del cambio de sector y que yo podía vincular con las encuestas de movimiento.

La conclusión fue que el 70% de la gente que salía de la formalidad lo hacía buscando más independencia y procurando mejores ingresos. Así que la informalidad en México no indica que sea un sector en inferioridad de condiciones. Teníamos que pensar que, si el mercado estaba funcionando bien, por qué la gente estaba eligiendo estos sectores sin protección social.  

No es que estuvieran felices. Solo que, dadas las alternativas, ir por cuenta propia no era peor. Es un poco distinto en Colombia donde el salario mínimo es relativamente alto. Ahí sí, hay más gente que preferiría estar en el sector formal. Pero la lección que saqué fue la de que nuestros sistemas de protección social no funcionan bien, no sirven bien a los trabajadores, dan muchos incentivos para no integrarse con el Estado y para ser informal.  Esta agenda la seguimos estudiando en mi oficina.

Lo bueno es que tuve muy buenos socios dentro del Ministerio de Hacienda con quien podía discutir estos temas. En particular, Santiago Levy, ministro de egresos en esta época, y yo, hemos tenido un dialogo muy fructífero a través de las décadas sobre la regulación de mercados laborales, el diseño de sistemas de protección social, y el crecimiento en general.

Regresé a Illinois por dos años más hasta que me llamaron del Banco Mundial de nuevo.

Me uní al grupo que estudiaba los temas de pobreza y seguía mis investigaciones en mercados laborales.  También desarrollé en Colombia el programa que buscaba brindar lo que podría llamarse mi primer préstamo, Manos a la Obra, que buscaba aliviar los impactos de la crisis de 1999. Trabajamos con Planeación Nacional bajo la dirección de Mauricio Cárdenas, y creo Juan Carlos Echeverry en ese momento.

Trabajar en Colombia como banquero fue un poco como borrar la cinta de mi época de gringo perdido y remplazarla con algo más profesional, pero, honestamente, menos romántico. Pero así pasa la vida. Lo haría de nuevo en 2011. 

GUILLERMO PERRY y LA OFICINA DE LA ECONOMISTA JEFE PARA AMERICA LATINA

Después de dos años me trasladé  a la Oficina de Economista Jefe para América Latina que lideraba Guillermo Perry. A él le fascinaron muchos temas, tuvo opiniones bien formadas. Eso dicho, yo podía entrar a su oficina a contradecirlo y me daba el espacio para eso. Fuimos llamados los “insoportables de Perry”, porque estábamos siempre mirando todo de otra forma, a veces causando problemas para la burocracia.

Guillermo comenzó la serie de informes que se llamaba flagships. Con ellos influía el debate en la región. Gradualmente generamos el sistema de producir estudios que eran publicables para demostrar credibilidad y que alimentaron los informes más públicos.

Daniel Lederman y yo lideramos el estudio De recursos naturales a la economía del conocimiento. Este tuvo gran influencia. En él reaccionamos contra una literatura emergente sobre la maldición de los recursos naturales. Jeff Sachs estaba argumentando que países bien dotados de petróleo, cobre y café, tendrían unas tasas de crecimiento más bajas.

Nuestra investigación decía que quizás era así en algunos países, pero tenemos que entender también que países como los Estados Unidos, Canadá, Suecia, Finlandia, incluso Japón, habían comenzado como exportadores de estos productos. La diferencia radicaba en que tenían capital humano y sistemas de innovación bien articulados para aplicar el conocimiento a estas actividades ya a ellas relacionadas. Esto permite apalancar los acervos a economías con crecimiento rápido y diversificado.

Con el joven Felipe Valencia Caicedo, ya profesor en la Universidad de Columbia Britanica (UBC), escribimos un paper precisamente sobre el papel de los ingenieros, de los cuales tuvimos la region muy pocos al principio del siglo pasado, en fomentar el crecimiento y diversificación. Yo diría que esta falta de capacidad científica y la poca integración de la que hay con el sector sigue siendo una barrera hoy en día. 

