Oscar Perfer

 

Oscar Pérez Fernández, o Perfer, nació en Chiquinquirá, en el seno de una familia católica y conservadora. Su pueblo es cuna de grandes artistas como el escultor Rómulo Rozo y el poeta Julio Flórez. Tal vez por esta herencia, en 1987 llegó a Bogotá a estudiar Diseño Gráfico en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde adquirió su cultura visual. Esta etapa lo llevó a transitar hacia la Fotografía y convertirse en uno de los grandes talentos de la fotografía colombiana, que ha sido reconocido internacionalmente por manejar un concepto pictórico y clásico en su obra artística.

 

Su padre tuvo una imprenta, en la que se produjo una serie de documentos con información visual de carácter religioso. Este acercamiento con la imagen sacra indudablemente formó su cultura visual y lo animó a formar una carrera artística, cuya primera escala fue el Diseño Gráfico y la segunda la Fotografía. En esta primera etapa hubo un trabajo interesantísimo en diseño, Perfer produjo piezas comunicativas que aún perduran; fundó un periódico en Tunja que después de 18 años sigue en circulación. En su carrera ha obtenido seis premios Andigraf, que son los Premios Nacionales de Impresión y Diseño; uno de ellos fue por una reproducción de una pieza de Salvador Dalí que fue avalada por VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos), la organización que protege los derechos de autor del artista dentro y fuera del territorio español. Si bien esta primera etapa alimentó su formación y le permitió rodearse de personas importantes del gremio, no era lo que Óscar quería para su vida. En sus palabras, afirma que estas actividades no lo estaban alimentando artísticamente, sino comercialmente.

 

En 2007 Perfer viajó por tierra por Sudamérica buscando perfeccionar su carrera de diseño. Vivió un par de años en Argentina y también en Chile, posteriormente visitó Perú, donde descubrió un mundo maravilloso que dejó registrado con su lente. Como parte de un proyecto personal, logró hacer retratos pues quería encontrar algo que lo atrajera, y por azar encontró que serían los rostros a través del retrato. Como resultado produjo un material con una etnia, y durante el proceso de regresar y verificar, intuyó que por ahí se podría abrir una puerta. En sus palabras, afirma que sintió que debía sentar un precedente en su vida, y así se vio obligado a hacer algo que fuera simbólico: cortar con lo que estaba haciendo y arrancar una nueva etapa.

 

Inmediatamente en su página y sus redes sociales publicó que hasta ahí llegó su vida como diseñador gráfico. Esta decisión funcionó para que comenzara su vida como fotógrafo porque en cuanto las expuso, por azar, el embajador de Perú en Colombia se enteró y quiso que en la Feria del Libro de Cali estuviera esa exposición. Su carrera despegó. Lo llamaron de diferentes regiones como Bucaramanga, Tunja y Sogamoso para hacer la misma exposición. No pudo sentirse sino convencido de que había magia en lo que estaba haciendo. Necesariamente había algo interesante y con profundidad en el contenido de sus fotografías. Por lo menos el esmero y la energía que le estaba imprimiendo fue absoluta, como él confiaba.

 

Por ese trabajo tuvo la convicción de que podría lograr una serie propia, suya. Construir su obra artística, algo que pudiera tener su sello, y por extensión, dejar un legado de su imagen visual, de quién es él realmente. Por ese tiempo, conoció a una joven holandesa, quien le dijo que podría lograr adoptar la luz claro-oscura de las pinturas de Rembrandt y las escenas propias de Vermeer. Le recomendó conocer de primera mano las pinturas y el mundo de la cultura flamenca. En 2013 visitó Holanda. Durante una residencia intermitente de cinco años estudió y tuvo la posibilidad de absorber eso de lo que ella hablaba y volcarlo hacia su sintaxis visual y en su obra artística. Fue una fortuna inmedible. Es por esto que su trabajo está inspirado en esos artistas: los exploró, los buscó y, a medida que los descubrió, se descubrió a sí mismo. Ese fue el proceso y la catarsis de lo que iba a ser su obra artística.

 

Llegó a Colombia sin un nombre realmente, pero sabía lo que quería: retratos de personas con características sui generis, con ciertos fenotipos, con rasgos marcados, que fueran ideales para lo que estaba buscando. Inicialmente pensaba hacerlo solo con hombres, porque a la mujer la consideraba muy bella para este tipo de retratos, se saldría un poco de su línea. Perfer descubrió que en el hombre hay más satisfacción artística, detalles que hacen que enriquezcan más su obra.

 

Narra, como experiencia, que alguna vez se encontró con un extraño que le pareció perfecto para sus retratos. Jamás lo hubiera imaginado porque tenía una pinta extravagante, era un dj con un aspecto alternativo. Confesó tener un brazo quemado. Este es un rasgo que para Perfer no es más que una virtud, pues significa poder retratar la simple naturalidad del modelo. De esta experiencia, entendió que verdaderamente había algo, que él veía lo que la imagen corroboraba. Confió en su ojo, en su talento. Ya había hecho alrededor de 50 retratos de gente absolutamente desconocida. La premisa es que es gente normal, gente del común, gente que él rescató para ponerla en otra posición.

 

Un día encontró un like en una de sus fotos de Instagram, que para su sorpresa era de Ruven Afanador, lo que le pareció buenísimo, quien le escribió: “Óscar, estoy impresionado con tus imágenes”. Hubo una explosión de bondad hacia algo que él consideraba que funcionaba y provenía de un personaje que admira. Fue una sorpresa para Perfer y logró que Ruven se convirtiera en un amigo muy crítico de su obra. Simultáneamente a este comentario, una de sus fotos de la serie “Fijamente” figuró en la portada de la revista Enfoque Visual. Perfer estaba recibiendo la atención que merecía.

