Marcelo Hurtado

 

Siempre ha habido personas claves en mi formación y el primero de ellos es mi papá. Fue una figura importantísima en la vida, en la transmisión de valores y en la filosofía de existir: mucho rigor para el trabajo y con las responsabilidades, pero cuando se podía, mucho mamagallismo.

 

No conocí a mis abuelos pues ya estaban muertos cuando tuve uso de razón, que según mi papa empieza a los siete años de edad.

 

Mi abuelo, según relatos de mi padre, vivió de vender paños ingleses durante un período de su vida, fue muy próspero pero después se quebró lo que generó ciertas dificultades económicas en la familia. Tuvo tres hijos, cada uno de ellos muy particular en su estilo. Mi padre hablaba poco de él. Mi abuela era de Vélez, Santander. Medía 1.40 metros de estatura y mi abuelo 1.85 pero todos sus descendientes, mi papá, tíos, hijos y nietos, salimos pegados al piso.

 

Los genes dominantes de mi abuela son una cosa impresionante. Yo vine a saber realmente qué tan chiquita era ella porque antes de morir mi papá hace diez años, había solicitado que lo pusiéramos en una urna en la iglesia de Cristo Rey, al lado de los huesos de su mamá, pues sentía adoración por ella. Conseguimos, mi única hermana y yo, todos los permisos correspondientes para atenderlo en su solicitud, cosa que resultó un completo lío. Entones a mí me tocó sacar los huesos de mi abuela que estaban en unas catacumbas en la Iglesia de Lourdes en Chapinero, un sitio espantoso en los sótanos, húmedo y oscuro.

 

— Parecía la iglesia del terror.

 

Fui con la orden, después de cumplir los mil requisitos, y el señor que atendía esos casos me dijo:

 

— Sí claro, es por aquí.

 

Entonces recordé haber ido con mi papá a ese sitio alguna vez. El tipo saca un mazo y le empieza a dar golpes a la pared del osario donde estaba mi abuela. Hasta ahí la cosa resultó desagradable pero después vino lo peor. El tipo mete la mano y saca un costal anaranjado de lo viejo que era, pues ella llevaba por lo menos cincuenta años enterrada; en ese costal estaban los huesos de mi abuela. Completos. El tipo me los entrega pero como yo no los podía llevar en mi carro, tenía que ir en una carroza fúnebre por normas sanitarias del Distrito. El señor me permite cargar el costal, yo salgo a la calle 63 donde me estaba esperando el carro fúnebre cuando de repente…

 

— ¡Se desfondó el costal!

 

Te imaginarás el reguero de huesos de mi abuela en el andén. Ahí me di cuenta qué tan chiquita era porque los huesitos eran como los de un niño. Me tocó a mí recogerlos, porque el tipo que me había dado el costal me miró con una cara… y yo ahí, en cuatro patas.

 

Si esto le ocurre a mi hermana, ella sí se hubiera muerto, de eso sí estoy completamente seguro. A ella sí le impresionan esas cosas.

 

Siguiendo con mis abuelos paternos, tuvieron tres hijos: uno se dedicó a negocios varios, el otro, mayor que mi papá, estaba estudiando odontología en la Nacional cuando lo picó el bicho de la política. Terminó siendo un senador muy connotado del partido comunista colombiano y posteriormente de la UP. Él se llamaba Hernando Hurtado Álvarez, era el secretario del Comité Permanente de Derechos Humanos y bueno, parece que fue torturado como otros tantos colombianos.

 

Eran fantásticas las cosas que contaba. Cuando iba a visitar a mi papá echaba unos cuentos que uno no sabía si eran carreta o simplemente exageraciones. Alguna vez llegó agitado un sábado a nuestra casa y me dijo que lo estaba persiguiendo la policía:

 

— ¡Asómese por la ventana a ver si están los tiras en la esquina!

 

Y yo, que era un chino de veinte años corría a mirar, muerto del susto claro.

 

Era definitivamente un personaje, un tipo brillante, de esos que lo convencen a uno que el mundo es cuadrado si se les da la gana.

 

Le sigue mi papá, quien con gran esfuerzo se fue a estudiar economía a N.Y. University mientras por las noches lavaba platos en un restaurante para sobrevivir. Después de volver al pais hablaba lo que él llamaba un ´ínglés técnico´. Él fue el faro en muchas cosas toda la vida. Era un papá de los de la época de antes, de esos que no lo alzan a uno pero que a la vez son consentidores patológicos. Cuando yo tenía once años, saqué el carro del garaje porque había que moverlo para que un vecino sacara el suyo. Si bien yo sabía cómo se prendía lo moví con la puerta abierta y dañé los carros del lado… Bajó mi papá furioso y qué no me dijo. Obviamente pasamos la pena con los vecinos. Entonces yo me escabullí, llamé a un amigo por teléfono y le dije:

 

— Necesito volarme de mi casa porque aquí me va a matar mi papá

 

Y cuando estaba hablando por el teléfono con mi amigo, llega mi papá, me abraza por detrás, y con voz infantil me dice:

 

— ¿Quién dañó el carro de la casa?

 

Arrepentido seguramente del vaciadón terrible que me pegó. Así era él, consentidor pero con una noción del cumplimiento muy estricta.

 

Siguiendo su idea de procurar la mejor educación posible para mí, me metió a un colegio estricto, el Colegio San Carlos. Si yo sacaba 3.5 (sobre 5 ) me decía:

 

— ¡¿Se va a pasar la vida siendo mediocre?!

 

Yo fui más o menos juicioso cuando chiquito porque cuando entré a la adolescencia, dejé el tenis, empecé a fumar cigarrillo y a dármelas de rebelde en la casa y en el colegio. Me suspendieron los 2 últimos meses de bachillerato por revoltoso. Me gradué de milagro con mis compañeros de curso.

 

Mi papá, a pesar de ser estricto en cuanto a la educación, era un tipo muy fiestero, una especie de ´party man´; realmente era un tipo muy social. En mi casa de chiquito siempre había gente los viernes. Recuerdo el olor a trago, cigarrillo y pasabocas que me parecía nauseabundo en esa época. Para mi papá, que era muy amiguero, si no había reunión el viernes en mi casa o reunión en casa de alguno de sus amigos, armaba un almuerzos de trabajo en algún restaurante cerca de la oficina, los que se prolongaban hasta la noche. Llegaba a la casa a las ocho de la noche muy contento.

 

Fue gerente de relaciones industriales de Ecopetrol, cargo en el que estuvo por más de veinte años. También trabajó con la Andian Petroleum Company y la Shell, y antes de su retiro con la Morrison Knudsen. Mi papá podía llegar a las dos de la mañana algo tomado, y a las cinco estaba despierto, bañado, perfumado, y de corbata, listo para trabajar. Antes de las siete de la mañana ya estaba en la oficina. Era de una disciplina impresionante. Entonces eso uno lo va viendo desde chiquito.

 

— Hm…Ya sé por dónde es la vaina.

 

En la universidad la cosa cambia y uno es un poco más juicioso. Yo la verdad no era el más pilo en la carrera; así como el nerd de la Javeriana, no. Tampoco era un vago porque no hubiera sobrevivido.

 

No tengo idea porqué estudié medicina pues ni siquiera tengo un solo familiar que sea médico. Yo soñaba con ser cirujano de corazón, y no sé porqué se me ocurrió eso. Quizás tenga origen en el hecho de que mi mamá era una mujer muy enferma y se murió muy joven, del corazón. Yo solo pensaba que eso era lo que debía hacer, ayudarle a la gente y el òrgano mas importante de la gente parecía ser el corazón.