En mi opinión, el sistema de la oficina funcionó bien. Desarrollamos un tema, pero no consideramos estos informes como la verdad del Banco Mundial. Los pensamos más bien como una contribución al debate en una región con economistas muy capaces.

Armamos una conferencia que juntaba varios ministros, académicos, tanto en Bogotá como en Santiago. Quedé muy feliz con lo que hicimos en innovación y con informalidad: salida y exclusión. Al final de cuentas, el legado de Guillermo estuvo no solo en la contribución al debate regional, sino que influyó en las otras áreas del Banco para que tuvieran oficinas como la nuestra.

El gran Augusto de la Torre continuó después y mantuvo la tradición. Hoy en día me da buen consejo de cómo ver los retos en Ecuador, su hogar.

BOGOTÁ

El Banco me ha dado la plataforma para testear algunas ideas en los temas de productividad e innovación en que he trabajado. Diferente de la academia, el Banco tiene la fortaleza de ver la línea de frente, muy integral. Implementa la investigación y el análisis con el trabajo de campo. Me da satisfacción preparar un documento, presentarlo a un ministro que quizás manifiesta oposición, y poder discutirlo.

Después de varios años me trasladé al Departamento de Investigaciones donde me quedé alrededor de seis años. En 2011 mi esposa fue encargada de asuntos sociales en Colombia y México del Banco Mundial, entonces nos trasladamos de nuevo a Bogotá. Para ambos, fue un regresar a casa. Ella había trabajado en varias instancias en ambos países y tiene una apreciación profunda por Colombia. Esta vez, llevamos a nuestra hija de cuatro años.

El Departamento de Investigaciones me permitió trabajar a distancia. Alejandro Gaviria y después Ana Maria Ibáñez muy amablemente me ofrecieron una oficina en la Universidad de los Andes. También empecé a trabajar con Planeación Nacional sobre un proyecto de extensión tecnológica. Se buscó mejorar las capacidades de los empresarios, responder a la competencia extranjera y mejorar su productividad. 

Visitamos un buen número de PYMES en Cundinamarca, Cali, el Eje Cafetero y Medellín. Aprendí mucho de los retos que enfrentaban.

Paula Toro, la persona encargada, me presentó a la gente de Manizales quienes estaban manejando un programa con el MIT y Babson College. Tuvo el propósito de mejorar el capital humano y el funcionamiento del sistema empresarial de la ciudad. Creo que estos experimentos a nivel subnacional son un canal clave para estimular el crecimiento del país. 

También me involucré con el CONPES de innovación mientras Mauricio Santamaria estaba encargado del DNP y Mauricio Perfetti de asuntos de innovación.

De regreso a Washington abordé este tema de nuevo como miembro de la Misión de Sabios sobre la innovación.

ASIA DEL ESTE

Mientras estuve en Colombia, el Banco empezó a discutir sobre la posibilidad de nombrarme Economista Jefe para Asia del Este. Fue entonces cuando empecé a trabajar mucho más sobre Asia viajando a Vietnam, China, Malasia, Camboya, Japón. Estos repetidos viajes me permitieron comparar las regiones. No se puede entender el crecimiento rápido sin ver lo que está pasando en Asia.  

Decidí también trabajar sobre el informe Vietnam 2030 que intentaba dibujar una estrategia de crecimiento. Como todos saben, los Estados Unidos tienen una historia triste con Vietnam, pero me emocionó ver y entender la capacidad de resiliencia de su gente. En cierta forma, integrarme con el proyecto fue una oportunidad de aportar mi grano de arena y de visitar este país un buen número de veces.

Mi socio en temas de innovación fue el señor Tien, cinco años mayor. Resultó obvio el lado de la guerra suyo. Con él visitamos centros de investigación de arroz en la delta Mekong de la que había escuchado tantas noches cuando era niño. Regresando nuestro vuelo aterrizó para encontrarnos dos aviones militares norteamericanos. Me sentí inquieto, dada la historia. Miré al  señor Tien y me dijo: “Son bienvenidos”.

