José Yecid Córdoba

JOSÉ YECID CÓRDOBA

Las Memorias conversadas son historias de vida escritas en primera persona por Isa López Giraldo.

Me defino de la manera como quisiera ser recordado, como buen hijo, buen esposo y buen amigo.

Busco un equilibrio en mi vida para tratar de ser feliz. He logrado disciplina y responsabilidad con las metas y los retos de la vida. Soy bastante estricto en mi oficina con los temas de mi trabajo, creo ser buen gerente y buen organizador de equipos. Me encanta trabajar sobre resultados con la satisfacción inmensa ante el logro. Esto va acompañado de buscar ser una buena persona, leal, amigable, cercana, generosa con el tiempo, con los consejos, con las actitudes, con los sentimientos.

Soy emprendedor. He procurado, al lado de mi ejercicio de abogado, tener siempre un sueño en construcción, muchos de ellos materializados en empresas y negocios que implican planeación, construcción y ejecución.

Hoy soy una persona nueva, quien entiende que el mayor propósito en la vida es ser feliz logrando un adecuado equilibrio. Me esmero por eso, por llevar una vida tranquila, pero intensa. En este sentido juegan un papel fundamental mi esposa, mi familia, mis socios y mis amigos.

ORÍGENES

RAMA PATERNA

José María Córdoba Roldán, mi abuelo paterno, nació con el siglo, en 1900. Fue una persona muy culta, gran lector, exigente en extremo con sus hijos hasta generarles temor reverencial. No le podían decir papá, sino José María. Fue un hombre recto, honorable, galante, bien puesto, impecable en su vestir.

De ascendencia paisa, muy joven salió de su casa huyendo de las imposiciones familiares. Resulta que en esa época las familias buscaban que en ellas hubiera un cura o un militar. Tal parece que esperaban que se ordenara como sacerdote, pues incluso ya estudiaba en el seminario. Pero él se marchó.

Primero llegó al valle del Sogamoso, luego se trasladó para terminar su bachillerato en el Colegio de Boyacá, en Tunja, dando el discurso de grado ante un número importante de estudiantes. Por vocación estudió Derecho en la Universidad Nacional y lo ejerció en Boyacá hasta que su salud se lo permitió.

Fue abogado de la carretera de Oriente, que comunicaba Boyacá con Norte de Santander. Hay una anécdota, pues mi tía mayor nació en un viaje a mula entre Cúcuta y Sogamoso. El abuelo tenía que viajar al sitio, seguramente llevando la plata para pagar la nómina de los trabajadores, y lo hacía con la abuela quien en ese momento se encontraba en embarazo.

También fue juez y magistrado de Santa Rosa de Viterbo, plaza con tribunal como auto homenaje al lugar de nacimiento del general Reyes. El tema partidista fue muy complejo, entonces, por algún fallo suyo, tuvo que salir huyendo. Se exilió en Alemania por un corto tiempo, dejando a la familia. Estando allá estudió Derecho de Petróleos, tema absolutamente nuevo en el mundo. Para esa época escribió la novela El Quefas, donde narra el inicio de la exploración y explotación petrolera en Colombia.

A su regreso se radicó en Tunja, pero se enfermó gravemente de trombosis a sus tempranos cincuenta, entonces decidió vivir en una casa junto a la de su hija mayor en el Municipio de Garagoa, en el valle de Tenza, Boyacá. Cuando se agravó su enfermedad, sus hijos se turnaron para leerle, y así fue hasta su muerte.

María del Carmen Osorio Reyes, mi abuela, fue una mujer fascinante, de una bondad y generosidad abismal, de un porte y elegancia, serenidad y fortaleza absurdas. La admiré mucho, fue muy amorosa, consentidora y detallista con sus nietos. Perteneció a una familia boyacense, del valle de Tibasosa y Sogamoso, hija de segundo matrimonio, familiares del general Reyes. Se casó muy joven y se dedicó a su familia. Tejía precioso, como lo hacen las abuelas de los cuentos de hadas que tejen carpeticas, solo que las de ella eran las más hermosas.

