Lucas Peña

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Es sociólogo colombiano preocupado por su país y los temas que lo definen.  Para eso, se mantiene informado de la prensa, así que lee copiosamente los periódicos, revistas y blogs, y comenta los hechos en Twitter y en un programa de entrevistas que tiene por internet.  Piensa que internet es una plataforma que acerca a la gente entre sí, a la información y al poder.

Nací en Manizales por casualidad porque mi mamá trabajaba en el Hospital Universitario de Caldas como profesora de enfermería mientras que mi papá trabajaba en Bogotá.  Ellos decidieron mantener sus trabajos hasta que nací yo, cuando nos reunimos en Bogotá, y por eso yo he vivido la mayor parte de mi vida (aunque he vivido en Medellín, Cali, Bucaramanga, Bradford y pasado temporadas cortas en Italia, Kenia y España).  Tengo dos hermanos menores, 36 años, estudié en la Nacional y en Bradford, Inglaterra, de donde llegué recientemente de hacer una maestría en Conflicto, seguridad y desarrollo. Allí hay una facultad muy importante en el mundo dedicada a los Estudios de Paz.  Éste ha sido mi área de trabajo y en lo que me he especializado.

Llegué a los estudios paz y el conflicto en la Universidad.  En la Nacional existe una conciencia genuina sobre la necesidad de estudiar y entender el país para tratar de aportarle, así que yo siempre estuve muy expuesto a esas ideas de cambio.  Cuando leí sobre historia de Colombia, a la que le he dedicado mucho por mis clases y gusto personal, me encontré con el tema de la violencia.  Teníamos una salida de campo como parte de programa del pregrado en el año 2000 y fue muy frustrante para mí que se cancelara por razones de orden público.  Luego ingresé a un grupo de investigación sobre democracia en el área andina y en Colombia eso debía estudiarse en relación con la violencia y el conflicto armado, así que me involucré y leí los estudios de los llamados ‘violentólogos’ de mi Universidad.  Cuando me gradué, empecé a trabajar con una organización internacional que trabajaba en el país en la verificación y acompañamiento al proceso de desmovilización de los grupos paramilitares del país, otra faceta de la violencia en Colombia, pero quizá más importante, de la largo y sostenido empeño en construir la paz.

Entonces, mi primer trabajo de repente fue como miembro de una misión internacional para ir a terreno y conocer de primera mano qué estaba pasando en el país luego de que los grupos paramilitares entregaran las armas al Estado.  En particular, hice un seguimiento muy detallado al proceso de reintegración de excombatientes, a la puesta en marcha de los mecanismos de atención y reparación de las víctimas, y el cambio de las condiciones de seguridad en zonas de desmovilización (que en términos generales han mejorado desde entonces). Me interesé mucho sobre la operación de los grupos paramilitares, su historia, dado que asistía a las confesiones o versiones libres que rendían los comandantes. Entendía cómo se relacionaron con el Estado y los políticos, lo que se conoció públicamente como la ‘parapolítica’, uno de los episodios más dramáticos de la historia del país. Me preocupé mucho por estos temas, por ser consciente y conocer más.  Durante ese tiempo viví en Medellín, Cali y Bucaramanga, así que anduve mucho por el departamento de Antioquia, el Pacífico vallecaucano y el Magdalena Medio.

Escogí estudiar sociología por una decisión propia, sin una razón muy sopesada detrás, que a la edad de 18 es casi una casualidad como todo lo que pasa a esa edad generalmente.  En 1997 me enfrenté al momento en que debía rendir el examen para entrar a la Universidad Nacional y marqué como primera opción sociología, pero de segunda ¡ingeniería electrónica!, así que no tenía una claridad absoluta sobre lo que quería estudiar.  Sin embargo, apenas entré me metí muy genuinamente con la disciplina, y elaboré mi propio programa de qué debería ser un sociólogo colombiano.  Creo que mi profesión me define de muchas maneras y me siento orgulloso de serlo, así que antes nada me presento como sociólogo.