Tien me mostró esta capacidad que tienen los vietnamitas para dejar que el pasado sea pasado. Que lo importante era lo que estaba por hacerse, especialmente frente a la competencia que sintieron con los chinos. De veras, el pragmatismo asiático es notable.

Como en Corea del Sur, en China y en Singapur, en Vietnam se sentía una urgencia para llegar a la frontera tecnológica lo más rápido posible para estimular el crecimiento y, francamente, defenderse.  

Sus logros demuestran que lo hicieron posible. En más o menos una generación han logrado que las pruebas de desempeño escolar estén ahora por encima de los de OCDE. Logro que no ha alcanzado América Latina, tristemente. Esto a pesar de ser mucho más rica.  Le hace falta un poco de esta urgencia. La experiencia en Asia me ha influido en la manera como veo los retos a la prosperidad.    

REMOTO EN COLOMBIA

Viajamos en familia a muchas partes del país. Varias veces al Eje donde visitamos el Valle del Cocora y el Parque de Café. También fuimos a los Llanos, al desierto de Tatacoa en plena inundación. A San Agustín y al afluente del río Magdalena. 

Visitamos muchas veces Cartagena. Exploramos la Costa, incluyendo de nuevo el Parque Tayrona de una manera más civilizada. Estuvimos en Palomino y después en Riohacha para conocer la Guajira y la cultura Wayuu. Conocimos Nuquí, que tiene un potencial turístico magnifico, pero no realizado. Llegamos hasta Quibdó. 

Valga mencionar también, lo que llamamos nuestro “club”, el Páramo de Chingaza donde fuimos a caminar más o menos una vez por mes. En nuestro último año por fin subí uno de las montañas en El Cocuy con un grupo liderado por Juan Pablo Ruiz. Experiencia pico.

Como familia hicimos un buen número de nuevos amigos y compartimos con los antiguos. Menciono muy especialmente a Ximena Peña, gran amiga a quien conocimos en Washington. Ximena nos ayudó en orientarnos como familia en forma imprescindible. Es alguien a quien extrañamos. 

ECONOMISTA JEFE DE CRECIMIENTO EQUITATIVO

Saliendo de Colombia tomé la posición de economista jefe de Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones, que es lo mismo que CE de comercio y competitividad. Ahí arranqué con el World Bank Productivity Project y continué trabajando con los Andes.  Marcela Eslava, gran economista, siempre me ha brindado su buen consejo y me ha ayudado a traducir los primeros tres volúmenes en español con la prensa Uniandes. También inicié un proyecto sobre cómo medir la calidad del desempeño gubernamental y cuales intervenciones han sido exitosas y cuáles pueden ser mejoradas. 

ECONOMISTA JEFE PARA AMÉRICA LATINA

Después de seis años volví a ser economista jefe para América Latina, cargo en el que me desempeño actualmente. En mi equipo ya tengo tres colombianos del primero: Marcela Meléndez, Andrés Zambrano y Natalie Gonzales-Prieto.  Seguimos con los temas de productividad, crecimiento, informalidad, tensiones sociales y pobreza.

RELACION DEL BANCO MUNDIAL CON LA REGION

El desempeño de las economías de la región ha sido desalentador en términos de crecimiento y de progreso social.  Creo que el Banco, igual que los otros multilaterales, puede contribuir a construir mejor política para avanzar la causa.

La región ha evolucionado en dos dimensiones claves que van cambiando su papel.  Primero, la disponibilidad de otros fuentes de financiamiento reduce la centralidad de los multilaterales en este aspecto.  Segundo, la profesionalización que han tenido, en forma profunda, los analistas de la región durante los últimos cuarenta años hace que la relación entre el Banco y los gobiernos sea más de debate e intercambio de ideas. 

Hay desacuerdos. Especialmente en este momento hay quizás menos convergencia sobre “el modelo” que en las últimas décadas. Pero como profesión hemos aprendido mucho de lo que funciona y de lo que no y ahora se maneja un lenguaje compartido. Se ve, por ejemplo, en el desempeño macroeconómico de la región durante los últimos treinta años que es de otro nivel y se ve claramente reflejado en todo.

