Carlos Lleras de la Fuente

  • Foto: Isa López Giraldo

Las Memorias conversadas son historias escritas en primera persona por Isa López Giraldo.

“Por sus hechos los conoceréis”.

Dice la Biblia.

Carlos Lleras de la Fuente nació en Bogotá en 1937. Abogado del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, del que fue colegial de número, consiliario y profesor, ejerció la docencia en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde también fue decano de Agrología y de Estudios, y finalmente su presidente. 

Dirigió la Flota Mercante Grancolombiana, fue delegado a la Asamblea Nacional Constituyente, precandidato liberal en 1994 y candidato a la Presidencia de Colombia en 1997. Se desempeñó como embajador ante Estados Unidos y lideró medios como El Espectador y la revista Cromos. Es autor de numerosos libros de economía y política.

Isabel López Giraldo, gestora de historias de vida, rescata en este texto más de ochenta años de la vida de Lleras de la Fuente, en años de conversaciones con Carlos Lleras y revisitando obras agotadas como Sin engañosa cortesía y Partitura Indiscreta, publicadas por Editorial Planeta en 2003.

ORÍGENES

RAMA PATERNA

LOS LLERAS

JOSÉ MANUEL LLERÁS ALHÁ

La familia Lleras, de la que recuerdo al menos siete generaciones, llegó a América, concretamente a Panamá, a finales del siglo XVIII. El primero de ellos, José Manuel Lleras Alhá, militar español oriundo de Cataluña, está retratado en un cuadro que conservo. Se casó con Manuela de Jesús González, una panameña que vivía con su madre. En aquel entonces, Panamá era un territorio plagado de enfermedades mortales, por lo que José Manuel decidió buscar un lugar más saludable donde instalarse, pues su esposa esperaba un hijo.

En 1811 llegó a Santa Fe de Bogotá, donde encontró un clima propicio para su familia. Trajo consigo a su esposa embarazada y a su suegra, y juntos tuvieron tres hijos: Lorenzo María, José Simón y Eustoquia Lleras González.

Como sucede en todas las familias, los apellidos comenzaron a multiplicarse siguiendo la costumbre de poner primero el del hombre y luego el de la mujer. Así surgió la línea Lleras, que conservaba la herencia española, y con el nacimiento de su hijo Lorenzo María Lleras —mi séptimo abuelo y el primero nacido en Colombia— se abrió paso un desarrollo familiar más amplio y consolidado.

LORENZO MARÍA LLERAS GONZÁLEZ

Don Lorenzo María Lleras es una figura fundamental en la historia de la familia. Nació el 7 de septiembre de 1811, hijo de José Manuel Lleras y Manuela de Jesús González. Fue un educador que fundó el Colegio del Espíritu Santo, en su calidad de masón, rosarista y rector de la Universidad del Rosario en 1840. Santanderista furibundo, dedicó su vida a la formación y creación del Partido Liberal, y fue uno de los fundadores de las sociedades democráticas que influyeron tanto en la elección del presidente de la República. Fue elegido cuando el candidato conservador era uno de los señores Casas, abuelos de la esposa de mi hijo, curiosamente oriundos de Chiquinquirá, familia muy numerosa de académicos e intelectuales. 

De una generación más reciente, el sabio Casas, diplomático que manejaba treinta y dos idiomas. Mi nuera, María Mercedes, tiene una maestría en educación y enseña en el Colegio Los Nogales, prima hermana de Vicente Durán Casas.

Lorenzo María fue tan importante como lo fueron sus familiares, el doctor Restrepo y el general Briceño. Briceño, venezolano, primo dos veces de Simón Bolívar, conspirador de 1826, a quien iban a fusilar. El general Urdaneta, también venezolano, lo tenía listo para ejecutarlo, pero como era de su país y pariente de Bolívar, le conmutó la pena y lo mandó a las bóvedas de Cartagena, que sin lugar a duda era peor castigo.

Cuando Bolívar pasó en 1829 por Cartagena, camino a Santa Marta, donde encontró la muerte, y habiendo transcurrido ya tres años, amnistió a todos los conspiradores. Cuando ocurrió la conspiración, Briceño era capitán, pero murió como general porque Bolívar les devolvió los títulos militares.

El general Briceño tuvo un hijo también general, Manuel Briceño. Por él lleva su nombre un pueblito a la salida de Bogotá hacia el norte. Él era comandante de los ejércitos conservadores en las guerras civiles que apenas comenzaban. Venían del norte, por lo que era la Carrera Séptima o carretera central del norte, y hubo dos jefes conservadores: el general Briceño, con su pueblito, y el general Próspero Pinzón, con Villa Pinzón, que queda llegando al puente de Boyacá. Próspero fue uno de los más aguerridos jefes conservadores de la época.

En 1828 se produjo el famoso atentado contra el libertador Simón Bolívar, quien salió por la ventana mientras Manuelita se quedó en el Palacio deteniendo a los conspiradores. Aunque creo que tan solo lo querían preso y no muerto, para reemplazarlo por el almirante guajiro. En ese desorden tomaron presa a mucha gente mientras las tropas venezolanas se apoderaban de Bogotá, las mismas que pretendían fusilar a Santander, comandadas por Urdaneta.

Antes de que le cayeran encima, Lorenzo María logró irse del país a Filadelfia. Estando allá aprendió inglés y vivió de traducir piezas de teatro al español, que enviaba a sus amigos en Colombia para venderlas por suscripción. Cada uno compraba un ejemplar y le enviaba la plata, pues él vivía en una pobreza franciscana.

Regresó a Colombia en 1830, cuando supo que el general Santander también lo hacía. Tenía él una mala costumbre: le gustaba hablar en verso, lo que ponía muy nervioso al general. Alguna vez, venía cabalgando y el viejo salió por la carretera del norte a recibirlo, paró la comitiva para recitarle. Como esto indisponía tanto a Don Lorenzo, nunca hizo nada por ayudarle, cuando hubiera hecho cualquier cosa por él.

Varios de sus hijos heredaron el vicio: escribieron muchos versos, y así lo hizo mi papá con las novias, además de recitarlos en cuatro idiomas. Todo esto, herencia de Lorenzo María, aunque insisto, la poesía nunca fue el fuerte de la familia.

El mayor beneficio que obtuvo del general Santander, muchos años después, fue haber sido nombrado ministro de Relaciones Exteriores. Firmó con Brasil el tratado Lleras-Lisboa, que le entregaba la mitad de Colombia. Obviamente, el Congreso jamás lo aprobó, lo que le hizo mucho daño, de lo cual prefiero no hablar porque es medio penoso.

Don Lorenzo María tuvo una hermana que no contrajo matrimonio, Doña Eustoquia María del Rosario, así que todos los Lleras que hemos vivido en Colombia somos sus descendientes. Se casó con dos hermanas, oriundas de Zipaquirá, de manera sucesiva ante la muerte de Liboria Triana Silva, la primera, con quien tuvo dos hijos. Luego se casó con Doña Cleotilde, mi tatarabuela, con quien tuvo quince hijos más. También tuvo dos hijos naturales. Era un hombre aparentemente muy inquieto, pues no se entiende cómo alcanzó a tener diecinueve hijos.

Con los años, el suegro de Don Lorenzo ocupó un cargo importante en Zipaquirá. Fue bien llamado el sabio Triana, José Jerónimo Triana, en cuyo honor está bautizada la orquídea como Flor Nacional de Colombia. Fue un botánico y científico estupendo que con el tiempo se radicó en París y luego en Londres, donde trabajó en su Jardín Botánico.

Don Lorenzo obtuvo medallas de reconocimiento a su labor como profesional. Hoy todavía en Francia hay descendientes de él que no conozco y nunca se me ha ocurrido visitar. Hace algunos años vino uno de ellos, concejal de París, quien trajo un libro con toda la genealogía y nos obsequió unos libros a Ernesto Samper y a mí, que, de manera desafortunada, presté y nunca me devolvieron.

José Jerónimo Triana fue jurado de la Exposición de Botánica y Horticultura de Ámsterdam, vicepresidente del Congreso Internacional de Botánica, recibió la medalla de oro de la Sociedad Agrícola de Francia, y clasificó la obra de Mutis. Veinte plantas llevan su apellido, entre ellas, como mencioné, nuestra flor nacional, la Cattleya Trianae. También fue cónsul de Colombia en París, de 1874 hasta 1890, cuando murió.

De su primer matrimonio descienden varias ramas de la familia. Curiosamente, los Vargas Lleras provienen de las dos hermanas, no como un fenómeno exótico. Doña Susana, más adelante en la vida, se casó con Don Felipe Pérez, persona muy importante en el siglo XIX en Colombia. De ellos desciende una larga línea en la cual están el exalcalde de Bogotá Jorge Gaitán Cortés, Claudia, esposa de Carlos Caballero Argáez, los Espinosa Ponce de León, y otros más.

Creo que tener dos veces el apellido Lleras deja de ser importante y se puede volver complejo, pues son gente que tiene una manera de ser sui generis. Los Lleras no son fáciles; esto causó algún tipo de indigestión a algunos de ellos.

Don Lorenzo María Lleras murió en el país a los cincuenta y ocho años, en la más extrema pobreza y con una descendencia liberal muy extensa y culta.

La abuela de Lorenzo María Lleras, en un retrato realizado a los sesenta y cuatro años como prueba de cariño de su primer nieto, refleja algo de tristeza, pero también resulta burlona. Nació en la ciudad de Panamá en mayo de 1773. Por Doña María Leona de León, hija de Doña Eustaquia de González, nos han dicho toda la vida que los Lleras somos bravos. Ella siempre llevó una mala cara; fue una mujer de rostro muy severo, en contraste con el de su esposo, José Manuel Lleras.

FEDERICO MARÍA LLERAS TRIANA

Federico María Lleras, mi tatarabuelo, fue uno de los dieciocho hijos de Lorenzo María Lleras. Hombre de gran brillantez, también maestro, abrió y dirigió el Colegio Lleras, como lo hizo su padre, y escribió una geografía de Colombia. Murió muy joven y en la pobreza, también como su padre. Le alcanzó a tocar el gobierno del general Reyes. Cuentan que era muy duro y godo, y que lo mandó preso a los Llanos.

FEDERICO LLERAS ACOSTA

Don Federico Pablo de la Cruz Lleras Acosta, mi abuelo, fue un científico que se graduó primero de veterinario con un profesor francés muy famoso. Luego se lanzó a la bacteriología para tener el primer laboratorio de la ciudad con un éxito enorme. Todos lo llamaban para que les sacara sangre.

Recuerdo a una señora, de la más alta alcurnia, que vivía por la Avenida Chile cuando se usaba el tranvía que llevaba a la gente desde el centro hasta allá, daba la vuelta y se devolvía hacia el sur. Entonces don Federico Lleras salía con todo su equipo y se bajaba en la séptima, y doña María Elisa Camacho mandaba su coche con caballos a recogerlo para transportarlo hasta el Castillo de los Camacho, par de cuadras más adelante.

Don Federico dedicó su vida a la investigación de la lepra, en cuyo honor lleva su nombre el Instituto Dermatológico Colombiano. Vivió tratando de sostener a los dieciocho hijos y a otras tres o cuatro personas de la familia que han sido siempre muy pobres, a una hermana que se había salido del convento de monjas y a mi abuela.

Como pasaba hasta doce horas o más en su microscopio, sufrió de su columna vertebral lo que lo obligó a dormir sentado en una silla vienesa, que conocí. De él conservo un óleo que pintó Luis Felipe Uzcátegui y en el que se evidencian las correas que le sostenían la cabeza, por lo menos la del mentón.

Su hermano, el cura Carlos Alberto Lleras, en su honor fui bautizado, fue un educador tan severo que una vez lanzó a uno de sus alumnos por la ventana: el salón quedaba en un segundo piso.

Don Federico Lleras Acosta fue un hombre muy generoso y querido. Recibió a su hermana, Inés Restrepo, cuando dejó la comunidad religiosa. José María Restrepo quedó huérfano a sus doce años y mi abuelo también se lo llevó para la casa. Mi abuelo fue un hombre muy severo, pero también muy bueno. Mi padre siempre dijo que yo me parecía a mi abuelo, por psicorrígido y serio en temas morales y de principios.

La casa de mi abuelo era enorme, de esas santafereñas, viejas, grandes. Resultaba perfecta para dieciocho hijos. Además, contaba con cuatro personas para el servicio doméstico que en ese entonces era muy económico, valga decir que estas recibían muy buen trato. Las muchachas de servicio tenían sus habitaciones.

Para la familia en pleno había un solo baño, por lo que se bañaban por turnos. Cuando hacía sol, a mi papá lo bañaban en un platón grande en el patio porque decían que alcanzaba a calentar el agua de la pila, lo que no era cierto, pero yo creo que lo hacían cada tres días.

Allí tuvo mi abuelo su laboratorio, en el primer piso después del zaguán de la entrada de doble portón en el que esperaban los pacientes antes de pasar para ser atendidos. Tuvo siempre un asistente que le colaboraba, se trató de un mico al que inyectaba para experimentar, pero también unos corderos a los que inyectaba con lepra, según él, porque se confirmó después que no era lepra, pero él nunca lo supo. Resulta que en mi casa no se volvió a comer cordero, pues alguna vez se le robaron parte de los que él tenía inyectados.

Los hermanos de mi abuela, descendientes de Don José Félix, iban a almorzar los domingos. Eran un grupo enorme, todos godísimos que habían estado en la guerra de los mil días. Recuerdo que con mis primas se generaban muchos conflictos.

LOS RESTREPO

Mis ancestros más antiguos son los Restrepo. López de Restrepo era el apellido original, luego retiraron el López, aunque el escudo de armas de la familia tiene dos lobos por el López que es asturiano.

Dos primos hermanos llegaron de España a Antioquia en 1626, es decir, a comienzos del siglo XVII, casi dos siglos antes que los Lleras lo hicieran. Viajaron en buque y regresaron repetidas veces a su país. Fueron ellos don Marco, quien tuvo una descendencia no muy grande, y Don Alonso, de donde venimos casi todos. Tanto Marco como Alonso fueron designados alféreces reales para la fundación de Medellín y allá concurrieron. Debo decirlo, hay muchos Restrepo en toda clase de actividades, legales e ilegales.