Me han preguntado varias veces que si estar inmerso en la realidad de conflicto no me genera algún tipo de agotamiento emocional o incluso rechazo.  Y la respuesta es que uno desarrolla un cuero, como un callo, que lo protege a uno emocionalmente. La mente humana permite hacerlo, aunque sé muy bien que no todas las personas lo manejan igual.  Pero cuando iba a las regiones conflictivas había días en que regresaba a mi casa sensiblemente golpeado por tanta realidad, por escuchar a las personas con sus historias de violencia y los mismos excombatientes narrar de qué se trataba la guerra, puede ser doloroso y fuerte, pero me pasaba que cuando acababa de trabajar podía simplemente cambiar de pensamiento y ponerme en otra cosa.   Esa capacidad me ha permitido manejar la exposición a la crudeza de nuestras violencia, pero eso no quiere decir que no me extrañe, que no me sorprenda, que no me indigne, que no me duela una historia de sufrimiento. No obstante, la mente desarrolla mecanismos para eludir lo que te afecta y lo que te duele.  No se trata de indiferencia, porque si uno quiere hacer algo y cambiar las cosas en trabajos como los que he tenido no puede ser indiferente.

He tenido la suerte de tener trabajos que he disfrutado mucho.  Uno que me pareció especialmente bonito fue el que hice en la oficina de Asuntos Étnicos del Instituto Colombiano para el Desarrollo Rural (Incoder), porque se trataba de la creación o ampliación de resguardos indígenas y tierras de comunidades negras, es decir, titular tierra del suelo colombiano a los grupos indígenas y afro colombianos.  Una de las cosas que hice fue adelantar la titulación de 3.500 hectáreas a un grupo Embera en Unguía, Urabá chocoano, de 27 familias que estuvo reclamando esa tierra durante veinticinco años y finalmente lograron la titulación.  También ayudé en el procedimiento de titulación de sus tierras a la comunidad de San Basilio de Palenque en Bolívar, cerca de Cartagena, el único grupo de afro colombianos que conserva su propia lengua (a pesar de más de 80 lenguas indígenas que persisten) gracias al aislamiento que ellos mismos se impusieron luego de declaración de libertad tras de la esclavitud en el siglo XIX.

Mi tercer trabajo consistió en investigar las causas del despojo de tierras que vivieron poblaciones campesinas víctimas de la violencia que se desplazaron de sus fincas, en la Unidad de Restitución de Tierras del gobierno nacional.  Traté de entender las dinámicas regionales de conflicto en zonas muy específicas del país como ciertos municipios el Magdalena Medio o municipios de los departamentos de Cauca y Nariño.  Esto implicaba hablar, por ejemplo, con las personas que se declaraban víctimas del despojo y el abandono de tierras, y otras personas relacionadas con los casos, y los equipos regionales de la Unidad.  Fue un fascinante trabajo de investigador, quizá más de escritorio, pero muy enriquecedor para seguir conociendo el país con detalle.

Mirando hacia el futuro, yo quiero seguir contribuyendo a que Colombia alcance unos niveles aceptables de paz.  Ahora hay un proceso de negociación de las FARC que considero muy importante, porque unas reformas fundamentales para el país van a brotar de esos acuerdos y yo quiero hacer parte del andamiaje institucional del gobierno y las organizaciones para contribuir a que dichos acuerdos se hagan realidad. Me encantaría trabajar en el despacho del Ministro Consejero para el Postconflicto, en la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, o con la cooperación internacional que va a apoyar la puesta en marcha de las reformas postacuerdo.  Soy muy optimista, así que más temprano que tarde voy a llegar a las oficinas donde quiero trabajar.

