Francisco José Ortega

FRANCISCO ORTEGA

Las Memorias conversadas® son historias de vida escritas en primera persona por Isa López Giraldo.

 Por JUAN RICARDO ORTEGA

Un hombre de fe. Su religión y su esposa, Beatriz López de Ortega, eran su vida. Los niños definitivamente otra jerarquía, lo exasperaban un poco particularmente si eran flojos, torpes o llorones. Le parecíamos muy ruidosos, descuidados y desordenados.

La familia era el centro de nuestras vidas, todo lo hacíamos juntos; la comida rara vez se servía sin él a la cabecera, y sin duda se esforzaba en llegar a la hora del noticiero 24 Horas dirigido por Mauricio Gómez.

Un verdadero conservador, de esos que parece se están extinguiendo en el lodazal del clientelismo y contratitis de sus barones. Un absoluto convencido en la defensa del valor de la moneda como pilar para defender el ingreso del pobre. La banca y el crédito la palanca para que la inversión fresca, generara la creación de una curva de rendimientos que, en competencia, debía hacer que las tasas de interés fuesen mucho más bajas para poder lograr los niveles de ahorro e inversión que haría a su adorada Colombia próspera.

Pacho, como le decían sus amigos, era un loco enamorado de su país, de su tierra, sus diferentes verdes, agrestes cordilleras, desiertos, llanos y mesetas. Trató de conocer a toda Colombia y a su gente, palpándola, recorriendo sus caminos vecinales en su moto a crédito subsidiado de la Caja Agraria. Un catador de su polvo, reconocía todos los caminitos, los saboreaba y al final de tragar polvo todo el día, saciaba su sed de patria en las tiendas de pueblo, hablando con la gente, siempre generosa, sincera y sencilla.

El conflicto social lo tenía claro. Fidel Castro fue un faro, un valiente, un ideal; convertido en un cínico, un tirano, un ególatra y una enorme decepción. Fue a asesorarlo a Cuba a inicios de los 90´s y regresó asqueado. Las buenas intenciones sin contrapesos pueden hacer mucho, mucho daño. Que lo digan los venezolanos. El poder corrompe, nubla el alma y nos hace soberbios, arrogantes, ciegos. La soledad de los poderosos los divorcia de la gente y su realidad que es lo único que importa.

Estos fueron mensajes que muchas veces le escuché: Nunca nadie te va a dar nada gratis, ni barato, no importa lo que te digan. Y cuando se habla de plata, todo claro y por escrito, pues la mezquindad alrededor del dinero no tiene límites.

Él tenía clarísimo que los regalos, amagos, invitaciones, todos, terminarían pasando factura. No era desconfiado, era realista y conocedor de la naturaleza humana. Por eso luchaba por un Estado de poderes equilibrados, con fuerzas que neutralizaran los abusos; donde los rentistas de lo que fue el Fondo Ganadero, Proexpo y todos esos fondos de fomento del Banco de la República, dejasen de ser los amigos del gobernante de turno, para volverse parte de políticas públicas debatidas y plasmadas en un presupuesto nacional. Por eso la trascendencia de la independencia del Banco Central. El amor platónico de su vida era plataforma para formar colombianos de bien que enaltecieran el nombre del país. Una entidad erigida bajo los principios de una inquebrantable meritocracia. El rigor y la evidencia por encima del rumor o la intuición.

Él amaba la ciencia, y sus colegas tenían que ser científicos, buscadores de la verdad, rigurosos en el método, imparciales en sus diagnósticos, exquisitos escritores. Todo tenía que quedar por escrito y bien escrito. Mi dislexia y ortografía lo ofendían: que alguien escribiera Himbercion le parecía inconcebible. Rigor que se le extendía a casi todos los aspectos de su vida. Las cosas se tenían que hacer bien, los errores poco se toleraban. El trabajo era y es la dignidad del hombre, su vocación y destino. La holgazanería y el ocio, eran las fuerzas del pecado, la perdición del alma, el camino a la desgracia.

Austero en extremo. Para él lo material no podía ser importante. Los lujos y ostentaciones eran un desafío ante tanta necesidad en el prójimo. Invertir, generar empleo, poner a producir la tierra que tanto amaba, era el destino de cada peso que se podía ahorrar. Y dos 60 arcillosas fanegadas cerca a Zipaquirá, eran su gran activo, aunque de productivo pocón. Era como bucólica la cosa: vacas como una forma de estética.

Franciscano en su visión de lo público, lo obligaba a ser escrupuloso y parco pues tocaba cuidarlo más que lo propio. Lo público es del pueblo, es ajeno, todo esto es prestado, decía.

Tenía un particular sentido del humor cachaco, muy apreciado por quienes lo entendían aunque podía resultar algo ofensivo para el desprevenido, pero nunca mal intencionado.

Admirador del emprendimiento cafetero y la trascendencia del pueblo paisa como motor del desarrollo del país, hacían de Palacios Rudas, don Hernán Jaramillo y el doctor Gómez Otálora, entrañables amigos. Y su amigo de la universidad y compañero de trabajo Rafael Isaza, un tío adoptivo.