De sus seis hijos, cinco recibieron educación universitaria: Josefina, Hernán, Simón, Elizabeth, mi papá y Consuelo quien se casó muy joven. Hubo dos abogados, un odontólogo y una bacterióloga. Solo mi papá y Consuelo viven actualmente.

Mi abuela María del Carmen, ya viuda, se encargó de la casa en Garagoa, que también era inmensa y que junto con la de Josefina ocupaba una manzana completa. En ella reservó un espacio para la casa de muñecas de sus nietas, la misma que les remodelaba año tras año. También dispuso de una bodega de herramientas y madera para sus nietos. Fue absolutamente religiosa, celebraba con nosotros la Semana Santa en reflexión y recogimiento católico, nos llevaba a rezar el viacrucis. Recuerdo también que la abuela fue siempre muy reconocida en su entorno, líder enérgica, de temple: decían que Doña Carmencita cargaba siempre un revólver con ella.

Jesús Yecid Córdoba Osorio, mi papá, es un hombre feliz, soñador, disciplinado, exigente, generoso, gran lector, consagrado a su trabajo, puntual al extremo, imparcial, justo, honesto, perfeccionista. Siempre ha podido mirar a los ojos, con la frente en alto, y todos pueden decir de él que ahí va un buen ser humano, un buen hombre.

Estudió su primaria y parte del bachillerato en internado en el colegio de Mosquera, luego en el internado del Colegio Salesiano de Tunja. Comenzó un primer semestre de ingeniería, pero no se identificó con la carrera. Le pidió a su papá le permitiera cambiarse, pues esto no era lo suyo, sino el Derecho. Entonces su papá lo llevó a trabajar con él de tinterillo, cargando códigos que hicieron que le tomara amor a esta área del conocimiento. Estudió así en la Universidad La Gran Colombia, de Bogotá.

Fue funcionario público de la Rama Judicial. Trabajó como juez en Samacá, Boyacá, luego como juez de instrucción criminal y como juez penal en todo el occidente boyacense, las zonas más violentas del Departamento. Cuando se daba la guerra de las esmeraldas tuvo que llevar justicia a ese sector. Fue juez de instrucción criminal en Moniquirá, juez penal superior y magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo en Boyacá, Arauca y Casanare.

RAMA MATERNA

Ignacio Vargas Leguizamón, mi abuelo, fue un hombre muy familiar. Trabajó toda su vida como contador en el IDEMA donde fue su actuario, primero en Tunja y luego en Bogotá. Llegó con su familia a una casa muy linda de Teusaquillo, que conservan mis tíos. En ella murió.

Aura María Vargas Caballero, mi abuela, fue un ama de casa consagrada a sus hijos. Pero también bordaba y pintaba. Tuvo una hija odontóloga, dos gemelas ambas abogadas, un hijo que estudió ingenieria electrónica y mi mamá. Vivía yo con mi abuela cuando sufrió un evento cerebro vascular que la limitó muchísimo por cinco años.

Alba Gloria Vargas, mi mamá, es una mujer absolutamente religiosa, de rosario diario y misa cada domingo. Es muy independiente, la más juiciosa y consagrada que pueda uno imaginar, pero enamorada del más revolucionario y progresista de los hombres de su universidad. Estudió en el colegio La Presentación en Tunja y después en el mismo colegio en Bogotá. Como sus hermanas mayores habían estudiado Derecho en El Externado, ella decidió estudiarlo también, pero en La Gran Colombia. En su vida profesional fue juez y por veinte años defensora de familia en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, hasta pensionarse. La suya fue toda una vida dedicada al Derecho de Familia.

CASA MATERNA

Mis papás construyeron el hogar a la par y a pulso. Son muy conservadores, pero no tradicionalistas, porque en la casa mandaron los dos. De niños tuvimos en mi mamá el referente de una mujer empoderada, que fue escuchada: su criterio se imponía y no en pocas ocasiones. Con el trabajo de ambos y con sus ahorros compraron la que fuera su primera casa y su primer carro, también nos pagaron los estudios y nos dieron mucho gusto.