Por esa razón me fui a Inglaterra a estudiar, porque quería ver las experiencias internacionales de intervención en conflicto donde los recursos naturales hayan sido tan importantes como en Colombia, donde tenemos una situación de violencia que se entiende mejor si se tiene en cuenta que hay recursos que explotan los grupos armados ilegales que los vuelve inmensamente ricos, con una capacidad armada muy importante.  Gracias a la trayectoria narrada arriba gané la prestigiosa beca Rotary World Peace Fellowship que me permitió dedicarme exclusivamente a estudiar durante 18 meses y viajar a Kenia, Noruega, Italia y Hungría a aprender. Así que todo ha estado conectado con el objetivo profesional de contribuir a construir la paz de Colombia.

La beca me posibilitó ir a Kenia durante dos meses el verano pasado a hacer investigación para escribir mi tesis de maestría como investigador de una organización de la sociedad civil de Mombasa, llamada Ujamaa Centre.  Kenia está enfrentando un proceso de reforma agraria e institucional que se aceleró luego de la violencia postelectoral de 2007 y de una nueva constitución promulgada en 2010.  Yo imagino que este proceso de reforma profunda muy similar a lo que vamos a vivir luego de la firma de los acuerdos de La Habana.  En Kenia en 2007, tres mil personas murieron en un mes por el enfrentamiento de las huestes de un candidato presidencial que pierde las elecciones contra las huestes del otro candidato ganador, que desata una crisis sin precedentes en Kenia, a pesar de los esporádicos enfrentamientos interétnicos en época electoral. La alineación política y partidista en ese país pasa por la pertenencia a las tribus (como Kikuyu, Lúo, Kalenyin, Masai, unas mas numerosas y poderosas que otras). Esta crisis desencadena la presencia de una misión de mediación de Naciones Unidas liderada por Kofi Annan, y compuesta por varios mandatarios de la Unión Africana, cuya intervención logró unos acuerdos políticos para conducir varias reformas, incluyendo una nueva constitución, con el fin de modificar las causas han originado esas violencias entre facciones tribales.  Parte de esta reforma fue la reforma al sector agrario y las instituciones que administran la tierra en ese país, debido a que la tierra ha sido fuente de disputa y favorecimiento político muy clave en la sociedad keniana. Esta investigación me permitió acercarme a realidades tan desafiantes como la colombiana con la distancia del observador externo, lo cual fue muy valioso para mí.  Aprendí que implementar reformas de esta dimensión requiere compromiso político para superar los bloqueos de las élites tenedoras de tierra, y una sociedad civil activa que impulse la implementación de la reforma, al tiempo que medidas que paren de inmediato las violencia.

Con respecto a nuestro proceso de paz en curso, lo que tiene trabada la negociación actualmente (mayo de 2016) es relativamente sencillo pero muy dramático para las partes. Las FARC dicen que entregan las armas únicamente cuando los acuerdos de paz hayan sido implementados; el gobierno por su parte dice que eso no puede ser así, que las FARC deben primero entregar las armas y luego viene la implementación de los acuerdos.  No sé cómo se vaya a resolver pero soy optimista, en parte gracias la facilitación de Noruega y Cuba, más la presencia del Secretario de Estado Kerry hace unas semanas, que pueden ayudar a que se desenrede el proceso.  Hay un mecanismo intermedio que se ha planteado y es que en las ocho zonas de concentración los mandos altos de las FARC permanezcan armados hasta que los acuerdos estén avanzados.  La medida implica también con los Estados Unidos ayuden a la protección de los miembros de las FARC.   Es que el temor de las FARC es en parte que luego de dejar las armas ellos se conviertan víctimas a manos de agentes que deseen venganza por ocasión de la guerra que ellos libraron, como ha pasado en la historia reciente.  Así que el tema de seguridad es uno que tiene que trabajarse muy bien para que las FARC accedan en este punto. Con respecto a las armas, estas van a quedar a en manos de la misión de Naciones Unidas que posteriormente las va a destruir, así que las FARC no van a entregar las armas al gobierno ni al Estado. Es un tema crucial para ellas.

A pesar de lo decepcionante que fue que no se firmara el acuerdo en marzo 23, hay que saber que las negociaciones de paz se hacen entre enemigos y tiene altibajos.  Sin embargo, confío plenamente en la capacidad del equipo negociador del gobierno, así que más temprano que tarde vamos a tener el acuerdo listo.