 

Mi mamá había muerto hacía muchos años y mi papá estaba de novio de una nutricionista que era la jefe de nutrición del Hospital San Ignacio. Ellá me dijo que me presentara a la Javeriana, que la facultad de medicina tenía buena reputación. Me parecía un reto pero en verdad era lo que quería hacer.

 

Ahora veo que la medicina es altruista, es entrega, y me fascina. Creo que no hubiera podido hacer nada distinto, aunque a veces pienso que de pronto hubiera podido estudiar Derecho que es lo que está estudiando mi hijo. Va en cuarto semestre con veinte años de edad, y me hace hecho ver lo interesante que es esa carrera. Tiene muchas similitudes con la medicina …

 

Muchos de mis profesores de medicina eran verdaderos genios. Otros no, mas bien neuróticos y maltratadores. Lo regañaban a uno por cualquier cosa, lo humillaban delante de cincuenta o mas personas y delante del paciente, en fin. Es que en esa época estudiar medicina era como estar en el ejército, el régimen era militar, dormir poco, a veces acostado en el piso si se estaba de turno en el Hospital, aguantar vaciadas y tratar de vencer el miedo. En esa época entre los estudiantes había dos facultades de medicina que tenían fama de ser academias militares: la Nacional y la Javeriana.

 

Uno de los profesores que más gozaban humillando, me preguntó delante de una muchedumbre de médicos y estudiantes, frente a un paciente:

 

— Dígame cinco causas de esta enfermedad.

 

Todos mirando. Le dije 10 porque había estudiado ese tema la noche anterior. Que furia la del profesor !.

 

Después la vida dio vueltas y yo mismo me convertí en profesor. Nunca, sinembargo, traté mal a mis estudiantes ni a nadie que tuviera un nivel jerárquico menor al mio.

 

Terminé los semestres de la carrera y cuando estaba haciendo internado en el Hospital de la Samaritana en Bogotá conocí a un médico de la Universidad Nacional, Manuel Laverde, unos seis años mayor, que estaba haciendo su especialización en gastroenterología. En ese entonces yo quería ser cirujano plástico.

 

Entonces llegó el momento del irme a la año rural. Antes de viajar a la Guajira Manuel me regaló un “Manual de Gastroenterología Clínica”. Era uno de esos argollados en inglés. Viaje, y allá ¿qué hace uno? Pues estudiar. Empecé a leerlo y me fascinó, entonces decidí hacer el ensayo. Estuve seis meses en Manaure y después un año entero de rural aquí en Bogotá. Me presenté a Gastroenterología y pasé.

 

— Había cambiado lo esencial por lo trivial. El corazón por la piel.

 

En realidad el corazón por las tripas. Yo siempre tuve muy buena habilidad con las manos. Fuera de eso en mi familia hay mucha tendencia artística, mi hermana pinta, yo también pintaba en el colegio, hacía caricaturas, estuve en teatro durante diez o más años, y creo que mi hijo Felipe heredó mucho de eso: toca bajo eléctrico, guitarra, saxo. Es, o era, un actor aficionado muy sobresaliente. En fin, la parte artística y manual me parecía natural.

 

Como decía, quería ser cirujano plástico hasta que me encontré con Manuel. Empezó a mostrarme fotos de endoscopias. No eran los equipos que tenemos ahora de video sino que había que mirar por un tubo. Me mostraba fotos de vez en cuando y me decía:

 

— Mire esta úlcera

 

Ese era el erotismo en la Samaritana: la foto de una úlcera desnuda.

 

Y yo decía:

 

— ¿Y dónde está la úlcera?

 

Y él:

 

— No la ve?….

 

Yo no quería ser gastroenterólogo. Además había un problema con la gastroenterología y era que, como requisito, había que hacer tres años de medicina interna que es la medicina de los adultos, lo que comprende la cardiología, neumología, reumatología, gastroenterología, etc.…

 

Yo le tenía mucha pereza a la medicina interna, es más, ¡la odiaba! Después me di cuenta que me parecía hartísima y la odiaba, porque no la conocía!.

 

Recuerdo mi primer turno como residente de Medicina Interna: ese día estuve a cargo de muchos pacientes graves, casi todos ancianos, entre los que había mas de una docena de moribundos. Ese día, a pesar del susto, me enamoré perdidamente de la medicina interna porque me di cuenta, por ejemplo, que un viejito diabético de noventa años que estaba en coma era un paciente interesante y que yo le podía ayudar.

 

Los médicos tenemos cosas así, a veces incomprensibles para la gente, a veces llamativas. Un periodista muy conocido me decía:

 

— Oiga, ¡a mí me impresionan mucho las manos de los médicos!

 

Cuando le pregunté la razón me dijo:

 

— Las manos de ustedes no son manos de seres humanos. Son manos con una habilidad que no tiene la gente del común. Y creo que sí es verdad.

 

 

LA GUAJIRA

 

Antes de empezar una especialidad había que hacer un año de rural. Conseguí un puesto en el Hospital de Manuare, Guajira. Fue una experiencia tenaz. Yo llegué a a la alta Guajira nombrado como director de un hospital a los veintidós años. El pueblo era un desierto con cuatro calles donde estaba la Concesión Salinas. El hospital tenía como veinte camas:

 

— Lo más de cuco pero completamente inoperante.

 

Me presentaron al personal y empecé a dar vueltas. Entré a la farmacia. Allí estaba un señor, familiar de un político muy famoso – no voy a decir el nombre – que era el regente de farmacia, por decir algo, el que despachaba la droga que uno formulaba. Él tenía la nevera donde se almacenaban las vacunas.

 

— Señor, ¿cómo le va?

 

Y llegué a inspeccionar la farmacia del hospital, abrí la nevera y…

 

— ¿Esto qué es?

 

— Son unos yogures que tengo ahí para vender.

 

— Pero, ¿porqué usa esta nevera? Eso no se puede hacer.

 

— ¿Porqué no?

 

— Porque cada vez que usted abre la nevera, la temperatura sube y las vacunas se dañan. Eso se llama cadena de frío señor.

 

Te estoy hablando de los tempranos ochentas. Me dice:

 

— Yo vendo eso porque el sueldo aquí es muy malo, entonces yo voy a Venezuela, traigo unos yogures, los vendo y con eso me ayudo.

 

— Perfecto. Yo le doy permiso que lo siga haciendo pero no en la nevera del hospital. Cómprese una nevera y póngala donde quiera, pero no puede seguir abriendo la nevera de las vacunas para eso.

—-

Ese fue mi primer roce con la gente en la Guajira.

 

La gente en el hospital y la calle decía:

 

— “Ya llegó el cachaquito”.

 

— “Ese bebé vino a fregarnos la vida”.

 

— El mismo dia seguí mi recorrido, fui al garaje, y encontré dos ambulancias que se estaban pudriendo.

 

— ¿Cuánto hace que no funcionan?

 

— ufff médico, hace como cinco años.

 

— Entonces, ¿cómo traslada a los heridos?

 

— En camioneta o como se pueda pero aquí no hay ambulancia.

 

Entonces yo pensé, ¡Ah, claro, el país!

 

Me metí a sala de cirugía y como había aprendido a dar anestesia durante el internado pregunté:

 

— ¿Aquí hay una máquina de anestesia?