Mi rama es la del doctor José Félix de Restrepo, nacido en Envigado, Antioquia. Descendiente del mismo Don Alonso que se quedó en su pueblo natal. Hijo de Vicente Restrepo. Se hizo doctor como sus cuatro hermanos. Vivió junto a La quebrada de los doctores, nombre que se adoptó debido a la profesión por la que optaron, pues no era nada común para la época el que, en una misma familia, todos se hicieran médicos.

José Félix fue un intelectual estupendo, hombre importantísimo, abogado a sus diecisiete años, profesor de Torres, Caldas y otros próceres de la Independencia. Estudió en el seminario del Cauca antes de ser universidad.

En 1815, con Don Juan del Corral, preparó e hizo aprobar, para el Departamento de Antioquia, la primera Ley de Libertad de Vientres de los esclavos. Como esta Ley generaba dudas entre todos, él se puso de rodillas frente a los asistentes y echó un discurso sobre su importancia, así que fue aprobada. En ese entonces no fue lo suficientemente liberal porque, quienes obtuvieron su libertad fueron los hijos de los esclavos. Solo hasta 1.845, siendo presidente el general José Hilario López, fue aprobada completa.

Julio Arboleda, dirigente conservador, compró todos los esclavos de las fincas del Cauca y del Valle, los montó en un buque, se los llevó y los vendió en Perú. Lo asesinaron en Berruecos, en el mismo sitio donde habían asesinado al mariscal Sucre años atrás. Esto muestra un poco cómo se van diferenciando los partidos políticos sobre distintos temas.

Don Juan del Corral también hizo aprobar la Constitución de Antioquia. Murió un poco después. Cuando vino la reconquista española, esta acabó con todos los beneficios a los esclavos. Por cierto, en Bogotá están los miembros de la familia Restrepo del Corral que provienen de ambas ramas, de los viejos Restrepo de 1626 y del Corral, por supuesto.

Juan del Corral contrajo matrimonio en Popayán con doña Tomasa Sarasti de Ante y Valencia. Tuvo una descendencia grande, entre otras, la nuestra. Esta unión lleva a Sebastián de Belalcázar, otro antepasado muy interesante, pues él participó en la conquista del Perú, fundó Quito, Popayán y Cali. En la sabana de Bogotá, encontró a Jiménez de Quesada y a Nicolás de Federmann. Fue elegido miembro del Congreso Constituyente en 1821, cuando se estrenaba La Gran Colombia.

A Atanasio Girardot, la Corte Suprema, nombrada por el Congreso de Cúcuta en 1821, le hizo un juicio. Esta Corte tenía tres miembros: por Colombia el doctor Restrepo y por Venezuela y Ecuador otros dos. El venezolano y el ecuatoriano votaron que era inocente y mi tatarabuelo votó declarándolo culpable. Esto fue así, porque mi tatarabuelo fue un hombre de una sola línea, no le importaba si el acusado había ganado batallas o no. Lo único en lo que se fijó para su veredicto fue en el hecho de que Atanasio Girardot había matado en un acto de rabia pura a su segundo en el ejército.

José Félix de Restrepo, salió en el papel periódico ilustrado y en una estampilla en el 2017. Manuel, su hijo y hermano de mi bisabuela, se casó con Amalia Briceño, hija de Emigdio Briceño, prócer de la Independencia y pariente de Bolívar. Escribió Los ilustres: páginas para la historia de Venezuela, libro que aún sigo queriendo rescatar, porque alguien se quedó con él.

Los liberales fueron, desde el siglo XIX, perseguidos socialmente por los conservadores, no los admitían en los clubes ni en las tertulias. Todo era del dominio de los terratenientes conservadores que habían saqueado el país con la ayuda de Núñez y del general Reyes que les regalaban terrenos: cien hectáreas en la Sabana, doscientas no sé dónde. Por eso son ricos, por asignación política.

Dejando esto de lado, lo divertido es que la ponencia de la Ley en el Senado la hizo Don Lorenzo María Lleras, mi primer abuelo nacido en Colombia. Se puede observar en el retrato que conservo, que era de rostro adusto, severo. Como ya conté, casado dos veces, sucesivamente, con dos hermanas, porque habiendo muerto la primera, se casó con la segunda. Del primer matrimonio tuvo tres hijos y del segundo quince: era paupérrimo con dieciocho hijos. Esas cosas pasaban en ese entonces.

En un momento de la vida los Restrepo se mezclaron con los Briceño. En efecto, mi abuela paterna fue Amalia Restrepo Briceño, casada con Federico Lleras Acosta con quien tuvo tres hijos, siendo mi papá el mayor seguido por Isabel y Enrique Lleras Restrepo.

Recuerdo que contaba que lo habían puesto preso por deudas, pues pidió un préstamo a su mejor amigo para poder montar el colegio, lo cual demuestra que las ideologías en este país son un poco arrevesadas. Tenían uniforme copiado del famoso colegio inglés, como un frac con una paloma. En una premiación hizo su discurso en francés y un chino dijo al terminar: “Ahora dígalo en inglés”. Por supuesto, armó una catástrofe.

Dominó el inglés y el francés que siempre se dedicó a enseñar, pues para ese entonces inclusive la alta sociedad era muy inculta. Entre sus alumnos estaba Jorge Isaac, el autor de La María. Pero, como los godos no lo querían y eran los que tenían la plata, el colegio se acabó. Un alma generosa de las oligarquías liberales, pues había algunas pese a la exclusión a la que estaban sometidos por cuenta de los conservadores desde la Constitución del 86, pagó la deuda por él y lo sacó de la cárcel. Todo por la educación.

Los Restrepo vivieron en una casa antigua que todavía existe frente a la Biblioteca Luis Ángel Arango en la carrera 4ª Nro. 13 – 21, sin ventanas, pues daban las habitaciones sobre el patio.

FEDERICO LLERAS RESTREPO

Mi tío Federico, el que se casó con una media hermana Casas por otra vía, tuvo dos hermanos menores médicos. Uno de ellos murió a los veintiocho años de un infarto, y mi tío Enrique, director del Seguro Social, sufrió un enfisema pulmonar por fumar tantos paquetes diarios. Un día se abrió una pipeta de oxígeno que le costó la salud, afectándole los pulmones.

Cuando a Enrique lo nombraron embajador en Portugal, cometió el error de renunciar y devolverse. Estando en Bogotá no pudo respirar, por lo que se fue a vivir a Girardot, lo peor que le puede pasar a un bogotano, donde murió.

Como dato al margen, menciono que mi tío tuvo a su cargo el agua potable de Bogotá. Algún día, estando en La Regadera, donde había una represa, mi abuelo, con la ayuda de Federico, llevó cloro para echarle.

ROBERTO LLERAS RESTREPO

Roberto, mi tío menor, se graduó de médico en Francia y se enamoró de una francesa, por lo que planeó todo su matrimonio en Bogotá. Ella llegó un mes y medio más tarde para casarse. A todos les gustaban los caballos de carreras, por lo que iban al hipódromo regularmente con mi papá. Saliendo de allí, Roberto se sintió mal, se sentó en la acera, paró un taxi, se montó y pidió que lo llevaran a la Clínica de Marly, donde llegó muerto.

Mis padres estaban en cine en ese momento, cerca de la casa donde yo me encontraba. Recibimos una llamada preguntando si éramos parientes de Roberto Lleras y nos informaron que tenían el cadáver en el sótano de la clínica. Entonces fui al teatro con una linterna buscando a mi papá, fila por fila. Todos me querían pegar, pero no se atrevieron. Cuando los encontré, mi papá me preguntó: “¿Usted qué hace con esa linterna aquí?”. Le contesté sin misterios: “Se murió tu hermano Roberto”.

Su muerte fue terrible para todos porque hacía muchos años que no fallecía nadie en la familia. Mi abuela llevaba unos veinte años de luto por su esposo, vistiendo absolutamente toda de negro, e inmediatamente empató con este otro. Recuerdo con horror que hacía apenas tres o cuatro meses había comenzado a usar blusas blancas, pero de inmediato volvió al negro.

Durante el luto no se podía poner radio ni ver televisión (que ya la había traído Rojas Pinilla), ni ir a cine. No se podía hacer nada. Mi abuelo había muerto en Marsella, Francia, a donde se había ido con mi tía Isabel y con mi tía Elvira, la educadora. Viajaron al Congreso de Lepra de El Cairo para presentar sus estudios, pero se infartó antes. Lo enterraron mis tías Elvira e Isabel, en un homenaje que le rindió media Colombia.

Maruja Espinosa Pérez, mamá de Germán Vargas Lleras, quien por lo Pérez era Lleras hija del primer matrimonio de José María, asumió la crianza de sus tres nietos siendo ya una mujer de cierta edad. Es que los Vargas Lleras son dos veces Lleras, por la primera y la segunda esposa, que se vinieron a juntar en un momento dado.

Los niños crecieron más bien solos, por lo que les faltó mucha formación. Germán debía tener tres o cinco años, José Antonio cuatro y Enrique algo menos. Después, Germán se casó con una señora buena, que cocina exquisito y que ha escrito libros de cocina; como él era goloso, disfrutó muchísimo. Tuvo finca en Bojacá, que todavía conserva.

ISABEL LLERAS RESTREPO

Entre las mujeres de la familia está mi tía Isabel Lleras, magnífica poetisa, autora de unos versos muy hermosos que entregué al Instituto Caro y Cuervo. Se casó con el general Luis Ospina Vásquez, hijo del general Mariano Ospina Rodríguez, presidente de la República y antiguo conspirador septentrino, quien más tarde se volvió conservador y profundamente católico.

Mi tía Isabel peleó con mi padre toda la vida y solo fuimos a visitarla cuando ya estaba muriendo. Fui íntimo de su hija, mi prima Carolina Ospina, que vive en Europa desde hace muchos años, pero mi tía no la dejaba asistir a ninguna fiesta donde yo estuviera invitado. No nos tratamos durante cuatro décadas, y ese tipo de distancias pesa en uno, como hijo.

Nosotros vivíamos en la calle 13 con 4ª y ellos a tres cuadras. Íbamos a almorzar de vez en cuando, pero nos aburríamos muchísimo. Aunque eran muy inteligentes, resultaban complicadas. Eran liberales si el presidente era conservador y conservadoras si era liberal, solo para llevarle la contraria y poder atacarlo.

CARLOS LLERAS RESTREPO

Mi papá, Carlos Lleras Restrepo, fue el hijo de la mitad, pues los mayores nacían por parejas. Casi todos estudiaron en La Salle, pero él estuvo en un colegio de señoritas, porque todas las solteras tenían uno. Este, en particular, pertenecía a alguna pariente, quizá a las tías Briceño.

Conocí a buena parte de los tíos Restrepo Briceño, godos muy godos, con quienes me encontraba los domingos en casa de mi abuela. Sus discusiones eran políticas y se remontaban al siglo XIX, enfrentados entonces con los Lleras, que siempre fueron liberales.

De esa época mi padre recordaba cosas sueltas. Primero, que tenía que ir a misa de siete de la mañana los domingos, algo que creo que lo marcó porque nunca más volvió. También recordaba que no había nada para jugar. Los hermanos cristianos, que tenían en un zoológico una magnífica colección de animales que se quemó el 9 de abril, usaban las medias viejas de los curas para armar balones de fútbol, y cuando llovía todo se volvía un desastre. Mi papá decía que olían mal, siendo injusto con los religiosos. Terminó sus estudios en La Salle a los quince años.

Bogotá era un pueblo, y La Candelaria un barrio grato y elegante donde vivía la gente de más alto nivel social, no necesariamente de dinero. Mi papá vivió siempre allí, de modo que lo conocía casa por casa, dueño por dueño, historia por historia.

De joven boxeaba con un grupo de muchachos que pegaban duro. Como era bajito, tal como soy yo, lo instalaban en una esquina para provocar al que pasara y no fuera del barrio. Él gritaba: “Oiga, usted, miserable, ¿quiere pelear?”. El tipo enorme respondía que sí, arrancaba a perseguirlo y mi papá corría hasta desaparecer, momento en que salía un aristócrata del barrio a darle muenda. Mi papá era, en esencia, el cebo.

Recuerdo a los hermanos Uribe Holguín, la “mama e Dios” de la aristocracia bogotana, todos adinerados, que incluso se reemplazaban en la Presidencia. Alguna vez uno de ellos se peleó con mi papá, quiso pegarle y luego huyó. Mi papá lo siguió, el hombre alcanzó a cerrar la puerta de su casa y él gritó: “Miserable, cobarde, abra la puerta, enfréntese conmigo”. El otro le vació una mica por la ventana. Mi papá nunca lo perdonó, y creo que ese incidente tuvo consecuencias políticas.

Bogotá era tan pueblo que sobre el puente habían instalado baños públicos sin cañerías. El juego de los chinos de la calle consistía en apostarse con caucheras para disparar cada vez que alguien entraba. La vergüenza era tal que nadie quería salir. Cuando canalizaron el río y quitaron el puente, se acabó también ese deporte.

A mi papá le gustaba fumar y tomarse sus tragos. Una noche llegó a medianoche, abrió la puerta del zaguán y se encontró con mi abuelo esperándolo de pie. Le dijo: “Quiero advertirle una cosa: usted bebe, fuma y hace lo que quiere, pero con su plata cuando trabaje, no con la mía”. Creo que incluso le dio una cachetada. Fue extremo, pero le sirvió en su educación.

Decidió estudiar Derecho en la Universidad Nacional y se graduó a los diecinueve años. Ejerció su profesión y fue profesor de Hacienda Pública hasta 1949, cuando los godos lo sacaron. Nunca quiso ser rosarista como su padre, como lo soy yo y lo es mi hija, porque entonces se puso de moda estar en contra de los curas. Los masones tenían importancia.

Como secretario de Gobierno de Cundinamarca desarrolló sus ideas sobre Reforma Agraria e hizo una parcelación cerca de un municipio comunista. Luego fue contralor General de la República entre 1936 y 1938 y estableció las Cuentas Nacionales, que no existían. No se sabía, siquiera, quién debía llevarlas.