Mis papás fueron siempre muy parranderos, porque eran famosas las fiestas de “Glorita y Yecid” en su casa, que era inmensa. Pero también fueron muy religiosos, absolutamente católicos, por lo mismo nos educaron en valores: nos enseñaron transparencia, rectitud, corrección, a través del ejemplo.

Crecimos en un ambiente en el que el tema jurídico estaba en primer orden del día, con juridicidad plena, en estado de derecho, reconociendo los principios democráticos, el respeto por los demás, con el proverbio de no hacer a los otros lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros, el de que mi derecho llega hasta donde empieza el de los demás. Esas reglas de vida mínimas las aplicamos incluso en los juegos.

Margarita María, mi única hermana, es abogada. Se casó muy joven con un mexicano, papá de sus dos hijos mayores, José Alejandro y Miguel. Se divorció después de vivir diecisiete años en México. Posteriormente se casó con un norteamericano, papá de sus dos hijos menores, Emiliano e Ivanna, con quienes vive en Denver.

Mis papás actualmente viven en Villa de Leyva, cuentan más de cincuenta años de feliz matrimonio, y nosotros los visitamos con la mayor frecuencia.

INFANCIA

Mi hermana y yo vivimos en cuna de oro, pues mis papás nos dieron de más sin que tuvieran ingresos elevados, porque los dos fueron funcionarios públicos. Crecimos en Tunja, en una casa antiquísima, de un solo piso, con patio y solar donde nos hacían fiestas con piñata rodeados de cualquier cantidad de amigos. Tuvimos todo el espacio para jugar y divertirnos en medio de unos jardines preciosos que cultivaba mi mamá. Crecimos con dos perros, Meñique y Happy, quienes nos hicieron la vida inmensamente feliz.

ACADEMIA

COLEGIOS

Estudié mi primaria en el Colegio Selección de Tunja, que era pequeño y privado, de la “crema y nata de la sociedad”. Precisamente era de Leonorcita Santoyo, había sido de su abuela, luego de su madre y finalmente pasó a sus manos. Allí recibí maravillosa educación. Conservo los mejores recuerdos de mis profesores y compañeros de primera infancia.

Luego viví la transición a colegio grande, público, pues mi papá no quiso que yo recibiera educación de curas, como la tuvo él en el Salesiano, sino que me matriculó en el Boyacá, donde estudió mi abuelo. El Colegio Boyacá tiene más de doscientos años de tradición, fue fundado por Francisco de Paula Santander, hombre de las leyes, y ha figurado entre los mejores del país según las pruebas del ICFES.

Hildebrando Suescún Dávila, magnífico rector, hizo un experimento al permitir que los estudiantes de grado décimo y once diversificáramos los estudios en horas de la tarde, luego de la jornada normal, para que tuviéramos profundizaciones en áreas de acuerdo a nuestras habilidades y preferencias.

Fue así como opté por humanidades, que brindaban como opción, porque también ofrecían ver ciencias naturales, matemáticas, informática. No podemos olvidar que era 1989. Estudié entonces literatura, crítica de arte, introducción a la economía, introducción al derecho que dictaba un abogado y que me sirvió inmensamente cuando llegué a la universidad. Recibí una formación muy privilegiada que me formó el carácter: aprendí responsabilidad, de emprendimiento y de proyección. Hicimos periódicos, tuvimos emisora de radio, participamos de seminarios. Cinco estudiantes hicimos el primer debate en el país de candidatos a las alcaldías cuando recién empezó la elección popular de alcaldes. Me gradué con quinientas cuarenta personas en grado once.

A mis amigos de colegio los considero hermanos entrañables. Tenían ellos llaves de mi casa y yo de la de ellos, así podíamos entrar sin restricción a unas y otras. También conservo los vínculos con algunos de mis profesores, como Piedad Fuentes, de filosofía, Ricardo Forero Silva, Silvia Castro, Yadira Villamil, Marco Fuentes y tantos otros.