 

— Sí, claro, ahí.

 

Abrí una puerta y me vi sorprendido por una máquina de anestesia nueva reposando debajo de un plástico.

 

— Y esto ¿cuándo lo compraron?

 

— Hace como cinco años

 

— Y ¿quién la ha usado?

 

— Nadie. Médico, ¿Usted sabe usarla?

 

— Si

 

— ¿Sabe armarla?

 

— ¡Pues claro!

 

Y empezamos a dar anestesia.

 

Es increíble, esta máquina había costado un platal y estaba ahí, arrumada, acumulando polvo, guardada, nueva.

 

Descubrí muy rápido que el guajiro es un personaje muy bravo y yo…pues yo no me dejaba de nadie. Tenía en contra, además, al superintendente de la Concesión Salinas.

 

Por ejemplo: yo tenía tres enfermeras en el hospital. Una era la amante del súper entonces le decía a su querido que quería irse a Barranquilla a mandarse a operar los párpados y el tipo le daba dos meses de licencia. Yo no contaba con ella para nada, creo que la vi en dos ocasiones durante mi estadía de seis meses. La otra estaba en posparto, entonces como estaba amamantando a su hijo tenía que irse varias veces al dia. Me quedaba una a la que ponía a hacer todo, me ayudaba en la consulta, a atender los partos, las pocas cirugías que hacíamos, ponía vacunas, iba conmigo al área rural en un carro de la compañía a visitar enfermos de la comunidad Wayuu. A los dos meses de estar en ese plan, recibo una carta del sindicato diciendo que yo era un explotador, preguntando que porqué le estaba metiendo tantas horas extras a la enfermera y yo, que he sido volado toda la vida, les dije:

 

— Perfecto señores, tienen toda la razón, yo le estoy dando muy duro a la enfermera, y como no tengo más enfermeras voy a cerrar el hospital.

 

— No, no no no no… pero ¿cómo va a hacer eso ?

— Entonces, o me dejan trabajar con la enfermera que tiene voluntad y le gusta ganarse sus horas extras, o nada. Cierro.

 

Ese fue el primer encontrón laboral y de ahí para adelante hubo muchas mas cosas por el estilo.

 

La vida allá es muy dura. En la noche que llegué a la casa de huéspedes conocí a la médica del hospital, mi antecesora, la director, una mujer de Bucaramanga. La encontré prácticamente escondida porque la tenían amenazada de muerte. Me dijo:

 

— Uyy, menos mal llegó usted, porque yo me voy mañana.

 

Sacó un manojo de llaves, y me dijo:

 

— Estas son las llaves del hospital.

 

— Pero, ¿de qué?

 

— De todo. Usted ahí va averiguando.

 

— Yo me voy mañana a las 6 am. Ya tengo transporte, chao…

 

Y se fue volada.

 

Y es que la violencia allá es impresionante. Si uno no hacía lo que el paciente quería, lo amenazaban. Yo me fui amenazado también.

 

En esa época estábamos aun en la abundancia marimbera y Manaure era puerto de salida. Había un toque de queda no oficial para las noches de embarque: pasaban de noche unas camionetas Toyota, daban vueltas toda la noche y sus ocupantes disparaban ráfagas de ametralladora al aire. La gente del pueblo ya sabía:

 

— Ajá, hay embarque, nos tenemos que acostar temprano.

 

Embarque significaba que a las ocho de la noche cada uno se iba para su casa. Mi cuarto en la casa de huéspedes daba contra el muelle, y desde ahí, con la luz apagada, veía pasar las volquetas cargadas de marihuana durante toda la noche. Un barco estaba allá atracado en el muelle hasta las seis de la mañana.

 

Yo era el único medico en el hospital. En frente, en el centro de salud de la Guajira había otro medico, que se hizo amigo mío. Terminé dandole anestesia para que él operara porque a mí el tema de la cirugía me daba cierta angustia El tema de la anestesia lo dominaba, o por lo menos eso pensaba en ese momento. Entonces yo le dormía a los pacientes y él hacía el resto.

 

Paréntesis: ¿Sabe cuál es la definición de un anestesiólogo?

 

— Es un tipo medio dormido cuidando a otro medio despierto.

 

Comencé a tener roces con algunos personajes. Una noche casi me tumban la puerta a golpes. En la casa de huéspedes dormía yo con otros seis empleados de la concesión, todos éramos gente del interior, el jefe de la ingeniería mecánica, el de contabilidad, etc, y cada uno tenía su cuarto. Debían ser las tres de la mañana cuando cogieron la puerta de entrada a la casa a patadas. Yo estaba profundo. De repente:

 

— Médico, hay un señor que dice que la señora está en trabajo de parto. Dice que salga.

 

Salí medio dormido y me encuentro en la puerta a un tipo mestizo como de dos metros, con una ametralladora colgada; estaba bravísimo y me dice:

 

— ¡Es el colmo! ¿Usted porqué no está en el hospital?

 

El hospital quedaba a veinte pasos de distancia. El hecho es que el tipo levantó a gritos esa vaina… y yo le dije:

 

— ¿Cuántos años tiene su señora?

 

— Veinte

 

— ¿Cuántos hijos ha tenido?

 

— Este es el primero.

 

— ¿Cuándo le empezaron las contracciones?

 

— Ahora.

 

— ¡No sea idiota! Su hijo va a nacer dentro de doce horas. ¡¿Quiere calmarse por favor?! Se calma o no lo atiendo maestro, deje de gritar, ya le expliqué lo que va a pasar. Ya voy para allá a examinar a su señora, pero cálmese.

 

Murmuraban los de la casa de huéspedes a mi espalda:

 

— A este médico le van a pegar un tiro por arrecho.

 

Fui al hospital, miré la señora y les dije:

 

— Vean, váyanse para la casa y nos vemos a las ocho de la mañana.

 

El tipo se ofreció a llevarme en la camioneta. Bajó el tono y dijo:

 

— ¡Qué pena médico!

 

Como a la semana de llegar a la Guajira me regalan un revolver. Me dijeron:

 

— Aquí el que no anda armado, sobre todo si es el médico del hospital, sale porque sale.

 

Como le pasó a la doctora de antes que estaba amenazada porque tuvo un problema con un paciente y como allá hay clanes guajiros, entonces le dijeron que estaba amenazada y que si no se iba, la mataban.

 

Una vez que empiezan a decir en el pueblo que a fulanito lo van a quebrar es porque lo van a quebrar. Primero riegan el cuento como para darle chance al personaje de irse, no es que vayan y le digan, “te voy a matar mañana”. No. Cuando comienza el murmullo, ya uno sabe que tiene una semana o dos para largarse. Así funciona allá.

 

La primera noche que llegué los que estaban en la casa de huéspedes me dijeron:

 

— ¿A Usted le gusta la rumba?

 

— ¡Me fascina!

 

— No puede salir

 

— ¿Porqué no?

 

— En las rumbas matan a los cachacos como matar perros. Usted esta ahí sentado y pasa el clan enemigo en una camioneta y se los rocea a todos.

 

— Wow… Es un pueblo de cuatro calles y cuatro carreras…

 

Y efectivamente, al día siguiente me invitaron a una fiesta y yo dije:

 

—Yo voy.

 

— Oiga, ¡que no salga médico!

 

Pensaba: yo soy el médico del pueblo, todo el mundo sabe quien soy; si me van a asustar pues se fregaron porque yo no me voy a dejar.