Entre 1938 y 1942 ocupó el Ministerio de Hacienda, nombrado por el presidente Eduardo Santos. Hizo la gran revolución económica del país, como lo reconoce Guillermo Perry en el libro que escribiste con él, Decidí Contarlo. Dejó una huella indeleble en todos los aspectos de la vida nacional. Después volvió a su oficina de abogados, trabajando con honores pero sin recursos: sus amigos del Ministerio le regalaron el mobiliario. Tomó una oficina en el Banco de la República, la misma que luego compartió con Pedro Gómez Valderrama, su discípulo y amigo de toda la vida.

Con sus ahorros compró un lote para construir su casa, encargándole el diseño a Otto Marmorek. Una anécdota especial se relaciona con un litigio que atendió para don Luis Toro. Cuando entregó la cuenta de cobro, don Luis le pidió que la revisara, lo que lo molestó porque creyó que la consideraba alta. Fue lo contrario: le reconoció cuatro o cinco veces más de lo cobrado. Con eso compró el lote y levantó la casa sin endeudarse. En 1952 fue incendiada y solo pudimos disfrutarla siete años.

Luis Carlos Galán y Virgilio Barco llegaron donde llegaron porque mi papá los impulsó. Luis Carlos no habría sido candidato si él no lo hubiera nombrado primer director de la revista que se publicaba semanalmente. Sabía que contaba con todos los lleristas en su fuerza pública. Es llamativo oír ahora a su viuda y a su hijo decir que mi papá nunca existió, siendo que lo trajo de Roma como director de Nueva Frontera, cuando estaba en un cargo diplomático. Así se dio a conocer.

En la familia ha habido muchos masones, llenos de ritos y costumbres extrañas, incluida una manera particular de darse la mano para reconocerse. Se dice que mi padre también lo fue, igual que Alberto Lleras, lo cual no tiene nada de malo.

Mi papá organizó una logia ridícula con Germán Arciniegas y un grupo de estudiantes en la que hacían una semanal “tenida de masticación”: en el piso superior de unos baños públicos se reunían a comer tamales. Pero él nunca perteneció a la secta.

Cuando fui embajador en Washington, visité al jefe de la Logia Masónica. Llevé una carta firmada por los dos Grado 33 colombianos para su par estadounidense, quien me atendió convencido de que yo también lo era. El lugar era precioso, forrado en mármol, con una sala como la de los Caballeros de la Mesa Redonda y sillas altísimas. Todo muy solemne. Llamó a alguien para que me guiara por el museo, pues en los Estados Unidos han sido muy poderosos. Luego regresé a hablar con él.

En medio de la conversación me dijo algo y le respondí que yo no era masón. Se le cayó la mandíbula, empalideció. No sabía qué hacer conmigo, seguramente porque había revelado algún secreto que no recuerdo. Quería matarme. Pálido, se levantó, llamó a su asistente y le pidió que me acompañara hasta mi automóvil.

RAMA MATERNA

La familia de mi mamá fue muy musical y menos complicada. El bisabuelo de mi abuela, Cortés Gregory, fue un escocés que vino con la legión británica en 1816 cuando Bolívar pidió apoyo a la Gran Bretaña, en la que no venían ingleses, sino escoceses e irlandeses. Fue director de la banda de música de la legión.

En la batalla del Pantano de Vargas, cuando Bolívar estaba atafagado decidiendo si atacaban o no, porque íbamos perdiendo, soltó a los lanceros y fue entonces cuando la legión resolvió avanzar también contra los españoles. El viejo Gregory presidió la marcha y lo único que se le ocurrió fue tocar uno de los himnos usados en Inglaterra, God Save the Queen.

Ese es el tipo de cosas que padece este país, absolutamente inexplicables y rarísimas, pero con la canción salvaron la situación. Y claro, con los lanceros, pero fueron ellos quienes le pusieron música a la batalla.

Como nota al margen, mi padre inmortalizó a los lanceros en el monumento que mandó a hacer y que generó una crisis grande porque no había suficiente bronce. El maestro Arenas Betancourt contaba que alguien tuvo la idea de robarse todas las placas de los médicos, las que antes estaban en las calles, pero también las llaves, y con eso alcanzó a terminarlo.

Cuando se acabó todo el tema de la independencia, el viejo Gregory, como una especie de Strauss colombo-escocés, formó una orquesta con la que atendía las fiestas que hacían en Rionegro, Antioquia, donde se había instalado. Tocaba gaita todos los días, tenía un apetito magnífico y tomaba whisky por toneladas, como cualquier escocés. Un día, después de almorzar, se levantó, se fue al patio con su gaita, media patilla y una botella del licor, y se puso a tocar hasta que, de pronto, se murió tocando. Sus últimas notas fueron su último suspiro.

La rama Cortés Gregory de mi tatarabuelo, quien se casó y, en su primer matrimonio, tuvo diez hijos, cuenta con un cuadro pintado en Barcelona a fines del siglo XIX que retrata a mis diez tías abuelas. Y, cosa particular, mi abuela fue la bisabuela de mi mujer.

Conservo un cuadro en el que se retrata a cuatro de ellas: Dolores, Lola, Carlota y Julia. Carlota, la jefa real, lleva una rosa en el cuello de su vestido, y nada le asustaba, era una mujer fuerte, una política que dirigió el cafetal que les tocó en el proceso de sucesión donde murió Sangre Negra, el gran jefe de las guerrillas de ese entonces. Estuvo casada con Gustavo Camacho, mi padrino de nacimiento. Cecilia murió muy joven, mamá de Jorge Gaitán Cortés, descendiente de una de las Lleras del primer matrimonio de don Lorenzo María, fue alcalde de Bogotá en alguna época, arquitecto magnífico, casado con Alma Villegas, congresista y sobrina del doctor Eduardo Santos.

Julia, pintora de flores, de preferencia hortensias, fue toda la vida muy callada, y eso hizo que el pintor la retratara un poco separada de sus hermanas y detrás de ellas.

Mi bisabuelo Cortés, casado con la señora Gregory, envió a sus cinco mujeres a estudiar a Barcelona en vísperas de la guerra de los Mil Días. Allá vivieron tres o cuatro años. Quise ir a conocer el sitio y busqué la dirección detrás del cuadro, pero se perdió cuando lo restauraron. Estando en Barcelona, mi abuela Ana Rosa se casó con un español, don Manuel de la Fuente y Pérez. Tuvo tres hijos, de los cuales los dos primeros fueron hombres y murieron de difteria a finales de 1800.

Algún día, cuando mi papá trabajaba en el Banco de España, después de ser presidente de la República, habló de mi abuelo, pues trabajó ahí. Al finalizar el almuerzo, el presidente del banco de ese momento le entregó la hoja de vida de don Manuel, porque ellos conservan todo. Don Manuel era un hombre muy bien plantado y lo sabía, por lo que debió ser medio vagabundo.

Mi abuela llevó a su hija de tres años en un buque y viajó con ella hacia América. Ahí venían varios colombianos, unos curas de La Candelaria, amigos de la familia, el suegro de Eduardo Zuleta Ángel y otros. Durante el viaje, un día cualquiera, cuando sirvieron el desayuno, mi abuela no apareció y la niña tampoco. Pasadas las horas, los colombianos amigos fueron a tocar a la puerta para ver qué le había pasado a Ana Rosa.

El cuarto estaba cerrado con llave, entonces le pidieron al capitán que lo abriera, pero él se negaba. Insistieron hasta lograrlo y encontraron a mi mamá jugando con una muñeca al lado de mi abuela muerta. El capitán decidió poner a mi mamá en cuarentena en la enfermería, pero todos se negaron y dijeron: “¡Por ningún motivo! Nosotros nos haremos cargo de la niña”. También decidió que iba a botar el cadáver al mar, pero todos opusieron resistencia. El buque tuvo que parar en Barbados para enterrar a mi abuela en el cementerio.

Cuando llegaron a Puerto Colombia estaban los tíos de mi mamá esperándola y la trajeron a Bogotá, enfermísima, muy grave. El doctor Torres Restrepo, pediatra, padre de Camilo Torres e hijo de una pariente de mi abuela que se hizo cargo de mi mamá, la sometió a un régimen curiosísimo porque había que bañarla en aceite de oliva y luego envolverla como una momia egipcia. Esta situación le produjo a mi mamá, entre otras cosas, que no montara en avión nunca. El psiquiatra dijo que tenía un shock con los viajes.

Después de muerto el cura, Anatea Restrepo iba de visita a hablar con mi papá y, como era medio parienta, él la recibía pese a que estaba chifladita. Tampoco tenía plata, entonces embarcó hacia Roma y logró que el papado la sostuviera, fijándole una pensión. Años después se fue para Cuba, porque era comunista como Camilo, y Fidel Castro la sostuvo hasta que se murió.

Mi mamá creció con tres de sus cuatro tías, porque nunca la abandonaron, pues cuando ya estábamos grandecitos, a donde fuera mi mamá, aún casada, ellas la acompañaban. Como relataré más adelante, vivieron con nosotros en Miami y en México, donde permanecimos por un tiempo.

Tía Cecilia se casó con Pantaleón Gaitán Pérez, bisnieto del primer matrimonio del señor Lleras, don Lorenzo María Lleras, nieto de Felipe Pérez y padre de Jorge Gaitán, uno de los mejores alcaldes que puede contar la historia de Bogotá. De Pantaleón heredé el gusto por la fotografía. Como yo lo visitaba en su casa, me entusiasmé con las tareas de fotografiar, revelar y ampliar, y fue así como, con los años, monté mi laboratorio de revelado cuando viví en Chapinero, pero este también sufrió las consecuencias del incendio ocurrido el 6 de septiembre de 1952, del que hablaré más adelante.

Mi tía Lola, Dolores, tuvo un novio al que mataron, por lo que se declaró soltera de por vida, no se casó nunca. Mi tía Carlota, inolvidable ella, se casó con Gustavo Camacho, hijo del general Rafael Camacho Lozano, colonizador de tierras en Tolima. Tuvo una hija, mi prima Teresa, quien también estuvo con nosotros en Miami.

Mi bisabuelo Cortés quebró en 1930, otra herencia genética nuestra. Y una familia tan goda, regoda, tuvo que aceptar que mi mamá se casara con un liberal y activo en política.

SUS PADRES

Mis papás se conocieron en una de las fincas de los Camacho y de los Umaña, en Samacá. Yo recuerdo una casa muy bonita donde hacían unas obleas deliciosas.

Ocurrió porque mi tío Federico andaba detrás de Rosita Umaña, quien luego se casó con Fernando Carrizosa. Le comentó a mi papá que iba para una finca donde había una niña muy linda, De la Fuente Cortés. Mi papá le pidió que en el próximo viaje lo llevara. Así fue: llegaron y quedó postrado ante mi mamá, que debía tener veinte o veintidós años. Años después visité el puentecito donde se produjo ese enamoramiento y les regalé una pintura del lugar como recuerdo.

Estando soltero, mi papá iba al bar Moisés, en el centro, donde acostumbraba comer salchichas y tomar cervezas. Tenía una cuenta abierta, así que ahorraba el sueldo del Ministerio para poder pagar su deuda antes del matrimonio.

Muy recién casados, mis papás vivieron en Las Nieves, un sitio regularcito, tanto que quien viviera allí se avergonzaba por no tener casa en La Candelaria. Allí nació Clemencia Lleras, tres años mayor que yo. En ese momento nombraron a mi papá secretario de Gobierno de Cundinamarca, y pudo cambiarse de barrio, donde nací, y donde tenía casa mi abuelo.

Como abogado logró hacerse a un prestigio y atendió buenos negocios que le permitieron comprar dos lotes seguidos: uno para su familia y otro para las tías de mi mamá, las Cortés. Pero no tuvo recursos para construir la casa. Las tías decidieron además que allí no querían vivir, pese a que mi papá ya tenía los planos. Compraron más cerca de la séptima con setenta.

Aquella decisión desató su enojo porque perdió el jardín que quería hacer, pero terminó salvándolos de morir incinerados. Cuando les quemaron la casa huyeron por el patio de atrás, el mismo que parecía el arca de Noé por todos los animales que le regalaban y que mi mamá detestaba, hasta lograr sacarlos tiempo después.

Pese a los cargos que ocupó, mis padres vivieron siempre con gran austeridad.

El servicio doméstico era realmente muy bueno, toda gente campesina. Anselma, la niñera, adoró y cuidó a María Inés, aunque también a Carmenza y en ocasiones a mí. Era de un pueblo del oriente de Cundinamarca y vivió con nosotros hasta sus noventa años. Cuando quemaron la casa la llevamos a Miami para protegerla.

Primero llegamos a Daytona Beach, en Florida. Es curioso: Anselma salía en una especie de vestido de baño con un paraguas japonés de papel para cuidarse del sol, se sentaba junto a la torre del salvavidas y conversaba con él todo el día. Él no sabía español ni ella inglés. Luego se fue con nosotros a México, aunque ya no hacía nada, salvo regañar a mi mamá.

Le decía: “Usted jugando bridge con las señoras y sus hijos aquí botados, ¿no? ¿Y el doctor? ¡El doctor sin comer!”. Mamá subía las escaleras y, mientras lo hacía, Anselma le metía las juagadas más espantosas del mundo. Porque era la más impertinente del planeta.

Yo bailaba con ella el Chibibirí, que se sabía. Era una relación muy particular. Después le dejaron un cuarto solo para ella y contrataron una enfermera, pero cuando se dañó el ascensor se volvió inmanejable subirla y bajarla. Sus últimos días los pasó con las monjas. Mi hermana la visitaba todos los sábados y le llevaba galletas que las compañeras le robaban. Se conocía toda la chismografía colombiana, no se le escapaba nada, así que las conversaciones eran de ese nivel.

A mí me cuidaba Carmen, quien además tenía como responsabilidad lijar los pisos de madera. Con esa labor se le dañó la cadera, por lo cual a mis papás les tocó asumir todos sus gastos médicos y de sostenimiento.

HERMANOS

Clemencia, mi hermana mayor, mamá de los Vargas Lleras, murió a los treinta y nueve años. Fumó muchísimo. Ella y su esposo habían ido con los niños en carro a Venezuela de vacaciones y, a las ocho y treinta de la mañana, ya de regreso en la casa que quedaba frente a la mía y detrás de la de mis padres, sufrió un infarto. Llamaron a un médico, cuyo nombre me abstengo de dar, quien llegó, la vio y no se le ocurrió llamar una ambulancia ni llevarla a una clínica.