 

– ¿Qué hay en tu ojo agudo, que hace que veas lo que uno no para tomar una foto única?

 

Yo creo que el proceso creativo nace antes de hacer cualquier foto. Todo el tiempo estoy “disparando” a todo el mundo, en cualquier momento, en el restaurante, en el supermercado, a los amigos, a los compañeros de trabajo… Por lo mismo veo gente muy particular, y los ubico dentro de un espacio y tiempo imaginario.

 

– ¿Podrías narrar la historia sobre la serie fotográfica de los niños en Perú?

Soy un convencido de que hay que ser agradecido con todo el mundo, con la gente que está a tu lado colaborando en tu vida, en tus cosas, hacerles sentir que son importantes. Si quieres llegar a un buen punto, la gente es el camino. Esta serie fotográfica fue el vértice, que me permitió descubrir mi vocación. Encontrarme con esos rostros, fue una especie de epifanía. Me permitió capturar los rostros, los colores, las texturas, los tonos, las historias detrás de cada imagen.

 

– ¿Quién quisieras que te retratara?

 

Ruven Afanador. Y algún día le haré un retrato a él.

 

– ¿Te intimida estar frente a la cámara?

 

No me intimida, pero no es mi posición preferida. Me gusta ser el fotógrafo, quien gobierna la situación. En mis retratos existe tal intimidad que solamente somos el fotografiado y yo. La gente se siente cómoda, es tanta la conexión que no hay temor. Yo muestro el camino para lograr el lado pictórico que después me encargaré de plasmar y se entiende porque no es fácil encontrar una pose tan clásica sin haber visto referentes.

 

– ¿Hay mucha vanidad en el que está frente a un lente retratándose, o es el deseo de perpetuarse?

 

Indiscutiblemente hay un propósito de vanidad en el modelo: un deseo de mostrar la imagen de sí mismo en otra posición. La gente siempre quiere figurar, verse como otra persona y yo lo que busco es que se vean a sí mismos, destacando sus características físicas. Ese es básicamente mi propósito.

 

 

– ¿Cuál sería la foto que te graduaría, la del mayor honor?

 

Mis pretensiones con la fotografía no son retratar gente con mucha exposición pública pero lo que sí tengo claro, lo que pretendo y aspiro, es que al menos una de mis fotografías trascienda en la retina de la gente y en el imaginario colectivo. Puede sonar pretencioso, pero solo esto me daría satisfacción.

 

– ¿Cómo trasciende la fotografía?

 

Yo creo que la fotografía es un documento visual que debe ser atemporal. El propósito es generar un recuerdo importante en el observador. Una pieza trasciende cuando cuenta una historia, así sean pocas fotos pero que la gente se identifique con ellas más adelante, por cualquier propósito, sea educativo o meramente decorativo, pero que tengan un sentido dentro de un contexto.

 

– ¿Qué destacas de la pintura hiper realista en función de la fotografía?

 

Creo que son procesos artísticos absolutamente diferentes. Es impresionante lo que un artista plástico puede hacer con la pintura, con sus pinceles, pero es muy práctico lo que se logra con una cámara. Ambos tienen validez dentro del contexto en el que se quiera ubicar ese resultado.

 

– ¿La evolución que ha tenido la fotografía hace que extrañes el cuarto oscuro, el revelado y el romanticismo de una foto antigua?

 

Por el tiempo en el que nací, soy hijo de la transición entre la cámara analógica y digital. Comencé con la primera, pero los escenarios en los que trabajé me exigieron transitar rápidamente hacia tecnologías digitales. Y la verdad me encanta, los procesos son mucho más prácticos y limpios; sin embargo, no me gusta su rapidez. Valoro la cámara analógica porque le demanda al fotógrafo detenerse en los eslabones del proceso de producción de la fotografía.

 

– ¿Con cuántas cámaras trabajas?

 

Yo trabajo con una realmente, pero conservo varias de recuerdo.

 

– ¿Cuál es tu personaje frente a la cámara?

 

Sin pensarlo dos veces diría que el actor. Cuando era niño dejé a un lado la posibilidad de ser músico, pero nunca he perdido la idea de que siempre llevamos a un actor dentro.

 

– ¿Cómo sería la caracterización de tu retrato?

 

Me gustaría recrear alguna escena de una película de Francis Ford Coppola, como “El Padrino”. Tengo una fijación por las películas de época, por vestir trajes que no son propios de nuestro tiempo e imitar maneras de antaño.

 

– ¿A qué lugar perteneces?

 

Todo el tiempo estoy en la búsqueda del espacio, del lugar. Es una búsqueda permanente. Sin embargo, me atrevo a decir que en este momento podría pertenecer a cualquier pueblo andaluz.

 

– Si no fueras un ser humano, sino alguno de los instrumentos con los que trabajas, ¿cuál serías y por qué?

 

Pienso tu pregunta y yo creo que sería la escenografía, porque siempre está en evolución dependiendo del artista que la manipule. No es fija.

 

– ¿Qué te gusta dejar en las personas que pasan frente a tu lente?

 

Su reflejo: el conjunto entre el retratado y el retratista que soy. El encontrar ese tercer personaje que está escondido en su interior.

 

– ¿Qué consejo darías a partir de tu experiencia?

 

No abandonar, no silenciar los talentos.

 

– ¿Qué debería decirse de ti el día de mañana?

 

Que deje un legado en el retrato colombiano.

 

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2 Comments

  1. Camila García

    Hola Isa, soy muy seguidora de todos tus posts y de tus redes sociales; pero me quede esperando el post sobre Juan David Aristizabal, nunca lo publicaste. Quedo pendiente a tu respuesta 🙂

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