 

Me fui para la rumba y todos los asistentes estaban sentados en unas sillas de plastico delante de la casa. Las casa no tenía baño, solo un hueco en el piso en el patio de atrás tapado por una lata, pero sí tenían unos bafles inmensamente grandes; equipo de sonido como de discoteca y camionetas 4×4, pero baño no había.

 

Entonces todo el mundo estaba sentado ahí en frente; se tomaba mucho whisky traído de Venezuela porque valía dos centavos la botella, y yo, esperando el momento en que pasara la camioneta con los sicarios de ametralladora y nos fumigaran a todos, pero no pasó nada.

 

Como a las cinco de la mañana empezó a clarear, cuando veo que el del lado, que estaba sentado conmigo conversando, saca un revolver:

 

— Ayyy ensé yo¡ Me dijeron, me lo advirtieron! Y ¿porqué yo si no les he hecho nada?

 

Comenzó a disparar al aire y todos los que estaban ahí sacaron sus revólveres e hicieron lo mismo, así que al amanecer, con esa luz medio azul y con los fogonazos de los tiros se veía espectacular. Esa es la celebración del fin de la parranda. Ese cuento del que se duerma lo motilamos es cierto, o le cortan el pelo o le echan alguna vaina, o le untan cosas. Uno no se puede quedar dormido en una fiesta de esas.

 

Entonces yo dije: ¡Ah, aquí la vaina es andando armado!

 

La primera arma que me regalaron era de señora. Yo no sabía nada de armas. Había disparado un par de veces en Bogotá en polígono, pero esta pistolita era una calibre 22; era una cosita tan pequeñita que cuando uno disparaba se le quemaba el dedo gordo de la mano. Entonces claro, yo salía de las fiestas y la gracia era tratar de bajarse la luces del alumbrado público; todos salíamos a lo mismo pero yo nunca le di a nada. Después, como al mes de esa fiesta, me regalaron un revolver calibre 36.

 

Me habían dicho que los pacientes eran muy bravos, que eran muy violentos entonces cuando me llamaban de noche, salía en pantaloneta, camiseta vieja, chanclas, y el revolver al frente metido entre la pantaloneta, pero que solo se viera la cacha para que no se alebrestaran mucho.

No salía de pantalón largo ni camisa de mangas, estábamos en un pueblo olvidado, entonces yo salía como estaba. Me adapté rápido,

Una vez me llegó un tipo con una herida de bala en el hombro y en la sala de urgencias había como cincuenta personas. Fueron a llamarme de afán y yo llegué corriendo, casi no puedo pasar por la muchedumbre presente.

 

— ¿Qué pasó? ¿Dónde le pegaron el tiro?

 

Y contestó un idiota:

 

— ¿Es que usted no ve medico? ¿No ve que se lo pegaron en el hombro?

 

— ¿Usted quién es?

 

— Soy el primo.

 

— ¡Se me sale, y el que no sea hermano o el padre, se va de aquí o no atiendo al herido!

 

Y fueron saliendo.

 

Ese día cogí fama de bravo, los saqué a todos. Entonces me dijeron:

 

— Si va a ser así es mejor que ande armado.

 

Imagínese que cuando me ofrecieron ese rural yo pensé que me iba para algo como Miami y terminé en semejante pueblo polvoriento, las calles de arena, desolado… No había agua dulce corriente, todo era agua de tanque; la única comida eran sardinas enlatadas y  arroz blanco; hacía un calor infernal y no había aire condicionado en la casa de huéspedes, entonces yo dormía con un ventilador en la cara y otro en los pies, a full. La noche que se iba la luz me despertaba el calor, entonces salía a la sala y me encontraba a los otros diez idiotas, todos ahí abanicándose con periódicos.

 

Técnicamente yo debía atender solo a los empleados de la Concesión Salinas pero claramente también atendí a la gente del pueblo, así la noche que estaba de fiesta el otro médico me reemplazaba. Era una cosa tácita no un contrato, nos ayudábamos entre ambos.

 

¿Va un niño a la Guajira y quien regresa?

 

Un tipo muchos años más viejo. Eso decía mi papá que para esa época trabajaba en Uribía con la Morrison en la mina de carbón, como a una hora de camino. Lo vi una sola vez en esos seis meses cuando fui a visitarme.

 

Me cambiaron. Viajó un niño Javeriano altruista y romántico y volvió un tipo muy diferente; llegué muy bravo porque me hicieron muchas marranadas; también un poco desilusionado con la realidad del país, sobre todo con lo del área rural. Eso es otro país, eso es otra época en la que prima la ley del más fuerte, con el tráfico de marihuana rampante, todo el mundo armado, la policía inexistente, sin autoridad judicial porque los jueces era monigotes de las mafias. La gente aguantando mucho, y muy poco para comer. Eso que se está viendo ahora de los niños Wayuu muriendo de hambre, es así desde hace tiempo. Yo iba, hacía rondas en las rancherías, veia mucha tuberculosis y desnutrición en los adultos. Era una cosa impensable.

 

Ya en el hospital, tenía problemas con la gente que se hacía la enferma y me pedía una incapacidad que yo no les daba. Se ponían furiosos.

 

Otro problema que me aburrió mucho fue cuando se fue el agua en el hospital.

 

Yo tenía unos tanques enormes que habia que llenar con carro tanque porque el agua de la llave no salía. Mandaban ese carro tanque con el agua desde las oficinas de la Concesión Salinas donde estaba el superintendente. Un día llamé a la superintendencia y le dije:

 

— Mándeme un carro tanque con agua

 

— Médico lo que pasa es que está arriba en no sé dónde y se dañó la bomba de sí sé cuántas…

 

— Bueno, pues espero hasta mañana maestro, porque sin agua un hospital no puede funcionar.

 

Pasó una semana. Yo tenia acumulado en una esquina las sábanas llenas de sangre de los partos que había atendido. Todo estaba lleno de moscas. No había con qué lavarse las manos. Llegué un día, estaba mi única enfermera, la leal, y le pregunté:

 

— ¿Pusieron el agua?

 

— No doctor.

 

Me fui caminando hasta la superintendencia, le dije a la secretaria del señor superintendente que necesitaba hablar con él urgente. Me recibió:

 

— ¿Qué le pasa médico?

 

— A mí no me pasa nada, le pasa a su hospital, ese que está bajo su jurisdicción, para el que yo le pedí agua hace una semana y no me la ha mandado. Hay un foco de posibles infecciones allá, un poco de sábanas sucias, las enfermeras no se pueden lavar las manos, los pacientes tampoco, no puedo operar a nadie, no puedo hacer nada. De manera que, vengo a decirle que yo voy a devolverme caminando (era medio día y cuatro cuadras mas o menos representaban media hora de caminata porque el sol lo hacía buscar techo a uno y tomarse una botella de agua, era puro desierto). Voy a caminar otra vez hasta el hospital, si cuando llegue hay agua, seguimos funcionando, si no, voy a cerrarlo y voy a llamar a la Concesión Salinas en Bogotá para que usted responda. ¡Con permiso!

 

Me fui caminando y cuando llegué ya estaba el carro tanque alimentando el hospital con agua.

 

Todo era así, todo era a las malas y además ellos no entendían, no sé si por hacerle la marranada a uno o por simple negligencia, que las cosas había que hacerlas bien. ¡¿Cómo dejan un hospital sin agua?! Ese día yo decidí que me iba.