Después de Clemencia nací yo, seguido de María Inés, quien no tuvo hijos y murió muy joven. Por último nació mi hermano Fernando, un hombre inteligentísimo, músico, compositor, bohemio, que murió en 2018.

CARLOS LLERAS DE LA FUENTE

INFANCIA

Llevamos una vida de gente pobre, porque por ricos que se pudiera ser en esa época, las ciudades no contaban con lo mínimo. El alcantarillado no existía, era abierto, las aguas sucias corrían por las calles. Las casas viejas no tenían baño y poner uno era complicadísimo, así que la mica era un elemento indispensable. La casa de mi abuelo fue de las primeras que tuvo ducha, pero debía usarse por turnos. El agua se calentaba con carbón en la cocina y solo la disfrutaban los primeros; cuando se vaciaba el tanque, a los demás les tocaba agua fría. Si alguno abusaba y la agotaba él solo, era castigado.

Nací el 30 de enero de 1937 a las siete de la noche. Para ese momento ya vivíamos en un apartamento en La Candelaria, en la carrera 4 nro. 13-21, en el segundo piso de un edificio de cinco, construido por Carlos Rodríguez Maldonado. Carlos, genealogista e historiador, estaba casado con Carlotica Restrepo, lejanísima parienta nuestra, separada de su marido y obligada a subir y bajar cuatro pisos con un perro enorme. Y nací físicamente ahí, en el comedor, en un parto atendido por el doctor Mojica.

Vivir allí nos permitió quedar a poco más de una cuadra de la casa de mis abuelos Lleras, muy cerca de donde se había instalado don José Manuel Lleras Alhá, padre de mi tatarabuelo Lorenzo María Lleras. Pero también de Pomponio, de quien hablaré más adelante, porque es todo un personaje. José Manuel, capitán de la Marina Real, era hijo de don Mateo Lleras de Acuña y de doña Josefa Alhá y Tomé, naturales de Barcelona, principado de Cataluña, que mencioné al comienzo.

Mi recuerdo más lejano es en brazos de mi mamá, que me alzaba por las noches intentando calmarme porque lloraba desconsoladamente. Tiempo después se descubrió que tenía un problema renal que me producía dolores tremendos, además de problemas gástricos y cardíacos. Mi abuelo dijo que él se encargaría de curarme y lo hizo con una autovacuna hecha con sangre u orina que preparó para tenerme hoy vivo. Evangélicamente, como decía Jesucristo: “Naceréis con dolor”. Eso está en la Biblia, y a mí me tocó. Los achaques me han permitido sostener que no son propios de la vejez.

En el piso de abajo vivían mis tías, queridísimas. Bajábamos y nos daban chocolate y otras cosas; otras veces eran ellas quienes subían, cuidando siempre de no incomodar a mi papá, porque le tenían un respeto profundo.

Recuerdo cómo llegaban los bultos de carbón que subían por las escaleras, porque no había ascensor. La cocina nunca se apagaba: quedaba el carbón rojo, porque encenderla de nuevo por la mañana era un drama, así que la dejaban con la lumbre viva. Al día siguiente calentaban el agua temprano para que el señor, que salía corriendo primero, pudiera bañarse, y luego los pocos afortunados que alcanzaban agua tibia.

Las carboneras Calvo nos sirvieron muchos años para hacer pegas telefónicas magníficas, eran parte de nuestras distracciones. Llamábamos a pedir cincuenta kilos de carbón y nos quedábamos en la ventana esperando a que llegaran los carboneros, completamente negros, que cargaban los sacos de jute. Eran atendidos normalmente por la señora de la casa, que decía:

   — ¿Y esto qué es?

   — Su carbón.

   — Yo no he pedido carbón.

   — Mire, aquí le traemos lo que pidieron.

   — Si usted no paga el viaje, aquí se lo dejamos.

Y el pedido llenaba un salón inmenso.

Con mi hermana Clemencia, que siempre me puso conejo en muchas cosas, hacíamos algo que se llamaba tienda, que era el juego preferido. Consistía en comprar, con los ahorros de cinco o veinte centavos, bocadillos y queso que se partían en pedacitos para vendérselos a las tías que iban de compras. Ellas subían las escaleras, llegaban a comprar dos bocadillos y media galleta. El producido lo guardábamos en las alcancías de marranitos de Ráquira.

Mi papá tuvo siempre una alcancía de madera con veinte tornillos chiquitos y por la ranura echaba monedas de cincuenta centavos, que eran de plata de 900; valía mucho más la plata que la moneda misma. Mi niñera ahorraba su sueldo también así y el día que nos quemaron la casa yo le guardé las monedas, porque de otra forma las habría perdido. A ella la alcanzamos a pasar a la casa de enfrente, donde permaneció por un tiempo.

Siendo niños, se puso de moda la caja Prismacolor de veinticuatro y la de cuarenta y ocho colores, pero nosotros teníamos la de doce, que era estándar. Llegábamos al colegio y todos tenían cualquier cantidad de azules, verdes y morados, y nosotros apenas uno.

Vivimos de manera tan austera, como mencioné, que no podíamos antojarnos de tenis si teníamos un par puestos.

No había cine para niños, pero estaba el cine mudo en la calle veinticuatro con novena, donde tocaba el piano Lleras Codazzi, uno de los parientes, nieto del general Agustín Codazzi del Instituto Geográfico, pues una de sus nietas se casó con uno de los hijos de don Lorenzo, hermano de mi tatarabuelo. Todos ellos eran pobres a más no poder.

El tío Luis Lleras Codazzi, primo hermano de mi abuelo, era el pianista, lo que debió venirle por la mamá, porque los Lleras, todos, eran unas tapias. A él lo contrataron luego también en el Olimpia, así que mientras pasaban la película, generalmente en inglés —idioma que nadie entendía—, mi tío tocaba el piano.

Para ayudarle, mi abuelo resolvió poner en clase de música a sus hijos, pues Luis era su primo hermano, pero estos no tenían cualidades especiales y cuando tocaban era verdaderamente horrible. La tía Isabel, que era la poetisa, aprendió violín y, como decía su hija, parecía un gato aullando de dolor.

Las Guerra Portocarrero fueron paupérrimas también. Una de ellas fue la madre de Leopoldo, gran ingeniero y profesor en la Universidad Nacional por treinta años. Tocaban piano y generalmente lo hacían a cuatro manos: doña Carmen con una de sus hijas o las dos hijas. Siempre, en el cumpleaños de mi abuela, pasaban a tocar el Danubio Azul mientras Isabel tocaba el violín. Eran los más aburridores del mundo.

Esta situación se repetía durante las navidades, en las que Beatriz Pardo, artista y hermana del poeta, pintaba a mano los huevos de Navidad que desocupaba haciéndoles un hueco para decorarlos e instalarlos en el árbol.

Era otro mundo. No había tocadiscos, sino discos que usaban agujas que les sacaban pedazos de lo grandes que eran, pues de una vez los iban perforando. Pero esa era la vida.

También, como ministro, el presidente lo mandó a Panamá a la posesión de uno de esos Arias, porque allá todos los presidentes llevan ese apellido. Nos trajo de regalo una vitrola muy chiquita, de cuerda, con agujas enormes y anchas, y algunos discos. Recuerdo, sentado con mi hermana Clemencia, que cuando se iba acabando la canción el sonido se hacía lento y ronco, por lo que corríamos a darle cuerda para que continuara. Hoy la música es otra cosa.

No hace mucho le regalé a la Tadeo una colección de mil setecientos CD, la obra completa de los grandes clásicos. La pasan a las siete de la mañana o a la medianoche. Son una maravilla. Ahora escucho música a través de las aplicaciones porque el mundo ha cambiado y mi música está guardada.

Siempre en la vida, quizás desde mis ocho años, mi mamá me llevaba al Teatro Colón cuando venían los grandes pianistas. Ese lado de la familia es muy musical y a ella le encantaba también.

Crecí oyendo buena música, compré mis primeros discos poco antes del incendio y un tocadiscos manual que tenía en el sofá cama de mi biblioteca. Ya contaba como veinte que pudieron haberme costado unos cien pesos, que eran una fortuna. Recuerdo la dicha, porque además de gustarme la música, toqué piano diez años.

Nunca pongo música para leer, sino para oírla, al considerarlo un irrespeto terrible, pues hay que honrar a los compositores. Sigo siendo un loco de la música, que es lo que puede darme una vejez tranquila y buena. Y de la lectura, porque nunca fui excesivamente social.

Las tías Lleras escondían los licores. Decían que eran para darles a las visitas y para que los hermanos no se los tomaran. Durante todos los festejos, mi papá, el catire y Enrique se la pasaban por toda la casa, en el laboratorio y de piso en piso, buscando cómo tomarse un whisky, lo que hacía el ambiente muy aburrido. Conocían a todo el mundo, sabían quiénes eran, dónde y cómo vivían.

Se iban a tomar onces con alguien, donde alguna viejita vecina, o recibían visitas de vez en cuando. A ellas las visitaban mucho los tíos Restrepo, que iban a almorzar todos los domingos. A los niños no nos dejaban abrir la boca, pero mi prima Carolina, hija de la tía Isabel, se metía debajo de la mesa del comedor y les rompía las medias a todas las señoras.

Había lonches hartísimos, porque uno no conocía a todos esos mucharejos, aunque fueran de la misma edad, otros un poco mayores o menores. Y para ellos, los papás le compraban a uno un vestido generalmente horroroso. Recuerdo dos, pues odié el pantalón corto que usé desde que nací, no me sentaba y menos en ese clima helado de la Bogotá de la época. Era una ciudad en la que no había edificios ni asfalto, no había nada de lo que hoy la calienta y en la que, además, el transporte público era básicamente tranvías. No había con qué jugar, los carritos eran de madera. Cuando comencé a coleccionar soldados de plomo, estos eran planos.

En ese entonces los viajes eran a Apulo, pues en avión no se iba a ninguna parte. Para nosotros la Costa no existía, no teníamos dinero para eso. Ese hotel solo tenía baños en los pasillos. Me acuerdo de Eduardo Zuleta Ángel, que salía con el neceser a afeitarse en un espejo del corredor.

Los cuartos tenían micas, conocidas por otros como bacinillas, lo que me recuerda un cuento. En algún veraneo salieron unos muchachos, mucho mayores que nosotros y ya con novias como las Dávila. Recuerdo a los Sáenz, a los Caballero, a Calibán, a Klimt y a otros. Todos ellos de costumbres regulares, como dirían las mamás. Lograron meterse a la alcoba de la señora de Eduardo Zuleta, la respetabilísima Emilia Torres de Zuleta, y le echaron sal de fruta en la mica.

Parece que a la madrugada esta señora, quien además era adorable, la usó. Entonces se formó un espumonón terrible que iba inundando el cuarto. Este fue un escándalo mayor. No contentos con esto, también echaban pólvora por las ventanas y hacían otras cosas de ese estilo.

Cuando mi papá fue ministro de Hacienda, a sus treinta años, sufrió una crisis por exceso de trabajo. Hizo una labor monumental con la afectación por la guerra mundial. Recuerdo que era tan joven que, cuando iba a entrar a Palacio a tomar posesión de su cargo, el soldado no lo dejó entrar, así que tuvo que llamar gente que lo informara hasta lograrlo. Para esa época yo tenía cinco años y me pidió que lo acompañara a Apulo, pues quería descansar.

Estando allá, mi papá llamaba todos los días a la casa, hasta que mi mamá dijo: “Páseme a Carlos”. Me puso al teléfono y me preguntó: “Hijito, ¿cómo estás?” / Muy cansado y aburrido, pues aquí dan pollo al almuerzo y a la comida todos los días. Ya no resisto más. / “Aguante, mijo, aguante un poquito, que ya su papá, cumpliendo ocho días de descanso, regresa a Bogotá”.

Él me contaba muchas historias de su niñez o de la familia, cuando no estaba trabajando, porque siempre lo veía uno haciendo cosas. Ese era el veraneo al que íbamos con cierta frecuencia, hasta que el hotel se quemó y desapareció.

Luego de esto, y ya desaparecido el hotel Apulo, fuimos a La Capilla. Ese hotel era de una renombrada cocinera francesa, madame Evelyne Daguet, madre del pintor Pierre Daguet, quien ya murió.

La Capilla era un sitio adorable. Se llenaba de gente por su buen servicio y porque servían platos y tenían costumbres que aquí no se conocían. Por ejemplo, después de terminar la comida pasaban una bandeja de quesos, lo que sorprendía a todos los bogotanos no viajados, que eran la mayoría. Para no parecer pueblerinos, nadie preguntaba nada, pero luego sí comentaban.

Estando allá, a mis siete años, me enamoré de una niña muy querida que también frecuentaba ese lugar y a quien volví a ver en la vida varias veces. En las noches jugábamos a cazar luciérnagas.

En el hotel había un pequeño lago con dos barquitas de remo y una cascada. Fue el lugar de veraneo por excelencia, pues con los años madame Daguet se trasladó a Cartagena, donde abrió el afamado restaurante Capilla del Mar.

La gente muy rica veraneaba en Europa, pues a los viejos les gustaba ir a París. Muchas veces dejaban aquí a sus señoras para tener cierta libertad de acción por allá, habiendo casos en que viajaban con ellas. Pero no las dejaban salir del hotel, las limitaban, no les daban plata.

También íbamos a veranear en Navidad a la 222, donde está una iglesia sobre la carrera Séptima. Bajando por ahí quedaba la finca de los Salazar, hijos de don Félix, un potentado mayor de Bogotá, junto con los Sierra, que tenían una fortuna muy grande. Como don Rafael le tenía simpatía a papá, nos la prestaba.

Íbamos en un camión con colchones, maletas, árbol de Navidad y panderetas, para pasar las fiestas en la granja. Por ahí bajaban los carritos de Cementos Samper. Eran unas navidades muy simpáticas, en una casa muy grande, para tantos hijos como los que tenían, y por la que cruzaba un arroyo chiquito. Mi papá hacía unos buques de papel a los que les poníamos un soldado de plomo buscando que estos bajaran, y a la mitad del camino les prendía fuego, así que el soldado se derretía y los barcos se hundían. Esto sí resultaba muy emocionante.