El proceso de paz quedaría muy mal hecho si luego del acuerdo y la dejación de armas empiezan a asesinar a la gente de las FARC, debido a que hay muchas personas que quisieran eliminar todo rastro de las FARC (y la carrera que ha hecho en el país de que la eliminación física de los contradictores es un recurso legítimo).  Lo que debería pasar en un proceso de paz ideal es que las FARC vayan a los tribunales, confiesen sus crímenes, paguen por sus penas, contribuyan a la verdad de manera profunda, y que definitivamente no que los asesinen. Porque la experiencia que tuvimos en el gobierno de Belisario Betancur, cuando muchos de los miembros del partido político que nació del proceso de paz de la época, la Unión Patriótica, fueron asesinados hasta el exterminio, es algo que el país no puede tolerar que se repita.   Y si estamos hablando de proceso de paz la preocupación de la seguridad de los miembros de las FARC debe ser una de las primeras cosas.

No firmar este acuerdo en el que se han invertido tres años, sería un gran fracaso para la paz de Colombia.  Y es que todos los presidentes de este país han intentado dialogar con las FARC e intentado tener un proceso de paz con esa guerrilla.  El actual ha llegado más lejos que todos los anteriores y lo ha hecho con mucha más transparencia, organización y profesionalismo, con una agenda clara y estructurada, así que sería muy lamentable que fracasara en este intento. Hay muchas cosas que a uno le permiten ser optimistas, como la ya mencionada visita del Secretario de Estado John Kerry al equipo negociador de las FARC en La Habana, que fue una de los hechos políticos más importantes que ha podido tener el proceso de paz. Como lo fue también el apretón de manos entre Timoschenko y  Santos.  La misma actitud de los miembros de las FARC ha cambiado, de cuando por ejemplo los colombianos oíamos a Timoschenko arengar y gritar muy hostil contra todo, hoy él habla de justicia y paz.   Sería un fracaso para el país y para la política exterior de los EEUU.   Los Estados Unidos han mostrado el proceso de paz y su participación en la guerra en Colombia como uno de sus éxitos de política exterior. Esta intervención es casi la única que se puede decir que está funcionando en el planeta (en comparación con Irak, Afganistán, Libia y Siria). Sería un fracaso entonces para el multelateralismo de la paz, para el presidente Santos y para los Estados Unidos.

Yo soy un hombre consciente políticamente, y creo que tengo intuición de cómo funciona la política y sin lugar a dudas me encantaría trabajar para un cargo de elección, pero no tengo redes políticas, yo no hago parte de ningún grupo y no milito.  He sido invitado a hacer parte de grupos políticos pero ha sido una decisión personal no militar.  Entonces, puedo decir que me admiro la política y me siento atraído por ella pero por ahora no están dadas las condiciones para participar de manera activa.  No es la fiebre de tener poder, es más tratar de hacer la diferencia, de poder contribuir para que algo cambie.  Y eso, una vez se está en la política, se diluye muy fácilmente porque para estar en ella hay que tener amigos y cumplir favores y me parece que ése es precisamente el desafío:  cómo hacer la diferencia sin tener que hacer favores o pagarlos.

Un partido político que me gusta es el liberal, y yo le he seguido la pista a Rafael Pardo hace varios años así que me gustaría hacer parte del equipo de él. No sé si del partido liberal es el ideal en realidad, porque el Partido ha sido tan nefasto como cualquier otro, pero en él hay más gente capaz, que yo admiro más que en cualquier otro partido en Colombia.

Alguna vez sí estuve muy cercano a Gustavo Petro. Estuve muy activo en su campaña pero rápidamente me di cuenta de que los proyectos unipersonales no son la solución.  Creo en las estructuras, en las colectividades, también en los liderazgos pero con la toma colectiva de decisiones, así que esos proyectos unipersonales que acabo de mencionar me parecen difíciles por eso.