UNIVERSIDAD DEL ROSARIO

Con el paso a la universidad, viví con mi abuela materna algunos años, cuando de Tunja vine a estudiar a Bogotá. Llegué muy asustado, pues era de provincia, también porque me recibía mi abuela rodeada de mis tíos quienes nunca se casaron, entonces pensé que iba a sentirme muy restringido. Lo primero que me ocurrió al llegar, luego de instalarme, fue que me sentaron en la sala para decirme: “Mijito, aquí están sus llaves. Lo único que le pedimos es que, si no va a llegar, avise, de resto, haga su vida”. Fueron los más alcahuetas del universo, unos consentidores que me encubrieron mis parrandas cuando llegaba pasado de tragos o cuando salía con mis novias. Jamás tuvimos inconvenientes.

Quise hacer un pre-ICFES en Bogotá que aproveché también para conocer las distintas universidades. Una vez pisé el Claustro del Rosario, supe que este era mi lugar. Indagué sobre su razón de ser para contrastarla con la de las otras universidades, Javeriana, Andes, Externado. Me encantaron su historia, tradición, vocación y las notas diferenciadoras del Rosario. No tuve padrino para ingresar, como lo hubiera tenido en las otras universidades, pero me arriesgué y presenté el examen de admisión que pasé sin dificultad.     

Cuando inicié mi carrera, el rector era Gustavo De Greiff Restrepo. En mi entrevista de ingreso, Gabriel Cediel Franco, vicedecano de jurisprudencia en ese entonces y quien se convertiría en gran amigo, me preguntó si estaba nervioso, le dije: ¡Por supuesto que estoy nervioso! / “Tranquilo, la entrevista es muy sencilla”. / Es que no estoy nervioso por la entrevista, pues sé bien que voy a ser rosarista, estoy nervioso porque en este preciso momento mi papá está sacando la balota para saber si me voy o no al ejército.

Estas dos situaciones se presentaron exactamente al mismo tiempo y hora. Por fortuna, todo salió bien, pasé en la Universidad del Rosario y no fui al Ejército.

Gocé intensamente esta etapa de la vida sin ser el mejor estudiante ni el del mejor promedio, pero sí uno de los pocos de mi curso que jamás perdió una materia. Era de los que se iba a jugar billar, tenía novias, salía de parranda a disfrutar de la vida, porque no sacrifiqué mi juventud por una excelencia académica.

La Universidad conmigo fue absolutamente generosa, me dio a los mejores maestros, con ejemplos de vida magníficos. Si uno quiere devolver algo de lo que recibió, debería buscar ser como sus referentes, como docente, como abogado, como ejemplo de vida. Fueron ellos muy cercanos a sus estudiantes, fieles a la vocación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en donde todos nos conocíamos, nos identificábamos por el nombre, donde era perfectamente factible compartir un café. Esto es algo que recuerdo con mucha añoranza y nostalgia.

Compartir una conversación con Guillermo Lozano Escobar era la cosa más maravillosa del mundo; o con Pacho Herrera de quien han escrito libros sobre su vida por lo que representó para el Rosario y para generaciones de abogados; o escuchar absorto las clases de Vladimiro Naranjo mientras fumaba pipa en las que compartía sus cuentos, sus anécdotas. Esto no tiene precio. Todas las úlceras que tengo se las debo a ellos, pero les agradezco con afecto.

Otra experiencia era sentarse a escuchar las discusiones entre profesores, ver la manera como argumentaban. Siempre preferí no asistir a clase que perderme el tinto de las nueve de la mañana entre unas personas especialmente doctas quienes fueron parte fundamental de mi construcción como abogado. Juan Enrique Medina Pabón, el Gordo (Jaime) Arteaga, Guillermo Lozano, Eduardo García Sarmiento, Gabriel Cediel y tantos otros brindaban la mejor clase por fuera del salón que uno pudiera tener.