 

Al día siguiente fui y le dejé las llaves:

 

— Le estoy entregando su hospital. Estoy renunciando.

 

— ¡Usted no puede renunciar!

 

— ¿No? ¿Porqué no?

 

— Porque usted necesita permiso de Bogotá

 

— ¡Yo no necesito permiso de nadie! ¡Me voy! Y le estoy entregando las llaves, adiós.

 

Era el rural, por eso me tocó venir a Bogotá y hacer el año entero en el Hospital de Meissen porque no lo completé allá. Es que cuando llegué a la Guajira me tocó ir al departamento de salud a entrevistarme con el médico en jefe:

 

— Mire, ese puesto era para un recomendado mio y no sé porqué lo nombraron a usted. Ese puesto era para un protegido mío, de manera que le advierto que yo no le voy a avalar su rural acá. Usted necesita papeles oficiales de la Guajira y yo no se los voy a dar.

 

Salí de ahí a trabajar. A mí no me importaba mucho eso, pero a los seis meses cuando empezaron los problemas fuertes yo pensé: fuera de que me agarro con la gente yo no voy a tener ni un solo papel para poder seguir mi carrera.

 

Las cosas se juntaron, y sinembargo aguanté mucho porque a mí me gustaba lo que hacía. Uno en esa época de la vida se le mide a muchas cosas que ahora no haría por nada. A esa edad, lleno de energía, cree que todo lo puede y los retos le parecen chéveres. De pronto hay un poco de irresponsabilidad porque no se sabe, por la inexperiencia, qué puede pasar o en qué se puede uno meter.

 

Llegue entonces a la Javeriana donde el decano y le dije:

 

— Padre me van a matar en la Guajira.

 

— ¿De verdad? ¿Qué pasó?

 

— Me agarré con un poco de gente y estoy amenazado.

 

— ¡Usted no puede volver allá!

 

Cogió el teléfono y llamó al secretario de salud de Bogotá que era el doctor Barriga, y le dijo:

 

— Tengo un estudiante brillante de nuestra facultad que está en dificultades por amenazas de muerte en la Guajira. Está haciendo el rural y necesito que lo haga acá.

 

— Tapando el auricular con la mano …¿Qué si quiere en el barrio Meissen o en Suba.

 

Me fui para Meissen. Era bravo también, pero uevamente estaba en Bogotá, tenía vida de ciudad, mas recursos para atender a la gente, hospitales grandes, otro cuento. Ya no era esa aventura rural.

 

El año rural es tan terrible como el internado porque a uno en la facultad le meten toda la medicina en 5 años, y uno sale a ver pacientes siendo un niño, con una gran cantidad de información pero muy poca experiencia. Cuando uno es estudiante lo dejan examinar a los pacientes, pero la responsabilidad es de los profesores y de la institución, no de uno. Después es un choque porque la responsabilidad de todo lo que pase ya recae en uno.

 

Cuando entré a medicina interna me volví medio nerd porque me fascinó la especialidad, me atrapó, así pues que comía libro como loco y era súper exigente con los internos y los estudiantes. No era malo con ellos, pero sí muy estricto.

 

A medida que uno avanza en su campo la cosa va cambiando de cierta manera porque uno se concentra en su especialidad. Sinembargo, por otro lado se va complicando porque se espera que uno sea experto en la rama.

 

Me di cuenta cuando entré a medicina interna que era detallista, como mi papá, que si bien era rumbero, le gustaban las cosas bien hechas, era estricto en el cumplimiento de sus cosas sobre todo del trabajo, entonces yo me volví así. Me volví perfeccionista sin perder el norte.

 

Creo que eso depende de la personalidad de cada cual, pero como decía al principio también depende de otros personajes que terminan siendo como papás. En esa juventud y lo marcan a uno de por vida. Mi gran profesor, Sidney Fassler, cirujano de la Universidad Nacional que estudió gastroenterología y los rudimentos de la endoscopia en Francia, me metió bajo su ala. Pasados los años decía que yo era su alter ego. Era como un padre de verdad. A veces me pegaba cocotazos, me empujaba, o me decía unos nombres que no puedo repetir acá. Por ejemplo si yo estaba haciendo una endoscopia difícil y prolongada se me acercaba y me decía:

 

— ¿Qué está haciendo chino pendejo?

 

— No profe, es que aquí hay una estrechez, yo quiero dilatarla pero no he podido…

 

— ¿Cuánto lleva ahí?

 

— Cinco minutos.

 

— Tiene dos minutos mientras me voy a tomar un café y vuelvo. Si no ha podido saca el endoscopio.

 

El viejo se tomaba su café y de pronto pun, el golpe.

 

— ¡Suelte el equipo!

 

Me pellizcaba pero por la noche me invitaba a comer a la casa.

 

Hablando de los cargas que he ejercido, recuerdo que mi papá tenía una frase – yo no soy de frases pero las de mi papá me impactaban a veces -. El siempre me decía que aceptara los cargos importantes u honoríficos, que trabajara en ellos unos dos años, y después que renunciara .

— Usted tiene que aceptar ser gerente, jefe, director, coordinador, editor… pero no se esté más de dos años en un cargo.

 

— Y eso ¿para qué sirve?

 

— Usted puede cambiar la mentalidad de la gente, poner a funcionar un departamento, un servicio en un año, o en dos y cuando usted vea las cosas andando, ahí se retira.

 

— ¿Pero eso qué utilidad tiene?

 

— Pues que puede llenar su hoja de vida con ¨exes: exjefe de tal cosa, ex director de tal otra, ex gerente de mas allá, expresidente de no se qué, etc.!!!

 

Así lo hice.

 

Todos los cargos administrativos que he tenido están relacionados directamente con la carrera.

 

Un día estábamos en el hospital, yo ya me había graduado, llevaba dos años o tres trabajando en el hospital como gastroenterólogo y siempre teníamos reunión a las siete de la mañana en punto. Eramos como ocho médicos, estudiantes e internos. Revisábamos los casos del día anterior, las endoscopias difíciles, pacientes hospitalizados, etc. Era la puesta al día, mas o menos como hacen los policías por la mañana en las series gringas. Esa reunión la dirigía el doctor Fassler. Un buen día le dió por decir:

 

— Señores tengo que decirles que ya no soy el jefe de gastroenterología.

 

— Profe ¿cómo así?

 

El tipo era adorado, muy buen médico y profesor, era el papá de todos, en su casa, en el trabajo, en el hospital. Todos los respetábamos y algunos lo queríamos como profesor, mentor y amigo. Era una figura excepcional. Ese dia dijo entonces:

 

— Sí, ya no más, creo que tiene que haber un cambio generacional. Les comunico que a partir de ahora el nuevo jefe es el doctor Marcelo Hurtado.

 

— ¡¿Yo?! ¿Sin decirme nada antes?

 

— Usted es el jefe a partir de ahora.

 

Y se me hizo un nudo en el estómago.

 

Se quedo callado, me miró y me dijo:

 

— ¡Arranque la reunión gran pendejo!

 

— Bueno señores…

 

Ese fue mi primer cargo administrativo, jefe del servicio de gastroenterología en la Samaritana. Debía tener unos treinta años. Fassler se aburrió del cargo y me encartó a mí.

 

Me quedé como tres años, modifiqué el sistema de funcionamiento de turnos, cambie la contratación que teníamos con el hospital, creamos lo que ahora llamarían un outsourcing. Nos pagaban bien por productividad.