El civismo y calidad humana de los vallunos nos llevó a disfrutar los carnavales de Cali y enamorarnos de la salsa. Benjamín Martínez, Rodrigo Escobar Navia, Rodolfo Lizcano y su amigote de juventud Pepe Lombana hacían del Valle mi destino favorito.

Profesionalmente fue Jaime García Parra su consejero y mentor. El patriarca del partido de sus padres. Azul de metileno, godos, orgullosos de sus principios liberales, el respeto de la ley, la propiedad y el individuo. No por azar su cátedra en los Andes era doctrina económica. The Economist, su última lectura de cada día. El boom latinoamericano, Pérez Galdos, Stefan Zwieg sus lecturas favoritas. Su mano derecha, resina de confianza y entrañable amigo era Juan Carlos Jaramillo y Roberto Steiner era su ungido, quien debería liderar el Banco en algún momento. Steiner era el ejemplo del rigor, competencia y seriedad. Maria Mercedes Cuéllar, era su compinche, amiga y compañera de lucha. Nuestro visceral bipartidismo se desaparecía.

Antes de morir tuvo un triste enfrentamiento con Ernesto Samper en la CAF. Colombia presidía la Junta y nuestro ministro de desarrollo, a poco tiempo de pasar a la historia por los elefantes a su espalda, presionó la aprobación de un crédito que, en juicio de mi padre, no era idóneo. Algo dijo mi padre que al salir de la Junta, el inefable lo increpó. Nunca antes había visto a mi padre con susto, cuando relató la historia, su conclusión era que se había ganado un enemigo de esos que cobra con saña.

Un tiempo después ya muy enfermo y agonizando, el personaje se hizo presidente y Colombia perdió con Estados Unidos un trágico partido. Nunca lo había visto tan mal, ese día se deteriora, se aceleró para morir ese primero de diciembre. Por fortuna, no le tocó ver en vida la corrupción y deterioro de la política Colombiana. La narco paramilitarización del poder local, la crisis financiera por el desenfrenado crecimiento del crédito bancario a municipios y gobernaciones entre el 94 y el 97, la indexación del UPAC a la DTF y el fin de la tasa de cambio semi fija con la banda cambiaria, eran profundas transformaciones a lo que fue la Colombia que él conoció.

Su legado, una institución que es más que sus cabezas, son sabios y prudentes gerentes que han logrado sortear complejas crisis con bastante éxito. Él fue parte de esa construcción que ha hecho que el Banco de la República sea el Banco y no su gerente. La Fiscalía para él era el peligroso extremo opuesto. Una institución sin meritocracia, plagada de favores y reciprocidades, donde su cabeza puede con total arbitrariedad imponerse sin contrapeso aparente, sin rendición de cuentas, sin resultados reales, un señor fiscal semi divino sin institución ni norte.

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Francisco Ortega por Roberto Steiner

Con breves interrupciones por motivo de mis estudios, tuve el privilegio de trabajar para Pacho Ortega desde 1981 hasta 1993. Fue mi mentor, mi jefe y, en gran medida gracias a compartir una furibunda pasión por Millonarios, mi amigo.

Miles de anécdotas se me vienen a la cabeza cuando recuerdo al visionario padre del banco central independiente con que cuenta Colombia desde 1991. En 1982 me designa como su asistente en temas de economía cafetera. Además de recomendarme un sinnúmero de lecturas, me envía, junto con Olver Bernal, durante una semana a la zona cafetera, con una clara y precisa instrucción: “vístase de bluyines y tome mucho aguardiente en las plazas de los hermosos pueblos que habrá de visitar”.

Años más tarde Alejandro López presentaría un interesante trabajo en el que sugería que las autoridades colombianas habían manejado de manera destacada la famosa confrontación con el FMI en 1966. La reacción de Ortega no se hizo esperar: “Alejandro, has demostrado de forma contundente que, una vez más, los colombianos fuimos unos genios en resolver los problemas que nosotros mismos nos creamos”.

Cuando regreso de mis estudios en Nueva York en 1986 me recibe con gratas noticias sobre los recientes éxitos de Millonarios. Reacciono diciéndole que, aparentemente, manos oscuras estaban detrás de nuestro amado equipo. Con fino humor cachaco y sin ningún apego a la objetividad, Ortega me replicó así: “¡Pura envidia de los santafereños; los dueños de Millonarios son gente regia de Zipaquirá!”

Muchos colombianos se han ido prematuramente; pocos han dejado un vacío tan grande como el que nos dejó Pacho Ortega.

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Un bosquejo de mis memorias de Pacho Ortega
por Alejandro López Mejía.

A Pacho y a mi papá, Alvaro López Toro, los unía una gran amistad basada en parte en el respeto profesional que sentían entre si desde cuando fueron colegas en la Universidad de los Andes a finales de los años sesenta. Gracias a esa amistad, al morir mi papá tuvo la suerte de ser tratado por el resto de mi vida por Pacho y Beatriz, su esposa, como su cuarto hijo. Y mi mamá la suerte de una gran amistad que duraría el resto de sus días.