Me creo un gran viajero y me siento muy orgulloso de haber viajado por mi país y por los viajes que hecho por una pequeña parte del mundo.  Yo busco tres cosas al salir: uno, conocer la actualidad política, lo que está pasando en los países donde voy o las regiones donde voy, porque también hay política de nivel micro que es interesante para mí, de cómo funcionan los políticos y los partidos, y esto es un sesgo profesional.  Lo otro es comer, lo que la gente produce y lo que la gente come, en restaurantes locales,  en las calles, así que son enemigos de mi turismo lugares como Starbucks y Mac Donald’s, que no me generan ningún interés, como tampoco los restaurantes de carta internacional.  Prefiero los bares locales, las recomendaciones de la gente, busco en internet lo que la gente recomienda, así que me siento muy afortunado de tener internet.  Y la tercera, la cultura erudita, la pintura y el arte de los museos, así que trato de ir a los museos de arte en general a ver los países desde sus pintores y escultores.  Así que eso es lo que disfruto de una ciudad o un país nuevo.

El planeta es tan gigante que mis lugares o destinos favoritos son a los que no he ido. Obviamente hay cosas de los países a donde he ido que extraño y me gustaría volver a experimentar. No he ido a Suramérica y conocido a la que es realmente mi gente.  Sólo he ido a un país de África y son 53. He ido a 7 países de Europa y son 40, así que todavía hay mucho por conocer.

Me he vuelto muy malo para leer literatura, así que es como sin en la Universidad me hubiera leído todo lo que me iba a leer al respecto.  Ahora leo revistas,  periódicos y blogs de manera asidua, y poca literatura.  Trato de estar enterado.

Soy mal deportista pero me gusta hacer deporte.  Troto y hago barras en el parque, y no me transporto en bicicleta. Al menos no por ahora, pero debería adoptar ese medio de transporte ahora que el tráfico está cada vez  más malo.

Cocino y lo disfruto, y cuando algo me gusta lo preparo y le presto mucha atención y dedicación.  Disfruto la comida que hago, y una de las formas de consentirme es comer la comida que me gusta, así que invierto en esto.  En Bradford, comía bien, tomaba buenas cervezas y vinos ricos.  La comida ha sido una búsqueda mía, de saber qué se come en otros países, de saber qué comen los ricos, de saber qué comen los pobres, acá y allá.  Por qué los restaurantes son famosos y por qué los chefs se vuelven estrellas de la farándula.

Tengo un programa semanal de radio por internet aunque no es exactamente radio, sino de video y transmisión en vivo mediante hangout.  Dos colegas y yo nos conectamos desde Bogotá y Medellín lugares remotos y conversamos sobre cosas de actualidad y hacemos entrevistas a invitados que a veces están en otras ciudades (como Nueva York o San José del Guaviare). Usamos Twitter para hacerle difusión aunque la transmisión sea a través de YouTube en vivo. Internet es fundamental para realizarlo porque allí encontramos a las personas que tienen algo interesante que decir y pueden ser entrevistados. Esto es una cosa que me encanta. Mi afición por el periodismo no es sólo consumirlo sino producirlo.  Hago periodismo ciudadano sin ninguna aspiración más que la de comunicar y la de hablar de los temas que importan: hemos hablado de matrimonio igualitario, reforma al régimen de control de drogas, café y crisis cafetera, el DAS durante el gobierno anterior (así que pueden ver los programas acá: rifirrafe.tumblr.com y seguirnos en Twitter @rifirrafe4).  Porque el periodismo en Colombia está monopolizado y sigue estando normatizado por las emisoras y los periódicos y noticieros de televisión.  Ahora hay muchos medios más para comunicar, e internet es una gran herramienta para eso y para conocer nuevas perspectivas, nuevos temas, y conectar con gente, que es el rasgo más fantástico que tiene internet, así que trato de sacarle provecho a esto.

LUCAS PEÑA L.
MA Conflicto, seguridad y desarrollo
Rotary World Peace Fellow 2014-2015
Universidad de Bradford, Inglaterra

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