 

Ahí nace mi hijo Felipe.

 

Antes tengo que aclarar que yo me casé dos veces. Primero con una oftalmóloga por siete años y después con la mamá de este muchacho, una nefróloga pediatra muy brillante, especializada en París.

 

— ¡Yo no me caso sino con médicas! (risas)

 

Después del Hospital de la Samaritana me fui para la Clínica del Country. En esa época se decidió hacer una sede nueva. Cuando la estaban terminando el dueño me llamó:

 

— Venga le muestro la clínica que estamos haciendo.

 

Me dio un tour y me dijo:

 

— Mire, en esta puerta va a quedar gastroenterología y endoscopia

 

— Chévere

 

— En el letrero va a decir: Marcelo Hurtado, jefe.

 

— ¡¿Qué?!

 

— Sí, usted tiene que ser el jefe de este servicio nuevo.

 

— Noooo, yo no puedo, tengo muchos pacientes, diez horas de consultas y endoscopia todos los dias, clases en la universidad, actividades gremiales, etc. No puedo encargarme de esto.

 

— Le toca porque nos conviene a todos.

 

Los gastroenterólogos que estaban en la antigua clínica se peleaban mucho, a veces de manera penosa. El jefe médico me dijo:

 

— Usted tiene que ponerle orden a eso. Eso un circo.

 

Entonces acepté, los convoqué y les dije:

 

— Miren, a partir de mañana yo soy el nuevo jefe y las cosas van a funcionar así, las relaciones con las clínica son así, su porcentaje es de tanto, la responsabilidad es esta, etc…

 

Y uno de ellos, que por lo visto no estaba bien informado, me dijo:

 

— ¿Con autoridad de quién usted está haciendo esto?

 

— Con la autoridad del dueño de la clínica. ¿Quiere que se lo llame para que le confirme?

 

Cambié algunas cosas, el servicio fue creciendo y se fue haciendo cada vez mas importante para la Clínica. A los dos años me fui. Y ahora, después de muchos años, volví otra vez a la clínica porque al fin y al cabo es mi casa, ahí me siento apreciado y querido, y además hay proyectos para crecer.

 

 

El cargo administrativo gremial mas importante quizás haya sido el de presidente de la Asociación Colombiana de Gastroenterología y de un conglomerado de asociaciones del tubo digestivo. En el 2007, el presidente de la Sociedad Colombiana de Gastroenterología, estando en Boston, me dice:

 

— Marcelo, yo decidí que tú eres el próximo presidente de la Asociación.

 

— ¡¿Qué?! Está loco maestro.

 

— Es que yo no te estoy preguntando, te estoy diciendo.

 

— ¡No joda Fernando!

 

El tipo, Fernando Sierra, brillantísimo, inteligentísimo y con mucha visión de futuro, muy sagaz, va años antes que todo el mundo. En ese entonces jugaba tenis en el mismo club donde yo juego y un día va, se le sienta a mi señora y le dice:

 

— Tu marido no le quiere devolver a la sociedad de gastroenterología lo que la sociedad le ha dado. Es un egoísta. Él tiene que ser el próximo presidente porque tiene que tomar las riendas de esta cosa y….

 

— Pues, dígale a él

 

— Ya le dije y no quiere.

 

Entonces terminó convenciéndome y ni siquiera hubo votación. ¡Me aclamaron!

 

Era un compromiso ese cargo: manejar presupuesto, eventos científicos, publicaciones, asuntos gremiales para unos trescientos médicos en el país, relaciones con el gobierno, etc. Era un gremio sin ningún poder, tan solo unos pesos ahorrados producto ganancias de congresos médicos y contratos con la industria farmacéutica. Nada, el ministerio nos veía (y nos ve todavía) a nosotros y se muere de la risa. Somos insignificantes. Acepté teniendo en cuenta que las presidencias en la asociación duran dos años, lo recomendado por mi papá.

 

Hice lo que me correspondía, modifiqué el funcionamiento interno. Nosotros somos varias sociedades agrupadas en una. La de gastroenterólogos, que es la más grande, la sociedad de colon y recto que son cirujanos, la sociedad de hígado que son los hepatólogos y la de endoscopia digestiva. Nosotros éramos la sociedad madre y subsidiábamos de alguna manera a las chiquitas, pero las relaciones económicas entre el uno y el otro no estaban claras, y pero ese entonces había una cantidad de peleas. Les dije a las diferentes juntas directivas:

 

— Se acabó este problema, vamos a modificar esto porque es un absurdo. Entonces puse a funcionar a las cuatro sociedades por compartimentos, esquema que actualmente mantienen. Incluso uno de los miembros de mi junta me dijo:

 

— ¡Usted está actuando en detrimento de las finanzas de la Sociedad Colombiana de gastroenterología!

 

— ¿Porqué?

 

— Porque usted va a perdonar el arriendo de cuatro años que nos debe la Asociación de Endoscopia…

 

— Y usted, que fue presidente de esta asociación ¿porqué no lo cobró cuando le tocó ? Se trata de arreglar esto. Somos los mismos. La plata que ellos nos deben es como si nosotros nos la debiéramos..

 

Pasaron los dos años y chao a todos.

 

Puedo decir que modernicé la revista al cambiarle el formato horrible que tenía. Fusilé el modelo de una revista norteamericana muy conocida, así pues que nuestra revista empezó a subir en la clasificación nacional. No es que se escriban cosas terriblemente brillantes pero estamos catalogados internacionalmente. La revista sale en Internet en varias bases de datos científicas. El otro aporte fue dejar un poco la pelea entre nosotros que era una cosa espantosa.

 

 

Después me dediqué a las relaciones internacionales de la Asociación. Cuando uno está en la presidencia tiene que organizar congresos y para eso invita conferencistas gringos, europeos, suramericanos y asiáticos que se vuelven amigos, entonces esa es una oportunidad muy valiosa de conocer gente de afuera. Una de las pocas cosas que la sociedad tiene para mostrar, incluso desde antes de ser presidente yo, es la parte académica, porque hacemos cursos de extraordinario nivel, entrenamos especialistas jóvenes, mandamos gente al exterior a que se capacite, etc. Esa parte es muy sólida.

 

Genios de la gastroenterología mundial están enamorados de Colombia, siempre quieren volver, traer a sus familias a pasear, ir a la Catedral de sal en Zipaquirá, a la Costa, la Guajira, conocer el Museo del Oro, en fin..

 

Cambiando de tema, siento que en el país ha cambiado, somos muchos y todo el mundo vive furioso. En Bogotá por ejemplo, la única salida que hay, es manejar como viejitas. Yo llevo a mi hijo Felipe a la Universidad Javeriana casi todos los días y me tengo que devolver a mi consultorio que es en la calle 85. Me voy tranquilito por el carril de la izquierda, y no cruzo porque de pronto me llevo un motociclista. Ya me ha pasado 2 veces!

 

— ¡Semáforo en rojo!

 

No me importa manejar asi. No obstruyo el tráfico ni zigzagueo como loco porque en esta ciudad eso es una invitación a los problemas.

 

Yo soy un enamorado y un defensor de la vida, de verdad. Todas estas cosas que pasan en este país me provocan una impotencia terrible. Pero en medio de todo lo malo que nos corresponde ver alrededor nuestro, hay cosas que reconfortan y nos dan sentido de pertenencia.