No somos la región volátil con los niveles hiperinflacionarios de antes. Dos ejemplos. El COVID-19 generó una crisis mundial, pero América Latina fue la segunda donde no hizo un daño más grave que al resto del mundo, no hubo crisis de la balanza de pagos ni del sector financiero. Nuestra tasa de inflación en la región, sacando a Argentina y a Venezuela, está por debajo del OCDE. Grandes logros en construir región. Ahora se puede alcanzar un nuevo consenso en temas de crecimiento y pobreza.

En su mejor momento el Banco comparte la experiencia acumulada de otras partes del mundo, aprende de la región y pone nuevas ideas en la mesa. Por ejemplo, alrededor de la transición verde.  Entonces, su potencial, en mi visión, es la de servir como un generador y difusor de ideas y experimentación, es decir, una banca de conocimiento con el financiamiento como forma de implementar ideas y experimentar. Veo este papel más importante que nunca. 

FAMILIA

Inicié mi vida doméstica siendo ya muy adulto, algo que me ha funcionado. Me siento tranquilo profesionalmente y me puedo enfocar en lo importante. Toda la familia tiene fuertes vínculos con Colombia.

WENDY CUNNINGHAM

Me casé con Wendy Cunningham. Ella es norteamericana con raíces en California. Nos conocimos en Illinois, pero nos unimos muchos años después. Parte de nuestra conexión fue que Wendy también había estado mucho tiempo en América Latina. Había sido voluntaria en Armero donde pasó un verano trabajando con grupos de contingencia en 1985.

Hizo un año de estudios en México. Después, de terminar la universidad vivió en barrios populares de Puerto Rico haciendo trabajo social.

Actualmente trabaja en el Banco Mundial como economista principal en temas de protección social y prácticas laborales, varias veces en Colombia. También ha estado al frente de temas de género, habilidades socioemocionales y de desarrollo juvenil en Asia de Este, África y América Latina. Tiene un doctorado en economía laboral precisamente de la Universidad de Illinois.

EILEEN NATALIA MALONEY

Eileen Natalia, nuestra hija, me llegó tarde en la vida. Pero, como dice todo padre, cambió el juego para siempre. Tiene ya dieciséis años. Es sensible, inteligente y una súper talentosa violinista. Parece que el talento musical saltó una generación, pero no abandonó a la familia por completo.

Vivimos en Colombia cuando tenía cuatro años y hasta sus ocho, por lo que se siente medio cachaca. Estudió en el Colegio Los Alcaparros donde dejó amiguitas del alma con quienes mantiene estrecho contacto. Para ella este es un vínculo muy importante en su vida.

También empezó estudiar violín con un grupo muy dedicado del programa Suzuki en Colombia y participó en varios festivales Suzuki que fueron muy buenos, aunque creo que ya no se dan. Comparte con nosotros, sus padres, el amor por la música colombiana. Esta no es posible compararla con la de otro país, con la excepción del Brasil. Ningún país con tanta identidad. 

Yo solía consolar a Eileen de bebe con los Clásicos de la Provincia, de Carlos Vives. Especialmente con Amor Sensible, Alicia Adorada, La gota Fría. Eileen ya es fanática de Karol G y de Shakira, y comparte la apreciación que tiene la familia para Mónica Giraldo, Chobquibtown, y muchos otros músicos.

Seguimos regresando a Colombia como familia para mantener los lazos de amistad.

Desde luego, al llegar buscamos disfrutar de un buen ajiaco, el que considero una verdadera contribución a la gastronomía mundial.

CIERRE

Me siento dichoso, muy afortunado y pleno, tanto en lo familiar como en lo profesional. Sigo profundamente agradecido con todos mis amigos quienes han invertido en mí a través de los años. Me anima tener una silla en la mesa donde se piensa cómo avanzar en el desarrollo de la región. No ha sido puramente por interés académico. Un irlandés esloveno, después de vivir y trabajar casi medio siglo en América Latina, vuelve a sentir en la médula que el proyecto es suyo. Con todas sus frustraciones, pero también con esperanza.