Mis primeras memorias de Pacho son sus llamadas telefónicas los domingos temprano cuando aún vivía en su casa de Niza para invitarme a que lo acompañara a montar en bicicleta a su finca de Santa Rosalía. Eran unos paseos cortos, con meta volante en Chía, en donde me adoctrinaba para convertirme en hincha de Millonarios. Fue esa una tarea que rápidamente paso del dicho al hecho pues muy pronto terminé siendo invitado por él y su hermano Fernando a partidos en El Campin, o en televisión en su casa o en Santa Rosalía (donde siempre exigía silencio para concentrase en el juego) y, más tarde en la vida, en el cuartico “secreto” que había en la parte de atrás de la Gerencia del Banco de la República.

La relación de Pacho y mi mamá fue indicativa de la persona que fue Pacho. Mi mamá fue víctima número uno de los innumerables talentos de Pacho: hacerse parecer el serio para esconder su innata habilidad para mamar gallo. Así, aunque en un principio Pacho no bajaba a mi mamá de “Doña Angela”, con el tiempo empezó a quitarle el “Doña” y a no dejar de tomarle el pelo sin que ella supiera si los cuentos que le echaba eran en serio o en chiste. Pero Pacho no era solo mamagallista.

En la segunda mitad de la década del setenta, fue uno de los pocos colombianos invitados a China para conocer de primera mano sus progresos. Y a su regreso, Pacho nos trajo un regalo especial: un uniforme azul del partido comunista del cual se apoderó mi mama para lucirlo con orgullo durante sus clases de historia antigua en la Universidad Nacional. Y fue mi mamá también una de las primeras testigos del amor de Pacho por las motos, pues recuerdo aun esa tarde de domingo en que Pacho paso por ella a mostrarle una de sus primeras motos e invitarla a dar una vuelta en la parte de atrás.

Poco fue lo que me tocó conocer al Pacho banquero central. Tengo recuerdos de algunos miércoles que llegaba temprano y cansado a su casa después de una Junta Monetaria y se tomaba un whisky al lado de Beatriz y sus hijos, quienes eran como mis hermanos. Y recuerdo sus gritos cuando sonaba el teléfono dando nos órdenes para que, fuera quien fuera y con la excepción de su hermano Fernando, dijéramos que no estaba para no interrumpir su rato en familia.

Tampoco olvido cuando renunció a la subgerencia técnica del Banco y, sentado en la cabecera de la mesa a la hora de la comida, nos comentaba sus razones para hacerlo y sobre sus opciones laborales. Y recuerdo también la fiesta que hizo en Santa Rosalía, ya como gerente del Banco, con el equipo económico para celebrar que se había enfrentado con éxito la crisis económica de mediados de los ochenta. En esa fiesta conocí a Juan Carlos Jaramillo, quien era para entonces el subgerente técnico del Banco además de su amigo y colega. A través del tiempo, Juan Carlos se convertiría en parte de mi familia y ha

sido la persona que, además de tener en común el gran cariño por Pacho, me enseñó su importancia como banquero central y en consolidar la relevancia de los tecnócratas en el manejo de la política económica del país.

El Pacho que me tocó a mí no fue el Pacho que conocían en el Banco de la Republica. A mí me tocó el Pacho rezandero y juguetón que corría detrás de sus hijos en guerra de correazos, el que enruanado tiraba de manera irresponsable voladores en diciembre en Santa Rosalía, el que peleaba como niño con sus hermanos en los juegos de croquet, el que me invitaba a su cuarto a escuchar la pasión según San Mateo en su equipo de sonido nuevo, y al que le tocó sufrir mis años difíciles y exceso de tragos cuando fui novio de su hija Ana Maria.

En el Banco, en cambio, le tenían un respeto enorme que en mi juventud nunca logre asimilar. Por eso, cuando entré al Banco en 1986, recién egresado de la facultad de economía, me hice famoso por ser el chino que no bajaba de madrazos al gerente en los corredores del Piso 5. Solo ahora que tengo los años que tenía Pacho cuando murió, es que me doy cuenta de lo temprano que se nos fue, no solo para aquellos que lo tuvimos tan cerca y perdimos su amor y amistad sin límites, sino también para aquellos que nunca lo conocieron y hubieran podido seguir beneficiándose de su trabajo riguroso e incondicional para hacer de Colombia un mejor país.

Imposible dejar de mencionar a Gilberto Arango Londoño, papá de Elsa Lucia Arango. Me cuenta doña Beatriz que cuando a su esposo Francisco le descubrieron el cancer él lo acompañó todo el tiempo y también hicieron un estudio muy importante sobre el café.

También fueron muy cercanos amigos Douglas Botero Roscher, miembro de Junta del Banco de la República antes de su independencia y Benjamin Martínez Moriones.