 

Pertenezco a un grupo de cocina, el mismo de Guillermo Llinás a quien tu ya entrevistaste. Este grupo ha sido uno de los hallazgos más importantes de mi vida. Llevamos veinticinco años cocinando todos los jueves. Es una dedicación impresionante, yo a mis amigos de cocina los veo más que a mi propia familia. Es una camaradería, un grupo de amigotes y hermanos. Ahí todos son unos personajes, no hay ninguno de bajo perfil, todos son importantes en lo que hacen, algunos muy conocidos nacionalmente. Hay varios emperadores, o que se sienten emperadores. (risas)

 

Ha ido mucha gente allá a acompañarnos, desde políticos importantes hasta periodistas. Alguna vez sacaron una nota en El Espectador, otra en Semana. Hasta hemos salido en programas de televisión. Tenemos desde hace rato la idea de publicar un libro en el que cada capítulo sea un cuento corto de la vida de cada unos de nosotros, con dos o tres recetas favoritas.

 

Yesid Castaño, quien fue gobernador del Tolima y director de la Aerocivil, un personaje interesantísimo, erudito de la cocina colombiana, convocó a par de amigos hace mas de 20 años y con ellos se cráneo esto, pues siempre fue aficionado a la cocina. Un médico amigo de mi esposa que hacía parte del grupo original le comentó lo que estaban haciendo y ella le sugirió que me invitara. Un día fue a mi casa, le hice unos huevos pericos o algo así, y me dice:

 

— Oiga, ¡Usted cocina bien! Métase a mi grupo de cocina.

 

— No tengo idea de cocinar pero me encantaría.

 

— Listo, lo voy a presentar.

 

Ahí se opta por la membrecía como en un club. Hay que asistir tres veces a que lo conozca la gente. Si cae mal el individuo, pues no lo recibimos. La cuarta vez tiene que cocinarle al grupo. Algunos han sentido un sustico comprensible cuando les ha tocado. Hay uno que funge de enólogo y siempre lo molestamos porque el vino no era el apropiado, o porque era muy barato o muy caro. Hay expertos en todo, imagínate, está Mario Hernández que nos da clases de economía, otros nos aleccionan en política, negocios, en fin. Los chismes también hace parte del pensum ni mas faltaba.

 

En cuanto a la vida profesional, creo que me calificaría como un consentidor de pacientes. A mí me echan carreta y me hablan de todo, y yo a todo el mundo le paro bolas, le dedico tiempo porque me parece que es básico en mi especialidad. Soy internista. Los internistas tenemos esa paciencia:

 

— Cuando el viejito no se acuerda cómo se llaman las pastas para la diarrea. Mija, busque ahí…

 

La medicina interna le enseña a uno mucha paciencia con el ser humano. Yo soy un crítico de las personas pero la vida me ha enseñado que a los pacientes no los puedo juzgar. Al principio uno es un chino fogoso, impaciente y le desespera por ejemplo que alguien venga con un problema mental, o que no le hagan caso a uno. Pero, a medida que uno va madurando adquiere paciencia y se da cuenta que el loco está loco por algo, que también está enfermo y que necesita la misma atención que otro, por ejemplo, mas exigente, que entra al consultorio y dice en espanglish:

 

— No, pues vengo a hacerme una endoscopia porque estuve en la Mayor Clinic de Rochester, y este año no voy a ir a los EEUU , entonces vengo a que me la haga usted.

 

Me acuerdo que muchas veces al hospital llegaba gente que no tenía ni un centavo para pagar. Sacaban en urgencias un pañuelo percudido lleno de monedas, las vaciaban en la mesa y decían:

 

— Cóbrese de ahí sumercé.

 

Esa es la medicina de hospital que me fascina. Esa gente que lo mira a uno con una necesidad infinita en los ojos, con una angustia terrible, y uno cree que de pronto les puede ayudar en algo..

 

Con el paso de los años no es que uno se vuelva insensible sino que aprende a manejar el trauma emocional. El de los pacientes y familiares por una lado y el de uno por el otro. Recuerda cuando estaba en la Guajira a veces no dormía después de operar un paciente:

 

— ¿Se irá a morir este tipo?

 

Claro que importa la situación del paciente pero uno aprende a poner las emociones en su sitio.

 

– ¿A Usted se le han muerto pacientes?

 

A mí se me han muerto varios pacientes. Pacientes con cáncer, ancianos con enfermedades terminales… Mire, la primera noche que hice turno de medicina interna en el hospital de La Samaritana, quedé a cargo de los pacientes hospitalizados. Resulta que se llevaba un registro de los que se morían durante cada turno, con la fecha, la cama, el nombre, la cédula, la enfermedad que tenían. Cuando se morían uno le ponía una cruz al lado del nombre. Entonces uno llegaba al día  siguiente y abría el libro, y:

 

— Uyy, se murieron cuatro pacientes…

 

Empecé el turno y como a las once de la noche me llamaron porque había un paciente en paro en mi piso. Eran como treinta camas de mujeres y treinta de hombres distribuidas en cubículos de cuatro camas. Era un viejito agonizante y se murió. Entonces tomé el libro de registros para poner la cruz. A la media hora, el paciente de la cama de al lado sufrío un paro y se murió. Despúes el de la cama al otro lado y finalmente el último del cubículo. Como un dominó, uno por uno. En un cubículo de mujeres murieron otras 2 esa noche. Llené el libro de registro con 6 cruces. Al dia siguiente ya me decían

 

— El exterminador.

 

Porque en un sólo cubículo se murieron todos en una noche. Una vaina muy peculiar, fue una reacción en cadena. Fue una noche desastrosa.

 

El profesor de Medicina Interna, muy incrédulo me preguntó:

 

— Hurtado, ¿Qué le hizo a los pobres viejos?

 

— No, pues, se murieron todos. Estaban agonizando todos.

 

Pero me miraron con cierta desconfianza. Inauguré mi especialización con una mortandad salvaje.

 

– ¿Eso emocionalmente lo golpeó?

 

Claro, además uno está joven entonces ver morir una persona significa el fracaso del arte de la medicina.

 

– ¿Ya le había tocado ver morir a alguien? 

 

La primera vez que me impresionó un muerto fue en la autopista norte, yendo en bus para el colegio. Tendría siete años. En esa época, el puente que queda en la 170 se llamaba el tercer puente. Debajo del tercer puente había una persona boca arriba con una sabana blanca y un manchón de sangre.

 

Era el primer muerto que había visto en mi vida. Creo que esa noche no dormí de la impresión. Eso me traumatizó y me acuerdo perfectamente.

 

Las muertes violentas a mí me impactan mucho, todavía, pero ahora las veo diferente. Cuando tenia quince años vivía en un barrio aquí muy cerca que queda al lado de la carrilera. Una noche fueron mis amigos de barrio:

 

— ¡Marcelo, venga que un tipo se le botó al tren!

 

Y yo de pendejo fui.

 

Estaba el tipo en mil pedazos, la cabeza por allá, el brazo acá. Lo peor fue cuando llegaron los de la morgue en una camioneta de esas que llamaban ´panel´. Llegó la panel de la morgue y se bajó un funcionario.

 

— ¡Qué levantamiento ni qué foto!

 

El tipo así de grande, (cms) cogió el sombrero del muerto y se lo puso. Cogió una mano, la echó a una caja de metal como una cubeta. Pun y sonaba la mano, y la cabeza. Y lo peor,

 

— ¿Sabe cómo remató el tipo?

 

Cogiendo a mano limpia, que guantes ni que nada, ¡las tripas!