A nosotros, desde chiquitos, nos enseñaron que debíamos atender con regalos a todos en Navidad, bien fuera un dibujo o lo que se nos ocurriera. Entonces, nos dieron una plata, quizás de a cinco pesos a cada uno, y yo me fui a comprar veintidós cepillos de dientes. Una vez en la finca, y armado el árbol, los colgué marcados para el destinatario, lo que resultó muy simpático y lo que nadie olvidó nunca.

El protocolo era que se cantaban los regalos y la persona que los recibía tenía que abrirlos, mostrarlos y agradecer, por supuesto. Mi papá tenía una varita o bastón mágico que iba indicando qué regalo sacar; también había un secretario, y yo lo fui durante un tiempo, después mis hijos, porque la tradición continúa. Ese día me sentí muy orgulloso por ser el único que tuvo regalo para todos.

Siempre fui muy introvertido, no me gustaban los amigos, no los tenía, quizás uno o dos de mis vecinos. En las fiestas de mis papás yo no conocía a nadie, no había sentido de hablar con nadie, se armaban grupitos de los que yo no hacía parte.

Mi papá nunca descuidó mi formación intelectual, me hizo leer hasta los diecisiete años. Cuando aún no había aprendido, él leía para mí. Me compraba libros en Camacho Roldán o donde Gaitán, y me decía: “Me cuenta la semana entrante cómo le pareció”. Ya a los dieciocho tenía que leer a los clásicos en francés y resumirlos escribiendo a máquina.

Mi papá me llevaba Araluz, una colección que se editaba en Barcelona, por cierto muy linda, pero que se quebró hace cincuenta años. Además, esta también se quemó, de modo que no le pude heredar a mis hijos lo que recibí de mi papá, como su biblioteca, la que tenía puertas de cristal, un sofá cama al lado, el radio encima y un tocadiscos de mano.

Y es que yo era coleccionista, especialmente de estampillas y soldados de plomo. Cuando mi papá era ministro de Hacienda de Santos en el año 1938, después de haber sido, a sus treinta y pico de años, contralor General, en todos los sitios donde estuvo se hacía guardar los sobres con las estampillas para luego dármelas. Entonces yo las echaba en un platón con agua para que se despegaran y las recopilaba en dos álbumes ingleses muy gordos.

Había dos almacenes de estampillas magníficos: uno se llamaba Duffó y el otro era de unos alemanes que las traían de todas partes del mundo. Yo ahorraba para comprarlas, las pedía de regalo de cumpleaños y también las cambiaba con los amigos. Era una cosa muy grata, que se quemó por completo en el incendio de la casa.

Volviendo a los soldados, más grande me pasé a los ingleses, me gustan mucho siendo yo bastante pacífico. Ya a mis doce o catorce años se me quemó toda mi colección, que era preciosa, de aproximadamente doscientos de ellos, de distintos regimientos y con un fuerte donde se defendían de los ataques. Se hacían generalmente con una pistola de balines, que los dañaba bastante, pero esa era parte de la guerra.

También coleccioné banderines de equipos de béisbol de los Estados Unidos que colgaba en las paredes de la alcoba. En otro momento la colección fue de llaveros y, si mal no recuerdo, alcancé a tener alrededor de ochenta.

Diría que mi niñez fue muy sola porque con mi hermana peleaba siempre, entre muchas cosas porque me robaba la plata de la alcancía y la pasaba a la de ella con un gancho del pelo. Se perfeccionó en sacarla del marranito, pues una vez la pesqué y me dio un ataque de rabia que nadie se imagina.

Esa fue mi niñez, en la que nos llevaban al Parque Nacional, donde había un hato de cuatro o cinco vacas, así que íbamos los sábados y domingos a tomar leche postrera, ahí al pie de la vaca. Esta era tibia y con un montón de espuma. Hoy en día me muero si me dan eso. También disfrutábamos la Ciudad de Hierro, un parque de distracciones donde había carrusel y carritos locos, ahí mismo en el Parque Nacional. Todo era muy sencillo.

Tuve una gran imaginación, pues por mucho tiempo no hice amigos. Quizás solo uno, que hoy en día es muy cercano. Nació un año antes que yo, a una cuadra de mi casa, donde vivía. Con él boxeaba, pues mi papá tuvo a bien regalarme unos guantes, así como él los había tenido de joven con el truco de La Candelaria. Bueno, realmente me los trajo el Niño Dios de la época, cuando todavía existía.

Mi papá, entusiasmado, me dijo: “Camine, le muestro cómo es una izquierda”. Nos pusimos los guantes, me acerqué a atacarlo, saqué la mano y me privó. Caí al piso y mi mamá montó en cólera, le gritó toda clase de horrores: “¡Cómo se le ocurre pegarle al niño! ¡Mire, está inconsciente!” Mi papá se asustó mucho, pues yo tenía cuatro o cinco años. No sé si algo de eso me perturbó el cerebro.

Mi amigo, que era más débil, desde que tuve guantes lo llamaba para desafiarlo. Yo iba donde él o él a mi casa. Y yo le pegué siempre. Era hijo único, la mamá se enfermó, entonces el papá lo mandó a los siete años a estudiar a los Estados Unidos, donde hizo su bachillerato y su carrera. Un día, a su regreso, me llamó, me dijo que nos reuniéramos con unos amigos; entonces pensé que le volvería a pegar y le respondí que ya iba para allá.

Caminé una cuadra, golpeé, abrió la puerta y el pisco ya era enorme, medía metro y no sé cuánto más, pues se había dedicado a la gimnasia mientras que yo no había crecido nada. Me dijo: “Tengo aquí los guantes”. Yo le respondí: “¿Sabes una cosa? Hoy no puedo boxear”. Todavía me reprocha no haberle dado la oportunidad de vengarse de todas las muendas que yo le di. Me hubiera matado.

Tuve hábitos muy sedentarios, pues en casa hubo deportes vedados. No podíamos nadar ni montar en bicicleta ni en patines, pues papá consideraba que ponían en riesgo nuestra vida, la de los humanos realmente. Pero mi mamá, cuando yo tenía catorce años, a escondidas nos matriculó en clases de natación. Solo que ya era muy tarde para mí porque siempre se me tapaban los oídos y se me irritaban los ojos con el cloro. Cuando por fin logré montarme en una bicicleta, ya había perdido por completo el equilibrio.

Recuerdo que los almacenes quedaban en el mismo barrio, en La Candelaria, en la carrera séptima con Avenida Chile, en las calles doce, trece y dieciséis, donde las señoras iban a hacer compras. Mi mamá me decía: “Venga y me acompaña”, y yo me sentía feliz. Ella me llevaba de la mano para que no me fuera a matar el tranvía, pues era el peligro de ese entonces. Recorríamos los almacenes: el de los Ricautes, el Tía, el Ley, todos los que quemaron el 9 de abril.

Las señoras iban de sombrero y guantes, portando sus vestidos y faldas, pues el pantalón no era bien visto en ninguna parte. Si necesitaba algún regalo de matrimonio buscaba uno bonito y barato donde los Gutiérrez Vega, un hombre muy simpático al que intentaron metérsele al almacén para saquearle la platería y que se paró en la puerta diciendo: “Aquí no entran”. Y no lo hicieron.

Hacer mercado en la plaza de la Concordia era para nosotros otra distracción muy agradable. A diferencia de lo que ocurre en los almacenes de hoy, allá se conseguían, y aún hoy, cosas muy baratas y variadas.

En esa época era famosa la loca Margarita, muy liberal, una vieja gorda que se vestía completamente de rojo, desde el sombrero, vestido, medias y zapatos, y a cada rato gritaba: “Viva el Partido Liberal”. Así era Bogotá antes de que todos estos godos comenzaran a aparecer. Cuando salía con mi mamá a hacer compras ella se cruzaba.

Pomponio fue fundamental en la historia de Bogotá. Vivía a media cuadra de nosotros, pertenecía a una familia de apellido Quijano que había sido distinguida, pero lo aquejaban problemas mentales que lo llevaban a actuar de forma atípica.

Era el repartidor de invitaciones a matrimonios, bautizos o bailes, pero también de propaganda o domicilios. Pomponio, siempre muy bien vestido, solía no entregar las invitaciones a la gente que no le gustaba, a la que encontraba poco distinguida y a la que calificaba, de manera muy antipática, de lobo.

En ese entonces el río San Francisco estaba abierto, lo que hoy es la Avenida Jiménez de Quesada. Tenía un puente al que se iba Pomponio a mirar las invitaciones: “Lobo”, decía, y la echaba al río, contribuyendo así al fin de amistades de años. Las peloteras de familia no tenían nombre, pues a muchos no les llegaba nunca la invitación a los eventos.

Además, cuando repartía sobres, metía propaganda de la platería Gutiérrez Vega, del florista o de quien fuera. A él le pagaban por eso. Los chinos de la calle lo molestaban gritándole: “Pomponio quiere queso”. Eso generaba en él una reacción violenta que lo llevaba a utilizar vocabulario soez.

Un día mi hermana Clemencia, a sus siete años, dijo una grosería espantosa en la casa de mi mamá. Mi mamá inculpó a las niñas del servicio doméstico, mal llamadas sirvientas, que habían estado con nosotros toda la vida porque eran nuestras niñeras. Recuerdo cómo se disculpaban y lloraban, pues no eran responsables de semejante cosa. Alguna vez, caminando por la calle, mi mamá escuchó gritar a Pomponio y supo que lo ocurrido no había sido culpa de ellas. Por lo mismo, fue a disculparse.

En esa esquina de La Candelaria estaba también el Conde de Cuchicuti, otra figura de la época. Había comprado su título en el Vaticano, era primo de un político liberal, lopista, de apellido Rueda. Vestía el uniforme de la orden, con botas, espada, quepis y capa. Pasaba las mañanas conversando con quien quisiera escucharlo.

Las niñas se presentaban en sociedad en las fiestas que les organizaban sus padres, pero también podían hacerlo en la de alguna amiga, como lo hizo mi hermana Clemencia. Uno tenía que ir de frac o no iba, y las muchachas de largo o no las dejaban entrar. Todo era muy europeo y anticuado.

En el siglo XIX se abrieron los primeros clubes, el Gun y el Jockey, que todavía existen. Eso era Inglaterra trasladada a Bogotá, lo cual implicaba varias cosas. La primera, que había que tener un paraguas Brigg, inglés. Uno llegaba al de moda, que era el Jockey, donde estaba el poder político de Colombia; en el Gun estaban los segundones de la familia, algo que hoy es al revés desde que, hace veinticinco años, quebró por una mala administración.

Esas capas sociales son muy divertidas. Eso también nos pasó en México, a donde fuimos después del incendio de la casa, cuando nos querían matar, y donde también llegaron las tres tías.

ACADEMIA

COLEGIO DOÑA CELIA

A las niñas ricas los papás las mandaban a estudiar a Europa, pero nosotros estudiábamos con Doña Celia antes de pasar al Liceo Francés, donde hice mi bachillerato. En el colegio había unos matones que nos hacían comer pasto. Uno que iba como tres grados adelante me persiguió en un recreo y me metió pasto en la boca. Yo nunca serví para esas cosas violentas ni para la gimnasia, que para mí fue la peor clase y la que me dio las únicas notas malas de mi vida.

Doña Celia Duque era la dueña del Nuevo Gimnasio, un colegio para niñas donde estudiaba mi hermana Clemencia. Era muy grande y allí estudiaba toda la sociedad de Bogotá. Luego, con su marido, Don Julio Duque, primo de Doña Celia, fundó el Colegio Duque, que era para hombres, al que me mandaron de overol con tirantas, morral y cartuchera, vaso y cepillo de dientes, por primera vez a mis seis años. Confieso que sentí pánico ese primer día.

En medio quedaba la capilla de la Virgen de Nuestra Señora del Recuerdo, donde hice la Primera Comunión hacia el año 1943, y cuyo cuadro central pintó el maestro Gómez Campuzano. Yo pensaba, como era muy amigo de su hijo Ricardo, que me estaba buscando para ponerme junto con sus hijos al lado de la Virgen. Es que he sufrido una serie de golpes que ni le pinto, aunque todavía me reconozco orgullosamente.

Estábamos en segundo de primaria cuando terminó el cuadro y resultó que fue La Torre al que puso arrodillado junto con sus hijos. Yo no quedé, pero con los años, para mi matrimonio, me envió un cuadro del paisaje de la Sabana. Recuerdo que una vez casi me mata con un hacha, porque sufría ataques de rabia pese a su sobrada y temprana inteligencia, pues años después trabajó en la NASA. Estábamos en su casa y no sé qué le dije. La verdad, nunca he corrido tanto en mi vida. Después de eso no volví a correr jamás por ningún motivo. Rogué en mi casa que no le fueran a abrir la puerta.

Después del colegio de hombres seguía el parque de Chapinero, que hoy son edificios, pero que para ese entonces tenía lagos y lanchas de remos dispuestas para nosotros. Cada año abrían un grado, siendo nosotros los primeros; éramos treinta alumnos. Cuando estaban secando el lago pasábamos la cerca y jugábamos allí.

Algún día entraron los ladrones, se robaron los copones y botaron las hostias en el prado. ¡Eso fue el horror! Doña Celia lloraba y gritaba: “¡Sacrilegio!”. Entonces llamaron al arzobispo de Bogotá, quien echó agua bendita para poder recogerlas. Fue todo un drama en medio del llanto de las profesoras y de las niñas. Tengo entre un misal, que de milagro se salvó del incendio, un pasto donde había una hostia, porque en esa época uno era tremendo; los apóstoles eran unos incrédulos comparados con uno. Recuerdo haberlo guardado con devoción porque me imaginé que la hostia le había pasado la calidad de sagrada.

Los hombres y las mujeres no se podían cruzar excepto el día de un bazar que hacían para obras religiosas. Pero también veíamos mujeres en los campeonatos de tenis, que eran mixtos. Me inscribí sin haberlo jugado en mi vida, y también lo hizo Ricardo Gómez, quien jugaba muy bien. Mi pareja era Clemencia Pizano, para ganarnos la copa.