Juan Enrique es un segundo padre para mí, sin que me hubiera dado una materia, fue director del Consultorio Jurídico en la época en que me tocó hacerlo, también fue mi padrino de matrimonio, amigo, consejero, mentor en Derecho Civil.

VIAJE A EUROPA

Con Elizabeth Peña, gran amiga, en la oficina de la decanatura del doctor Monroy Cabra, encontramos un cartel que decía: “Becas para el curso oficial en Derechos Humanos en la Universidad Robert Schuman, patrocinado por la ONU en Estrasburgo, Francia”. Decidimos inscribirnos, lo hicimos vía fax lo que resultaba muy costoso. Contamos con el apoyo del personal del Rosario. Luego nos dijo el decano que el curso estaba dirigido a profesores y no a estudiantes, pero ya era tarde. Se alcanzó a enojar pensando que el nombre del Rosario se iba a ver afectado.

Cualquier día tocaron a la puerta del salón, era la secretaria del rector quien nos requería en su despacho. Nos asustamos, pensamos que nos iban a botar de la Universidad. Fuimos entonces a hablar con Guillermo Salah Zuleta, el rector, quien nos recibió con los brazos abiertos: “¡Muchachos, qué orgullo! Acabo de recibir la confirmación de que por primera vez van a asistir al curso dos estudiantes del Rosario. Acto seguido llegó el decano quien nos dijo: “Oigan, ¿ustedes saben en qué se metieron?” Ni francés sabíamos.

Recibimos todo el respaldo de la Universidad. Marco Gerardo Monroy dictó unas conferencias al Banco UCONAL para que nos patrocinara los tiquetes. Ese era su tamaño, un ser humano espléndidamente colmado de generosidad. El viaje me sirvió para que me convalidaran el francés como segunda lengua, mi requisito de grado. Por su parte, mi amiga tomó el curso en inglés. Gloria de Ramírez, secretaria general del Rosario, nos diseñó todo el itinerario: rutas, destinos, hoteles, hasta qué comer, para un mes antes y otro más una vez terminado el curso. Fue quien nos animó a conocer Europa, pues no lo habíamos considerado, y ninguno de los dos había viajado.

El curso fue magnífico y los compañeros no podían ser mejores profesionales, hoy en día abogados muy importantes en diferentes lugares del mundo. Viajando nos perdimos en Ciudad del Vaticano. Al jugar mis veinte dolaritos nos ganamos una buena plata en el casino de Montecarlo, en Mónaco.

REGRESO AL PAÍS

Regresamos al segundo semestre del año. Glorita me preguntó: “¿Quieres trabajar conmigo?”. Entonces fue cuando se convirtió en mi primera jefe permitiéndome que me enterara de los asuntos internos del Rosario como asistente suya, pero también lo fui de su oficina particular donde brindaba los servicios como abogada externa de la Alcaldía de Bogotá.

Hice mi judicatura para optar por el grado. Fue cuando recibí una llamada del vicedecano de jurisprudencia, Alfredo Beiman, para preguntarme si quería ser monitor del Consultorio Jurídico. Es decir, me ofreció la judicatura paga, ¡el mejor de los escenarios! Era marzo de 1998.

TRAYECTORIA PROFESIONAL

ABCM ABOGADOS ASESORES LIMITADA

Un año después, al terminar, me ofrecieron quedarme como coordinador de monitores. Ahí conocí a dos personas muy importantes en mi vida, Francisco Luis Boada Rodríguez y Mauricio Amaya Cortés, dos de los monitores del Consultorio Jurídico quienes se convirtieron en mis socios de oficina en la firma ABCM, abogados asesores Limitada. La M corresponde a Alba Raquel Medina, quien en su momento fue socia nuestra, directora del Centro de Conciliación de la Universidad del Rosario.

Recibimos el título el 7 de abril del año 2000 y lo primero que hicimos fue colgarlo en una pared de una casa en Chapinero y decir: “¡Comienza nuestra etapa profesional como abogados independientes!”. Ahí ha estado, desde ese momento, hasta hoy.