 

¡Las tripas quedaron esparcidas por toda la carrilera, como veinte metros de tripas y el tipo se las enrollaba en el brazo…

 

Esa noche me tocó dormir en la misma cama con mi papá de la impresión tan verraca.

 

El tipo era de una frialdad…Ya estaba acostumbrado a su trabajo. Guardadas proporciones, en medicina puede suceder algo similar.

 

– ¿Alguna vez ha acompañado a alguien en el momento de su muerte?

 

Claro, empezando desde antes, al dar una mala noticia a mucha gente que llega a mi consultorio sin diagnóstico y está muy enferma. Es un cáncer por ejemplo, y debo salir y decirle a la familia. Eso no lo aprende uno del todo.

 

Es un momento en el que trato de ser objetivo, digamos muy neutral. No soy melodramático ni soy duro. Aprendí, con los casos que me han tocado, a decir:

 

— Mire, esto es un tumor, no se sabe cual es la posibilidad de supervivencia pero yo lo veo bastante grande. Hay que actuar rápidamente, ya llamé a un cirujano para que venga a verlo.

 

Así, en ese tono.

 

La gente se derrumba normalmente. Hay unos que son muy adultos, pasan saliva y después, se meten a un baño y lloran.

 

Me da un dolor terrible, me parece espantoso que se pierda una vida. Cuando hago un diagnostico así, las enfermeras me lo notan en la cara.

 

— Uuy, se nota que no le gusta esa vaina.

 

No me gusta encontrarle cosas fatales a la gente. Pero no me puedo poner a llorar. Trato de optimizar lo que va a seguir de ahí para adelante.

 

Tampoco soy hipocondríaco, pues obvio, sufro de cosas como todo el mundo pero no me sugestiono con lo que veo.

 

– ¿Cómo desbloquearse ante un día difícil y seguir con su vida?

 

Siempre hay un grado de afectación con los diagnósticos malos. Da duro.

 

Ahora, cuando el paciente es un amigo o alguien cercano, es posible que uno lo lleve en la cabeza todo el día.

 

Hay una cosa muy interesante y es que la mayoría de los médicos no le tememos a la muerte. Yo personalmente le tengo mucho miedo a hacerle daño a un paciente, sin querer. A eso sí. Se llama iatrogenia. Eso claro que ahora lo manejo mejor pero dan ganas de morirse con una complicación. Sabemos que el que opera se complica, eso es parte de la vida de un médico.

 

– ¿Se encomienda a alguien, a algo?

 

No

 

– ¿Qué cree que hay después de la muerte?

 

Algo tiene que haber, no se qué nombre ponerle. Yo tengo una sensación muy rudimentaria, tengo la percepción de que hay algo supra natural, no puedo precisarlo. A veces se siente uno observado, o protegido y dan ganas de decir:

 

— Ah, claro, es que mi mamá me esta mirando.

 

No. Nosotros los médicos somos muy escépticos. Yo creo en la ciencia, en los números de la ciencia. Si los datos disponibles me dicen que la probabilidad de que esta droga sirva es del 90%, le explico al paciente. El paciente entiende cuando le digo que la posibilidad de que se cure es de tanto, la posibilidad de que este examen que me trajo esté equivocado es de tanto. Eso son números que manejamos los médicos y aunque no son todo en la medicina, hacen parte de las herramientas que usamos para ayudarle a la gente.

 

Un examen no es absoluto, y puede que diagnostique una cosa y puede que no. Eso lo tiene que saber el paciente, tiene que estar bien informado. Creo en cambio, muy poco en las anécdotas:

 

— No doctor, es que mi tía tenia un cáncer de seno y le dieron un preparado de hierbas y se curó.

 

— Ah, la felicito.

 

Yo no le puedo recomendar una yerba rara, eso no tiene estudios. Que tal que usted se muera con la yerba. La gente se muere a veces por yerbas que formulan los naturistas. Yo a eso no le jalo.

 

Ahora, también es cierto que el 80% de la medicina no tiene ninguna comprobación. Muchas de las cosas que hacemos las hacemos porque es lo que está escrito, pero no hay comprobación de eficacia o seguridad con estudios serios en la gran mayoría de las cosas.

 

Hay dos cosas que uno aprende después de muchos años en la medicina. Primero, que muchas cosas no sabemos porqué las hacemos. No sabemos porqué el acetaminofen funciona, cuál es el mecanismo por el cual le quita a uno el dolor de cabeza. No se ha podido descubrir. En algún accidente experimental salió con esa molécula y le quitó el dolor de cabeza a alguien.

 

Segundo, que la gran mayoría de las cosas no se curan. Por lo menos en la Medicina Interna. Una fractura se arregla; una infección se puede curar con un antibiótico, pero la gran mayoría de las condiciones médicas no se curan. Una alergia no se cura, una artritis tampoco… y puedo citar doscientas enfermedades que no se curan. Uno lo que hace es tratar de mejorar la calidad de vida del paciente para que, por ejemplo, a pesar de ser artrítico pueda caminar, o que el que tiene una enfermedad del colon pueda comer. Pero es imposible decir: te voy a curar de un colon irritable. ¡Mentira!

 

Ahora hay una tendencia muy fuerte, por lo menos en mi área, a culpar a las infecciones intestinales de absolutamente todo. Hace como unos veinticinco años se descubrió que los infartos tenían que ver con una bacteria, que se llama clamidia. Ya ahora estamos metidos en un concepto que se llama la microbiota intestinal, que era lo que antes las señoras llamaban flora intestinal, que pinta como el futuro en el tratamiento de muchas enfermedades.

 

– ¿Conserva la capacidad de sorprenderse?

 

Claro. La medicina es tan compleja y cambia tanto y tan rápido, que uno no deja de sorprenderse con decenas de cosas que se descubren todos los años.

 

– ¿Qué avance científico le gustaría que se diera y que Usted pudiera aplicar?

 

Le había mencionado antes el tema de la microbiota intestinal. La posibilidad de explicar y curar distintas enfermedades a partir de la manipulación de los micororganismos que habitan en el intestino humano es fascinante. Ojalá me alcance a tocar.

 

– ¿Qué piensa de la eutanasia?

 

Está justificada en ciertos casos. Es difícil el tema porque tiene connotaciones religiosas, pero bajo el punto de vista médico, no tengo ninguna duda.

 

– Como médico ¿qué no haría por nada del mundo?

 

Muchas cosas. Salirme del camino de la ética y de la verdad son cosas impensables para mi.

 

– Si pudiera editar ¿cuál decisión de vida del pasado tomaría diferente?

 

No me casaría como lo hice la primera vez.

 

– ¿Se arrepiente de algo?

 

No. Ningún error ha sido intencional. Nunca he hecho cosas para hacerle daño a alguien.

 

– ¿Qué poder sobrenatural le gustaría tener?

 

El de leer la mente de las personas.

 

– ¿Qué hace para mantenerse vigente?

 

Además de la lectura como ejercicio diario y permanente, viajo dos o tres veces al año a EEUU y Europa a actualizarme. Este año solo serán dos: Río de Janeiro y a Filadelfia.

 

– ¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a Usted?

 

– La sensación de que son importantes.

 

-¿Qué le gustaría que se dijera de Usted el día de mañana?

 

Que amé lo que hice, que amé a mi familia y a mis amigos. Y que traté de ponerle una buena dosis de humor a todo, hasta a lo peor. No más.

 

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