En el primer partido ganamos por W, pues no llegaron los otros; así el segundo. Celebramos muy divertidos hasta el partido final. No habíamos jugado nada, pero íbamos a ganar. Llegó Ricardo con su coequipera y nos volvió miseria. Clemencia se lanzó al suelo a gritarme insultos, trastornada de lo frustrada que estaba, aunque cuando me la encuentro no lo reconozca y me diga mentiroso que la desacredita (risas).

Hacíamos presentaciones deportivas. Teníamos todos una espada de madera que el profesor usaba para hacernos saltar. Y yo siempre daba la vuelta, porque nunca he sido alto y ponerme a saltar, pues de golpe me enredo y me caigo. Estaban todos los padres y madres del colegio, de los hombres y de las niñas, todos saltando la espada. Llegué yo y di la vuelta. El lugar se derrumbó a carcajadas. El profesor, furioso, corría detrás de mí, me ponía la espada y yo nuevamente daba la vuelta. La tercera vez ya no lo hizo más. Ese día quedé con una reputación antideportiva espantosa y mi mamá y mi papá avergonzadísimos.

Doña Celia tenía una costumbre muy provinciana. Ella era antioqueña (la imita), la de mezclar a sus alumnos cuando había visitas, y llevaba muchos prestigiosos invitados. Entonces llamaba por sus nombres a los que consideraba hijos de los más reconocidos personajes de la vida nacional. Por ejemplo, a Albertico Lleras, que era su alumno en el año 1946; mi papá había sido ministro de Hacienda de Santos y de López. Llamaba también a las hijas de “David y Ernesto Puyana”, porque las presentaban de esa manera, lo cual era una calumnia, obviamente.

Alguna vez, en un almuerzo ofrecido por Carlos Haime en su hacienda de Bosa, hizo una presentación de sus caballos de carreras. Mientras desfilaban repasaba el nombre de sus progenitores. Y yo irremediablemente me acordé de la costumbre de Doña Celia en el colegio. Entonces, de manera imprudente, le dije: “No seas tan chismoso”. El estruendo de las risas suavizó semejante momento tan incómodo y, por fortuna, la amistad prevaleció.

Tuve un amigo muy querido, Roberto Salazar Manrique, ministro de Justicia de no hace mucho tiempo, hijo de Julio Roberto Salazar Ferro, jefe liberal y congresista, de Chiquinquirá. Un día, con cara de tristeza, me dijo: “Mira, por qué será que Doña Celia los muestra a ustedes y a mí me dice que me corra a la izquierda”. Lo sacaba de la foto por feo. Yo también lo era, pero él lo era más.

El colegio tenía un tranvía alquilado y nosotros en ese momento vivíamos en la calle trece con carrera cuarta, entonces la muchacha lo llevaba a uno a la séptima. Llegaba a las 7:15 a. m., bajaba un poco por la Caracas, subía e íbamos hasta la séptima con la Avenida de Chile cuando este bajaba. Nosotros, frente a la iglesia de la Porciúncula. Daba la vuelta y se devolvía por la séptima hasta Bogotá. Así regresaba a recogernos por la tarde. Pero, cuando llovía, también nos dejaban ahí, en medio de un aguacero, y había que ir caminando de la setenta y dos a la setenta y nueve, donde estaba el colegio. Era otro mundo.

El tranvía era mixto. A mis siete años me enamoré mucho de una niña que todavía vive, entonces no voy a decir quién era. Pero cuando este frenaba duro, yo lograba caer con ella casi siempre.

Detrás del tranvía venía el “Bobo Tranvía”. Se trataba de un bobo que corría detrás para alcanzarnos. Pero, cuando el tranvía paraba, él también lo hacía, porque no quería alcanzarlo realmente. Perdía el entusiasmo de correr detrás. Si ese día llegara, él estaría muerto. Pero, apenas arrancaba, él también lo hacía.

Tuve unos compañeros con los que seguimos hasta cuarto de primaria, cuando Don Julio y Doña Celia se pelearon. Siendo ella la dueña, la de la plata, el colegio para hombres se acabó. La tumba dispuesta para él en la capilla de la Virgen debe estar vacía. Debe haber un hueco ahí a disposición, pero yo no me voy a enterrar allá.

Doña Celia dejó un testamento para que se creara una fundación con su nombre y que mantuviera el colegio. Y el sobrino, quien vio que eso valía un potosí, y lo que sigue valiendo, hizo unas maniobras hasta quedarse con el bien.

GIMANSIO MODERNO

Don Julio se fue al colegio Alfonso Jaramillo, a donde también llegaron la mayoría de mis compañeros. Quedamos seis para cursar quinto de primaria, pues varios se habían ido al Gimnasio Moderno, otros al Campestre, entre otros colegios.

En el Moderno la familia Lleras había tenido siempre mucha influencia. Mi abuelo era muy amigo de Agustín Nieto Caballero, de varios profesores, del tío rico Ricardo Lleras, quien fue uno de los grandes maestros del colegio, y de otros tantos. Por eso, un día Agustín llamó a mi papá y le dijo: “Carlos, sé que su hijo se quedó sin colegio. Todos los Lleras de Bogotá están aquí, que es donde él debe estar. Ellos se sientan alrededor de un árbol, solo falta su hijo”. Mi papá le respondió con firmeza: “No, Agustín. Yo no lo pongo en ese colegio porque usted educa para que sean condescendientes. No se lo voy a llevar”. Y no me quiso entrar al Moderno.

LICEO FRANCÉS

Papá me matriculó en el Liceo Francés. Fue en primero de bachillerato, cuando yo no sabía decir una sola palabra en ese idioma.

En 1949 el colegio tenía profesores colombianos y otros franceses encargados de Filosofía y Ciencias. Teníamos clases de religión tres veces por semana sobre el Nuevo Testamento con el padre Gómez Hoyos, y una o dos veces sobre el Antiguo Testamento, que me parecía entonces tan ridículo como hoy, un lindo cuento de hadas.

El padre tenía unas conferencias sobre moral familiar que dictaba a las niñas del Sagrado Corazón. Como le dio pereza escribir otras, decidió dárnoslas también a nosotros. Así que nadie entendió nada, era una enseñanza absolutamente analfabeta.

Aprendí francés a la brava, nadando entre textos de historia en ese idioma. Aun así, ocupé los primeros puestos todo el bachillerato. Esto también se debió a que mi papá era más exigente que el diablo, nada le parecía bien, todas las notas le parecían inmundas, lo que no fuera cinco le parecía horroroso, y todo lo que no fuera primer premio no servía para nada.

EXILIO

Podría decir que solo conservo un mal recuerdo de mi niñez: la pedrea que recibió nuestro apartamento por órdenes de Jorge Eliécer Gaitán. Curiosamente, todos nuestros vecinos fueron agredidos, menos nosotros, que habíamos apagado las luces. Me sentí responsable de mi madre y de mis hermanas. Fue la primera vez que vi las miradas de odio y el gusto por la violencia de nuestro pueblo.

Tuvimos que salir del país porque el gobierno conservador amenazó con confiscarles todos sus bienes a los jefes liberales, alegando que ayudaban a la guerrilla, cuando mi papá no tenía ni para nosotros. Es cierto que hubo quienes dieron plata a la guerrilla liberal, pero lo hacían para defenderse de los curas y de los godos. Mi papá lo único que tenía era la casa que había comprado con sus honorarios profesionales cuando ejerció el Derecho.

MIAMI

Más que amargura, sentimos ansiedad por el futuro. El arzobispo Crisanto Luque nos instó a perdonar a los enemigos que nos hicieron tanto daño, que destruyeron nuestra casa, obra de tantos años. En el incendio ardieron no solo la colección de más de cinco mil libros de mi padre, sino unos quinientos infantiles que yo había reunido, junto con todos mis recuerdos de infancia, mis soldados, las estampillas y demás. Aunque mis hermanas y yo decidimos perdonar, jamás olvidamos aquellos hechos tan penosos que poco importaron a las distintas instancias y autoridades.

Llegamos a una Miami provinciana, siendo nosotros, los hijos, unos niños. Fue muy difícil buscar casa porque Miami era un sitio asqueroso en el año 1949, en plena segregación. Los negros no podían entrar a un bar, a un cine, a un restaurante ni a ninguna parte; tampoco podían tomar agua en un bebedero. Tuve una experiencia con los negros en Miami en el transporte público.

Encontramos una casita pequeña. Recuerdo cuando llegaron mis tías Cortés, quienes nunca abandonaban a mi mamá. Se sentaban y, como eran gordas y grandes, no cabía nadie más.

MÉXICO

Luego viajamos a México. En el vuelo iban también Alfonso López Michelsen, Cecilia y sus tres hijos, a quienes vimos muy poco durante nuestra estadía en ese país. Alguna vez jugaron sobre mis rodillas Alfonso III y Felipe, y me arrepiento de no haber dejado caer al segundo. Pero ellos no viajaban en calidad de exiliados, como nosotros, tampoco iban a acompañar al expresidente López Pumarejo. La recepción que les hiciera el gobierno de México fue muy descortés; esto hizo que no les gustara el país y quisieran abandonarlo. Días después, López viajó a Nueva York.

Mi padre trabajó en el Banco Nacional con un sueldo que no permitía sino vivir de manera muy básica, sin extravagancias. Tuvo chofer, porque él nunca aprendió a manejar. Cuando lo intentó en su juventud, terminó estrellándose contra los toldos del mercado dominguero de Funza.

Recuerdo la casa en que vivimos con mucho cariño, todavía existe. Era estrecha, estilo holandés, de tres niveles. Mi padre la amobló con un comedor isabelino, muebles de sala que aún conservan, al igual que una mecedora que debe estar en alguna parte.

Durante nuestra estadía estudié cuarto de bachillerato en el Liceo Franco Mexicano, colegio mixto como el francés en Colombia, y donde todo lo enseñaban en francés. Era un edificio con una tapia muy alta; de un lado estaban los mexicanos y del otro los extranjeros que estudiábamos en francés.

Ahí me gané el segundo puesto, una cosa realmente milagrosa. Llegué a mi casa con la medalla, felicísimo después de tantos traumas. Cuando se la mostré a mi papá me dijo: “¡Mediocre!”. Tuve un ataque de rabia, subí a destrozar los muebles de la alcoba y después sufrí un colapso, pues se me bajó la presión arterial a cinco. Llamaron al médico, quien me puso inyecciones de aceite, que son dolorosísimas porque este se niega a entrar. Me tomó tres o cuatro días recuperarme.

Como de costumbre, no hice amigos; nunca estuve en la casa de nadie y tampoco me visitaron. Además, yo había dejado una novia, María Cristina Trujillo Dávila. Cuando interpretaba a Chopin, lloraba por ella, la veía en un retrato que había ubicado sobre mi mesa de noche. Mis padres me autorizaron invitarla a visitarnos, pero los suyos, Sergio Trujillo y Sarita Dávila, no lo permitieron. Aun así, le envié de regalo una porcelana y un joyero con mi papá cuando él viajó al país a sondear la situación política.

Si bien no disfruté mi estadía en México, sí recuerdo los paseos que hicimos a Cuernavaca, Taxco y Acapulco, a Puebla y a las pirámides. También el bello piano inglés vertical que recibí en una Navidad, gracias a un cheque de veinte mil dólares que unos amigos incógnitos le habían enviado de regalo a mi papá, suma que con los años él donó a la Cruz Roja, en nombre de ellos, a los afectados por la violencia en el Tolima. Mi piano reemplazó al de cola que vi por última vez destrozado y quemado en nuestra casa de Bogotá.

Después de asistir a conciertos en el Palacio de Bellas Artes, donde se presentó Pedro Vargas, Arturo Rubinstein, la ópera Boris Godunov, los violines del Villa Fontana, y de una conversación con Rojas Pinilla, mi papá consideró regresar al país. Con este anuncio, sus copartidarios —los mismos que se habían conmovido con nuestra partida— comenzaron a escribirle para que no lo hiciera, pues podía dañar la luna de miel con el general. Y sé quiénes fueron. Pero mi padre no les dio gusto: armamos maletas y viajamos en octubre de 1953.

REGRESO A COLOMBIA

Mis padres viajaron con Clemencia con destino a los Estados Unidos y yo quedé a cargo de mis tías abuelas, de mis hermanos María Inés y Fernando, y de Anselma, la niñera.

Mi tía Carlota nos había invitado a pasar un par de días en Panamá, ruta obligada del vuelo.

La casa de la calle 70 había sido reconstruida en 1953 por Cuéllar Serrano Gómez, apoyado en los planos que conservaba el municipio, pero sin los lujos del arquitecto original, Marmorek. Sin embargo, estaba en arriendo, y ahí comenzaron otra serie de problemas, pues no podíamos desalojar a la familia Torres. Por fortuna, un gran amigo, Antonio Suárez Rivadeneira, nos prestó su casa en Bosque Izquierdo.

Por supuesto, le traje un regalo que estaba muy de moda, una de esas espléndidas medallas de oro de la Virgen de Guadalupe, a María Cristina Trujillo. Pero la dicha duró poco.

Como me aceptaron los estudios que había adelantado en México, pude regresar al Liceo Francés, donde me reencontré con mis antiguos compañeros para concentrarme en el estudio, pero también en las fiestas.

Durante ese año nos organizamos en la casa prestada, mi papá consiguió oficina en el edificio Suramericana, y nos dedicamos él y yo a recuperar los libros perdidos para sumarlos a los que habíamos traído de México, que fueron la semilla de los doce mil que contabilizamos a su muerte. Como fue tan exitoso en su vida profesional, pudimos empezar a llevar una vida más holgada.

Un compañero de clase me invitó a Brasil, donde terminaríamos el año escolar y pasaríamos Navidad y Año Nuevo, con vacaciones en Río de Janeiro. Pero primero viajamos a Caracas, donde conocimos la Quinta de Bolívar. Finalizando enero tuve que devolverme, pues mi abuela estaba en riesgo de morir. Ya mis padres habían entregado la casa en Bosque Izquierdo y habían sido acogidos en un hermoso apartamento que después fueron las residencias Colón. Pero cuando pisé Bogotá, ya estaban en la casa de la 70.