Más adelante, inspirado por mi mamá, decidí profundizar en  Derecho Civil personas y familia, el mismo que dicto en varias universidades.

En la oficina nos hemos especializado en responsabilidad médica, somos los abogados en los temas de litigio de la Nueva EPS, hemos sido abogados del Fondo de Previsión Social del Congreso de la República, de los Seguros Sociales como última firma antes de cerrarlo, también hemos llevado el litigio de Bienestar Familiar.

COLEGIO DE ABOGADOS ROSARISTAS

Entré al Colegio de abogados en 1996, siendo estudiante, por invitación que me hiciera el entonces profesor Alberto Gaitán. Me encantó lo que vi, sus congresos, su gente. Descubrí que era el espacio en el que podría conocer a esos grandes maestros en un ambiente ajeno a la academia, que es tan rigurosa, para descubrir que ellos también se divertían. Me prometí, desde ese momento, ser el miembro más fiel al Colegio.

Cuando me gradué con mis socios de oficina, cometimos la imprudencia más grande jamás imaginada. Creímos que tener voto en la Asamblea nos daba el derecho de postularnos a la dirección. No éramos conscientes de que estábamos abriéndonos camino para ocupar los espacios que les correspondían a los rosaristas más ilustres, más insignes, los de las últimas generaciones.

Fuimos en extremo irreverentes cuando presentamos una plancha con nuestros nombres para la Junta Directiva. Entonces se nos acercó una persona a la que admiro profundamente, un señor por excelencia, un referente de caballero, Juan Rafael Bravo Arteaga, fundador del Colegio y un buen número de veces su presidente, a decirnos: “Doctor Yecid, creo que deberíamos revisar estas planchas. Me parece maravilloso que quieran iniciar, pero su experiencia tal vez no les permite…”

Quienes presentan las planchas año a año eran los miembros honorarios, aquellos quienes estaban preparados para asumir. Pero nos nombraron miembros suplentes. ¡Ya estábamos en la Junta!

En algún momento acepté ser tesorero al considerar que las funciones eran tan básicas como recaudar las cuotas de sostenimiento o constatar que la contabilidad estuviera bien llevada. En plena Junta, Juan Rafael me dijo: “Doctor Yecid, por qué no le explicas a la Junta por qué los ajustes por inflación no cuadran con la depreciación de los activos”. Abrí los ojos ante ese chino avanzado en que me hablaba. Cuando menos pensé todos soltaron la carcajada. Fue la pregunta con la que me inauguró el tributarista mejor calificado del país.

También fui secretario ejecutivo por cuatro años, vicepresidente por dos y presidente durante tres períodos, lo que me significa un honor muy grande. Como presidente viví un reto enorme y muy difícil. En alguna ocasión convocamos el Congreso de San Andrés cuando los trabajadores de Avianca se declararon en paro. Contábamos con un altísimo número de inscritos y no teníamos cómo garantizar que llegaran ni los conferencistas. En últimas, lo logramos por medio de otras aerolíneas que cobraron precios astronómicos.

Me correspondió también la celebración de sus veinticinco años en el Aula Máxima en la que les reconocimos a todos los presidentes su labor. Recibí a nombre del Colegio la condecoración del Congreso de la República por los servicios prestados a la patria. También recibí a nombre del Colegio la máxima condecoración que brinda la Universidad del Rosario.

Ojalá los jóvenes descubran la importancia que tiene el hacer parte de un gremio. Solos no podemos. Tenemos que unirnos, dignificar la profesión, y qué mejor que entre pares. Debemos revisar el ejemplo del cambio generacional, que ha pasado por los más notables hasta los más jóvenes. Es el caso de Ricardo Medina, quien fuera mi alumno, quien me prometiera en un Congreso que sería presidente. Cumplió su promesa y lo está haciendo con lujo de detalles.

El Colegio me ha dejado amigos entrañables a quienes quiero muchísimo, a quienes he querido por más de dos décadas y por quienes siento una gratitud perenne.