La casa se veía desolada, sin estantes de libros, y el comedor se improvisó con dos mesitas de bridge y asientos prestados. Casi todas las tardes visitábamos a la abuela agonizante y los recuerdos de su muerte me persiguieron por muchos años. Mi tío médico me había mandado a la farmacia por una inyección, pero se demoraron en atenderme, y cuando regresé ella ya estaba muerta y todos la lloraban rodeándola. Me preguntaba si era yo el culpable de su muerte.

Por esa época el general Rojas Pinilla había traído la televisión al país, ordenándole al Banco Popular que importara unas cajas negras enormes, de pantallas diminutas, que acabaron con nuestro tedioso encierro.

En Río había comprado para María Cristina un anillo de oro con una aguamarina que me recordaba el que mi padre le había comprado a mi madre alguna vez. Pero a mi regreso guardé esta joya, no se la regalé, pues ella, por motivación de sus padres, en mi ausencia había brindado una fiesta de Navidad profana que me hizo sentir traicionado. Con los años se la regalé a mi esposa Clemencia, quien sospechó que yo la había comprado para otra, entonces con el tiempo pasó a una de mis hijas.

En sexto bachillerato obtuve el primer puesto en mi curso, igual que en quinto, y me gané la medalla Academia de Historia y el premio de la Embajada de Francia con un ensayo que se transmitió por la Radio Francesa.

VIDA ADULTA

SERVICIO MILITAR OBLIGATORIO

Me descalificaron para prestar servicio militar obligatorio dados mis pies planos, por mi miopía y astigmatismo, pero este dictamen fue sustituido por otro en el que me declararon apto. Esta fue una maniobra que mi padre entendió, pues quisieron tenerme como rehén limitándolo a él en su participación en política. Pero nos movimos muy rápidamente para solucionar.

CEREMONIA DE GRADO

Nuestro curso era muy pequeño, de once alumnos, quienes recibimos el grado en el Teatro Colombia, hoy Jorge Eliécer Gaitán. Yo hice el discurso en nombre del curso, sin que se trate de una gran pieza de oratoria.

Mis padres me celebraron con una gran fiesta bailable con orquesta, la de Cecilio Bolívar, y un amplio buffet. Recuerdo que subía las escaleras al segundo piso cuando vi a una joven muy esbelta, morena, con el pelo en moño y un vestido azul que le sentaba muy bien. Mi hermana me dijo de quién se trataba, pero con mi mamá ya habíamos cerrado la lista de invitados a la fiesta de grado. Ella no me lo ha perdonado. Nuestro encuentro derivó en noviazgo, más adelante en matrimonio, y nos convertimos en padres de familia.

MATRIMONIO

Siendo un par de niños, nos casó monseñor Castro Silva en la iglesia de la Bordadita del claustro del Rosario. Lo hizo con frases lapidarias como las que puede escuchar un reo al que se le impone una cadena perpetua. El matrimonio no es una empresa fácil, pero la fiesta fue magnífica.

UNIVERSIDAD DEL ROSARIO

Estudié Derecho y Ciencias Políticas. Únicamente me presenté a la Universidad del Rosario, después de haber aprobado los exámenes de admisión en 1956, cuando no se usaba el ICFES. Se contaban treinta cupos para más de doscientos aspirantes y obtuve el segundo lugar del examen gracias a doña Celia, a la formación en el Liceo Francés y, por supuesto, a mi padre. La entrevista fue gratísima: con monseñor hablamos del Quijote, de la ciudad, de los próceres de la Independencia, quienes habían cruzado el portón del claustro en su camino al cadalso.

Desde los seis años había decidido ser abogado, como constaba en mi libreta de notas. Y mi tatarabuelo, Lorenzo María Lleras, había sido rector a comienzos de 1840. Siempre me sentí orgulloso de mi colegio, donde obtuve las mejores notas durante los cinco años de carrera. No obtuve cinco siempre por unos exámenes preparatorios en derecho tributario con Héctor Julio Becerra. Mi ego cree que me calificó 4.5 por godo.

Ese año tumbamos a Rojas, y por primera vez en doscientos cincuenta años se aceptaron mujeres. En nuestra promoción estudiaron Astrid Acevedo, Helena Gutiérrez Romero y Olga Villa Mejía, destacándose Helena.

CAÍDA DE ROJAS PINILLA

La situación del país se agravaba y se gestó, al interior del Rosario, una gran huelga sin que monseñor se opusiera. Fue cuando encarcelaron a Belisario Betancur. Ante esto, el comité de la huelga se trasladó al Jockey, donde despachaba Alberto Lleras. Nos recibió, nos felicitó y nos pidió que promoviéramos la protesta en las demás universidades de Bogotá.

Formamos comisiones. Yo fui con otro compañero a la Universidad de los Andes. En tan solo veinticuatro horas habíamos logrado que todas se sumaran, junto con almacenes, industrias y bancos. Siempre he pensado que fue el sector financiero el que produjo la caída de Rojas Pinilla.

Apresaron a Pacho Vargas Holguín y Ernesto Aparicio murió a causa de una bomba lacrimógena que le perforó el cuello. A nosotros también nos capturaron. Yo me había escondido detrás de un carro; los pasajeros se ofrecieron a sacarme del lugar, pero me negué. Cuando la policía estaba a cien metros, bolillo en mano, toqué el vidrio para pedir que me llevaran a mi casa.

Después de un ajiaco en compañía de familiares salimos a dar vueltas, invitados por Germán Vargas, desoyendo la advertencia de prudencia de mi padre, y nos apresaron. Detuvieron a Juan María Posada, a Fernando Sanz y a mí, pero al imprudente de Vargas, por quien nos habían visto, lo dejaron tranquilo y en libertad.

Los carros de la policía eran realmente asustadores: sin ventanas en la parte de atrás, donde reinaba la oscuridad, y con bancas duras a cada lado. Recuerdo a Juan María rezando el rosario. Tras quince minutos de recorrido nos dejaron en la estación de la Treinta y Nueve con Trece, donde ya había doscientos estudiantes, y entrada la noche, cuatrocientos.

La reseña me inquietó mucho, pues mi nombre no ayudaba dadas las circunstancias. Presenté mi tarjeta de identidad y el policía repitió mi apellido, luego mi nombre acompañado de mi apellido, y en ambas ocasiones remató con un “Ajá” que resonó en el lugar.

Entraron armados y pensamos que nos iban a fusilar, pero nos llevaron en una fila de buses. Juan María creyó que nos botarían por el salto. Nos encerraron en la cárcel de mujeres, junto a la Universidad de los Andes, sin que ocurriera una tragedia. Al día siguiente alguien me dijo que había visto a mi papá: traía un termo con café y cuatro pielrojas. Él supo que yo estaba allí por Carlos Villaveces, ministro de Hacienda.

Durante el día empezaron a soltar estudiantes. A las cinco de la tarde solo quedábamos Pacho Vargas y yo. Parece que querían encarcelarme para neutralizar la actividad política de mi padre.

Me liberaron por intervención de monseñor Rudesindo López Lleras. Me tomó del brazo, me indicó que no mirara hacia atrás y dejamos allí a Pacho, que estaba en otro cuarto. Salimos de la prisión en medio de un silencio absoluto, casi sepulcral. Al llegar a mi casa me sorprendió la presencia de Clemencia Figueroa.

Durante la carrera tuve profesores extraordinarios como Carlos Medellín, Alberto Zuleta, Fajardo Pinzón, Leopoldo Uprimny, Vásquez Carrizosa, Nemesio Camacho y José Manuel Fonseca. Fue una clase con excelentes estudiantes: Luis Francisco Boada, Germán Colmenares, Lisandro Méndez, Nicolás García, Aristides Rodríguez, Álvaro Escobar Uribe, Alberto Lozano, Santiago Venegas, Edgar Enrique Esteban Escallón y Caldas.

OFICINA DE CARLOS LLERAS PADRE

Como se estudiaba medio tiempo, mis clases eran de ocho de la mañana a una de la tarde, mi padre me ofreció trabajo de medio tiempo. Ocupé un espacio que había dejado Pedro Gómez Valderrama y que compartí durante varios años con Germán Vargas Espinosa, quien luego se casaría con mi hermana Clemencia.

Trabajé por algún tiempo, pero no me sentía del todo cómodo, dado que mi padre era perfeccionista y no delegaba, fueron testigos de esto sus ministros y otros colaboradores durante su presidencia. Es un claro ejemplo del síndrome que vivimos los hijos de los personajes. Si uno entrega su vida al padre, dejándose moldear por él y siguiendo sus elecciones sobre lo que uno debe hacer y decidir, se cae necesariamente en una dependencia clara y lamentable.

Yo me rebelé a eso tomando el camino de las espinas. Pese a ello siempre tuvimos una buena relación, aun con choques breves, gracias a que él no era rencoroso, rasgo que heredé, ni sostenía las interminables peleas que mi madre y mis tías sí. A él, como a mí, se le olvidaba que debía estar bravo con alguien o la razón para estarlo.

Siempre le tuve gran respeto y cariño, pero desde mi adolescencia dejé constancia de mi individualidad. Me retiré entonces de su oficina y solo regresé cuando acordamos condiciones entre los dos. Me gradué y cerré la oficina cuando él fue elegido presidente. Conseguí trabajo fuera del país, pues me parecía inmoral aprovechar su posición. Por lo mismo siempre he usado mis dos apellidos, para diferenciarme. La barba es cuestión de comodidad, porque mi piel no soporta el paso de la cuchilla diaria, aunque a mi padre le habría gustado dejarse la suya, no le fue posible, decía que le salía fea.

CLEMENCIA FIGUEROA SERRANO

Mi entusiasmo por Clemencia, a quien me declaré en una fiesta, solo obtuvo calabazas. Me fui en el carro que me había prestado mi padre, con chofer, y empecé a salir con otras amigas muy queridas. Con el tiempo, sin embargo, Clemencia pensó distinto y empezó a enviarme mensajes subliminales porque quería volver a verme.

No dejé de salir con María Eugenia Carreño Sinisterra, pero pasé a saludar a Clemencia al Helvetia.

La familia Figueroa ha sido por siglos bogotana, descendiente de pintores coloniales, próspera. Los Serrano eran godos de Zapatoca. A Clemencia la comencé a visitar a caballo, porque no podía contar con el carro de mi padre, a no ser que me dejara en cierto punto y no más allá, para no dañarlo.

Tuvimos que posponer la fecha del matrimonio porque mi suegra iba a dar a luz dos días después. Entonces resolvimos casarnos el 30 de enero de 1960, día de mi cumpleaños, a mis veintitrés. Por esta razón ella ha dejado de recibir innumerables regalos, pues lo que se celebra es mi envejecimiento anual.

Ese día cayó un aguacero memorable. Nos casamos temprano en la Bordadita del Rosario, con un hermoso concierto de la orquesta del maestro Gerhard Rothestein. Los regalos de boda se anunciaron en El Tiempo y en El Espectador con el nombre de quienes los obsequiaban, porque era normal en la época. La luna de miel la vivimos en la casa de campo en Fusagasugá de Emilio Urrea Delgado.

Me tocó pasear el pueblo con el espaldar de la cama sobre el carro buscando quién lo arreglara. Nos instalamos en la mansarda de la casa de la calle 72 y, con un préstamo de Fernando Posada, compré los muebles. Un año después de la ceremonia, y tras descartar una potencial esterilidad, nació Catalina. Al comienzo contamos con la ayuda de una enfermera chismosa y luego de una muchacha que lavaba pañales. La leche en polvo la proveyó mi suegro, quien trabajaba en Cicolac. Cuando lloraba, me tocaba pasearla con tal cuidado que no despertara a mis padres o hermanos, quienes dormían debajo.

Cuando mi padre logró ganar un pleito para El Espectador, porque el Estado lo había clausurado y perseguido con visitas oficiales malintencionadas, mi madre me permitió manejar su Volkswagen anaranjado, que le había regalado don Gabriel Cano con ese motivo. En mi casa nadie manejaba y eso facilitó mis desplazamientos cuando trabajé como juez.

JUEZ MUNICIPAL

Una vez terminé mis estudios fui designado juez municipal en Suba. Trabajar en un despacho judicial era un requisito indispensable para alcanzar el doctorado en Jurisprudencia. El juzgado se encargaba de temas civiles y penales y atendía a una localidad enorme, agrícola, con aterradores niveles de pobreza y un resguardo indígena.

Cuando empezaban a llegar los presos, costaba un enorme trabajo encontrar sus expedientes entre los más de quinientos procesos. Por fortuna conté con la asesoría de Bernardo Gaitán Mahecha, mi profesor de penal. La cárcel quedaba debajo del juzgado y los condenados ingresaban sin avisar, pues no había llave, pero jamás se escapó un solo preso. Si hacía sol, podían ir a la plaza a recibir un poco.

Fue un año apasionante. Cuando salía del juzgado, los habitantes me gritaban: “¡Adiós, señor juez!”. Me encantó administrar justicia, aunque, a la vez, resultaba asustador.

OFICINA DE ABOGADO

Regresé a la oficina de abogado mientras mi padre era director único del Partido Liberal hacia 1961. Asumió la campaña presidencial de Guillermo León Valencia, para lo cual recorrió todo el país. Fumó tanto que sufrió un infarto, no muy serio, pero que le obligó a guardar reposo. Como no podía fumar, su carácter se tornó tan difícil que, en silencio, la familia oraba para que lo volviera a hacer. En esas condiciones dirigió las elecciones de Congreso y fue reelegido senador.

Clemencia y yo esperábamos a nuestro segundo hijo cuando Fabio Lozano y Lozano, presidente y rector de la Tadeo, me nombró profesor en segundo año en la Facultad nocturna de Economía.

PROBLEMAS RENALES

Volví a sufrir de los riñones, un problema que me ha acompañado siempre, esta vez con un mal diagnóstico que llevó a los médicos a recomendarle a mi padre que se hiciera ver en el Hospital de la Universidad de Yale, en New Haven. A mí me sometieron a un chequeo ejecutivo.