ASOCIACIÓN ROSARISTA

También he hecho parte de la Asociación Rosarista, agremiación de egresados de todas las Facultades de la Universidad, tan importantes todas para el país. Fui su presidente por casi ocho años e hicimos cosas muy grandes allí.

CÁTEDRATICO

Mi ejercicio profesional lo combiné con la cátedra, tanto de pregrado hasta la pandemia, como de posgrado. Sentí siempre una gran pasión por dictar clases, por transmitir conocimiento, por el litigio puro y duro que atendí desde mi oficina, pues fueron actividades que manejé al mismo tiempo.

LLAMADO A LA CALMA

Me fijé unos retos importantes en la vida hasta excederme. En 2018 estaba dictando clases en el pregrado de dos universidades, tres cursos en el Rosario y uno en El Bosque, también una especialización. Era el presidente de la Asociación Rosarista, candidato a magistrado del Consejo Superior de la Judicatura. Viajaba por todo el país atendiendo audiencias de mi oficina. Todo esto representaba comer y dormir mal, no tener tiempo para nada diferente. Y la vida me cobró los excesos.

En un vuelo Bogotá – Medellín me contagié del virus H1N1, el mismo que cobró tantas vidas. Por sugerencia de mi esposa fui a la Reina Sofía para que me examinaran, llegué manejando. Efectivamente, encontraron que mis pulmones estaban completamente destruidos. Me tomaron los signos vitales y tuvieron que llevarme a  cuidados intensivos de inmediato. La placa de tórax mostró que no funcionaban ni el 20% de ellos. Me llevaron a cuidados intensivos de la Marly donde me desahuciaron. Llamaron a mi esposa a decirle que la probabilidad de vida era ínfima, que estaban revisando un único recurso. Al día siguiente le dijeron: “Lo único que podríamos pensar es que la Shaio lo acepte para el ECMO”.

El ECMO es un mecanismo de pulmones y corazón artificiales. Me conectaron a los pulmones por trece días, con cirugía vascular hecha, y por tres días al corazón. Este tiempo lo viví en coma inducido. Nadie daba un peso por mí. Hubo misas en el Rosario, las que agradezco de manera muy sentida. Sobreviví, y sin secuelas, pues los médicos decían que si llegara a vivir sería oxigeno dependiente hasta mi muerte.

Esta circunstancia tan delicada de salud cambió mi forma de pensar. Dejé de ser trabajador compulsivo, cambió mi concepto de éxito que hasta entonces estuvo encaminado al reconocimiento público, al querer ocupar cada vez mejores cargos.

Todo se desdibujó totalmente ante mis ojos. Fue cuando le di a la vida su verdadero valor, entendí que el sentido era disfrutar el presente y dejar fluir, pues los resultados de la disciplina, de la responsabilidad, labran el futuro.

Antes soñaba con los conceptos capitalistas de éxito. Ambicionaba tener, pensaba en ser reconocido, en figurar en los ratings de los mejores abogados del país. Si bien la vida ha sido generosa y me ha dado estas satisfacciones, para mí ya no tienen la importancia de antes, ya no son mi prioridad. Mi prioridad es vivir en equilibrio. Mi mayor dicha es irme a mi casa de Villa de Leyva a pasar el fin de semana con mi esposa, saludar a mis padres, reunirme con mis amigos, hacer paseos, viajar.

ESPOSA

María Teresa Olano Obregón, mi esposa, a quien amo profundamente, es una mujer brillante y disciplinada, abogada experta en estructuración de negocios fiduciarios. Fue gerente jurídica de Hitos Urbanos, actualmente de una Holding bastante importante. Pero también es mi compañera de vida, mi socia, mi mejor amiga y compinche: llevamos trece años de matrimonio.

Decidimos libre y responsablemente no tener hijos, entonces nos debemos el uno al otro construyendo juntos, cumpliendo nuestras metas y asegurando un futuro digno y estable.