Nos alojamos en casa de Germán Zea Hernández, volvimos a ver a Gloria Zea, quien recién se había separado de Fernando Botero, y Germán nos llevó en su carro al hospital. Mi padre recibió la confirmación de su enfermedad cardíaca y celebró mis buenos resultados, que lo llevaron a invitarme a Londres. Así ocurrió, pues en Bogotá no me auguraban una buena vida. Por su parte, a mi padre le redujeron la ración de cigarrillos a diez diarios. Fue tanta su furia que le dijo al médico: “O fumo lo que me dé la gana, o no fumo”. Cumplió su amenaza fumando además tabacos cubanos durante treinta y dos años más, hasta su muerte.

VIAJE A LONDRES

Yo no conocía Europa. Antes de viajar coincidimos en una reunión con el presidente electo, Guillermo León Valencia, con quien nos quedamos conversando hasta muy tarde. Contra reloj nos llevó en caravana de limusinas por la Quinta Avenida, en contravía y a cuarenta millas por hora. Se produjo un accidente al pasar por el puente Verrazzano que generó un choque en cadena, pero aun así llegamos a tiempo y nos recibieron las maletas.

Por primera vez también viajé en primera clase, un lujo que he procurado conservar siempre. Virgilio Barco y Carolina ocupaban la Embajada en Londres. El ministro consejero era Pedro Felipe Valencia, hijo de Guillermo León.

Fui buen amigo de Virgilio Barco y de Carolina, su esposa. Nos invitaban con frecuencia a cine en Palacio, tanto en San Carlos como en la entonces Casa de Nariño. Cuando fue elegido mi papá, nos invitó el presidente de Venezuela. En una visita oficial, todavía sin tomar posesión del cargo, viajamos con mi mamá, otra de mis hermanas y una pequeña comitiva de quienes iban a trabajar con él en la Presidencia. Entre ellos estaba Virgilio Barco.

Papá lo nombró después alcalde de Bogotá y le dio todo el presupuesto y el apoyo para que hiciera una gran Alcaldía, como en efecto ocurrió gracias a que tuvo carta blanca. Por algún motivo que desconozco, los barquistas decidieron después que no les gusta mi papá, cuando fue él quien lo internacionalizó y le entregó la Alcaldía más importante del país en el periodo en que vino el papa Pablo VI. Nosotros no estuvimos presentes porque nadie nos invitó; vimos la ceremonia por televisión desde Bélgica y muy tristes nos acostamos al escuchar al locutor decir: “Su Santidad besa el suelo de la Bolivie”.

Coincidimos también con Eduardo Santos, quien tenía buenas relaciones con mi padre. Admiré profundamente sus conocimientos sobre Inglaterra, que le era tan familiar. Fue un guía excepcional en Oxford, Cambridge y Stratford, cuna de Shakespeare, donde nos quedamos a dormir una noche. Puedo asegurar que soy el único colombiano que puede decir que sobre sus hombros durmieron profundamente, y al tiempo, dos expresidentes de la República, en el teatro que presentaba La doma de la bravía, muy difícil de entender por el idioma.

REGRESO A NUEVA YORK

Al regresar nos encontramos con la noticia de que María Inés Lleras, mi hermana menor, llegaría con mi cuñado Germán Vargas. Se encontraba en estado alarmante y esperaba noticias de los mejores hematólogos e investigadores de los Estados Unidos. Requería con urgencia una transfusión de sangre. Apenas llegó la llevamos de inmediato a Boston, donde permaneció seis angustiosos meses. A mi padre lo recibieron como paciente, pues no podía quedarse a dormir como acompañante, de modo que lo despertaban varias veces para tomarle la temperatura y otros signos vitales, además de pesarlo.

Yo estuve una semana yendo del hotel al hospital y del hospital al hotel. Pero, con tristeza y enorme angustia, tuve que dejarlos, pues estaba por nacer nuestro segundo hijo. A medida que la situación de María Inés empeoró, tuve que ayudar a mi madre a vencer su temor a los aviones y despacharla. A mi hermana le habían dado una expectativa de vida de diez años, pero vivió hasta 1988, cuando murió a los cuarenta y seis.

REGRESO AL PAÍS

Llegué a atender mi oficina, la misma que me permitiría reunir los recursos necesarios para afrontar todos los gastos. El 26 de agosto nació mi hijo Carlos en la Clínica de Marly, bajo el cuidado de Fernando Tamayo.

Una vez graduado fui profesor en mi alma mater, y también en la Tadeo, vínculo que habría de durar muchos años. En 1964 fui nombrado decano de Recursos Naturales, cargo que con el tiempo derivó en la Facultad de Agrología, donde recibí un grado Honoris Causa. Fui elegido miembro vitalicio de su Consejo Directivo, honor al que renuncié en 1974. En 1965 asumí la decanatura de estudios y, en 1969, la presidencia de la institución tras la muerte del doctor Lozano.

UNIVERSIDAD DE AMÉRCA

Jaime Posada, rector de la Universidad de América, me nombró profesor de ciencia política en la Facultad de Ingeniería Química. Aquello resultó un verdadero desastre, pues los estudiantes eran de izquierda y me veían como un oligarca. La mitad del curso se ganó un cero por copiar y tenía que expulsar a más de uno en cada clase. Un día encontré en el tablero un mensaje: “¡Mueran los oligarcas!”, y debajo una horca de la que colgaba mi cadáver con la lengua afuera. Cuando entraron les puse un examen en el que todos sacaron cero. Recordé a mi tío abuelo, que había lanzado por la ventana a uno de sus alumnos por irrespetuoso y analfabeta. En lugar de seguir ese ejemplo, lo que hice fue renunciar.

TESIS DE GRADO

Mi padre y yo entramos en conflicto por mi tesis de grado. No fui abierto con él, quizá por un respeto reverencial o por puro miedo. Un año después se supo que la había hecho sobre Derecho Económico en general. Ese conflicto retrasó la tesis más de lo debido. Pasados dos años, decidí visitar a Germán Botero de los Ríos, secretario del Banco de la República, para pedirle que fuera mi director.

Él, al igual que Carlos Holguín Holguín y Antonio Álvarez Restrepo, integrantes del jurado calificador, conoció las tensiones con mi padre, y les pedí no comentarle nada. Sin embargo, mi padre me llamó asustado para decirme que sus contradictores aseguraban que yo ejercía ilegalmente mi profesión y que estaban investigando todo para hacerle un escándalo. Sin decirle nada, seguí adelante: la tesis avanzó, se la dediqué a mi padre y pude graduarme sin contratiempos. Cuando se la entregué, la dejó en el piso, como si le ardiera en las manos, y jamás hizo un comentario que me permitiera conocer su opinión.

Años después, en las conferencias de la International Fiscal Association, escuché que Germán leía párrafos completos de mi tesis como parte del mensaje del presidente Carlos Lleras Restrepo al Congreso Nacional, para sustentar la expedición del Decreto 444 sobre política monetaria, inversión extranjera y demás. Nunca supe si mi padre llegó a enterarse del uso que le dieron, porque leyeron sin entrecomillar.

La ceremonia de grado tuvo lugar en el claustro del Rosario, en presencia de mi padre como presidente honorario. Fui eximido del examen y recibí una felicitación especial por la seriedad del trabajo. Celebramos con una recepción tímida en mi casa y, desde entonces, pude presentarme como abogado, cumpliendo el sueño de mi infancia. A partir de ese momento pude empezar a atender a mis propios clientes.

VIDA FAMILIAR

En agosto de 1963 nació Ana María, quien nos tomó por sorpresa. Con nuestros tres hijos seguíamos viviendo en la mansarda, en medio de altercados cada vez más frecuentes con mi madre. Mis hermanas avivaban la discordia y, cuando nació la menor, Clemencia regresó a casa de sus padres. Yo salí entonces a buscar un lugar donde vivir en familia y con independencia. Mi padre no intervenía, pero tampoco ayudaba.

Me encantó una casa que había puesto en venta Jaime Calle, vecino de mi padre y de mi hermana Clemencia, quien por entonces vivía con Germán Vargas, hasta su muerte. Eran cuatrocientos metros distribuidos en tres niveles, muy bien conservados, construidos a comienzos de los años cuarenta, y costaba doscientos cuarenta y nueve mil pesos. No tenía el dinero, pero obtuve un préstamo hipotecario a cinco años de la Previsora; mi tía Elvira me prestó parte de sus ahorros y vendí las acciones que había recibido de mi padre al nacer.

Vivimos allí sin cortinas, por lo que el primer piso parecía una vitrina, sin tapetes, sin los muebles suficientes, sin lámparas, pero con orgullo por el logro. Cubrimos los pisos con esteras baratas y dispusimos los regalos que habíamos recibido de matrimonio. Para sostenernos mes a mes, vendí a Alberto Lozano mi 25% en la inversión del bus de transporte urbano, lo que me dio alivio financiero por seis meses.

ASOCIACIÓN NACIONAL DE EMPRESAS DE TELÉFONOS – ANET

En medio de mis dificultades económicas me cayó del cielo el nombramiento como secretario ejecutivo de la Asociación Nacional de Empresas de Teléfonos, ANET. Gracias a ello tuve tres trabajos de medio tiempo que me permitieron mercar para la casa.

Esa exigencia me preparó para estar a la altura cuando trabajé como asesor del Banco de la República en el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos, en la Flota Mercante, en la Asamblea Nacional Constituyente, en la Embajada en Washington y en la dirección de El Espectador. Me recordaba la herencia genética, pues las cartas que se cruzaron mi abuelo Lleras y mi padre, que conservo, son ejemplo del destino que nos marcó: un trabajo arduo, dedicado, con sudor de la propia frente y no de la ajena.

Trabajando en la empresa de teléfonos se abrió la licitación para instalar el sistema de microondas, entonces una novedad. Un representante de una de las firmas participantes me visitó en mi oficina particular para ofrecerme quinientos mil pesos por una supuesta asesoría. Mi casa había costado doscientos cuarenta y nueve mil. Reaccioné de inmediato y con firmeza: era el secretario ejecutivo de la Asociación, el hijo del próximo presidente de la República y un profesional sin tacha. Me levanté y le ordené retirarse. Años después esa misma compañía terminó implicada en un escándalo de corrupción que, como suele suceder en Colombia, no llegó a nada.

Carlos Albán Holguín y yo recibimos invitaciones para conocer las fábricas en el viejo continente, visitas que incluían a nuestras esposas. Por fortuna pudimos viajar, pues tras consultar con las juntas directivas y con los presidentes de las empresas involucradas, se concluyó que no había conflicto de intereses.

Durante un mes recorrimos Nueva York, Londres, Coventry, Estocolmo, Copenhague, Hamburgo, Berlín, Múnich y París. También visitamos la sede de Swissair, la compañía suiza de aviación de la que yo era abogado.

En Nueva York fuimos a museos, pero también a contemplar las vitrinas de la Quinta Avenida, montamos en metro y comimos por tres dólares.

En Londres nos encontramos con Eduardo Santos, quien se alojaba en el Plaza, como nosotros, donde nos trataban como príncipes. Una noche nos invitó a un restaurante memorable, mientras que por las mañanas nosotros debíamos salir a buscar dónde desayunar, pues no teníamos los cinco o seis dólares que costaba en el hotel por persona.

CANDIDATURA PRESIDENCIAL CARLOS LLERAS RESTREPO

El año 1963 estuvo marcado por una demoledora crisis familiar, pero también por la candidatura presidencial de mi padre, que avanzaba con muchos altibajos, y por el nacimiento de Germán Vargas Lleras, hijo de mi hermana Clemencia.

Cuando Guillermo León Valencia asumió la Presidencia, desconoció los acuerdos alcanzados con mi padre en sus conversaciones en Boston y realizó nombramientos sujetos a compromisos políticos. Mi padre no confiaba en las capacidades de estadista del presidente. Luego vino la gran crisis económica que lo obligó a cambiar el gabinete.

En 1964 mi padre viajó a Ginebra para asistir a la Primera Unctad, de la cual fue precursor. No tenía afán de regresar, pues su precandidatura no estaba consolidada, más bien enredada, aunque sin descuidar la política en el país. Yo le enviaba cartas aconsejándolo, mensajes que no desestimó y que, por el contrario, siguió.

Mientras tanto, mi madre había viajado en buque a Londres para acompañar a mi hermana Clemencia, quien estaba a punto de dar a luz a José Antonio, que luego sería secretario privado de Ernesto Samper, embajador en Bélgica y gerente de la Empresa de Energía Eléctrica. Vivían en el Consulado General que ocupaba Germán Vargas Espinosa.

UNIVERSIDAD JORGE TADEO LOZANO

Durante la campaña de mi padre asumí el cargo de decano de estudios en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Coincidió con una huelga promovida por algunos fundadores y el sindicato de profesores. Consideré que era un ataque dirigido contra Lozano, así que actué con toda firmeza, disolví la protesta y despedí a casi doscientos docentes, sin afectar a ningún estudiante. Esta no fue la única huelga: poco después surgió otra por parte de alumnos que deseaban obtener un doctorado tras solo cinco años de estudios.

Nunca descuidé mi oficina de abogado ni a mis clientes, fuente de mi sustento y de la mejora de nuestra vivienda. Paralelamente continuaba con mi trabajo en ANET; la última asamblea anual a la que asistí se realizó en Pereira.

ASESOR JURÍDICO

Antes de la presidencia de mi padre, fui asesor jurídico de la Corporación de los Valles del Magdalena y del Sinú, tenía prácticamente la Costa Atlántica para hacer un trabajo muy lindo, como tener por primera vez guarda costas, que luego los acabaron, y guardas forestales armados, que también los acabaron. Estoy hablando del año 64. Ya cuando iba a cerrar la oficina, como debe hacer la gente de bien, dada la elección de mi padre, me reuní con Virgilio Barco.

Habíamos estado juntos en una misión en Bucaramanga, porque la Corporación en buena parte trabajó sobre la meseta de esa ciudad, que estaba cayéndose sobre un barrio del Instituto de Crédito Territorial, donde habían sembrado toda la montaña de yuca, que es la que más destruye terrenos porque se arranca, generando erosión. Asistí a la inauguración con Virgilio y en la Corporación decían que iban a acabarla, entonces nos sentamos a preparar un decreto para transformarla en el Instituto Nacional de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente, INDERENA, que se volvió nacional, y se lo dejamos a mi papá, que ya posesionado lo firmó. Julio Carrizosa Umaña, después, fue su director por mucho tiempo, sobrino de la abuela de mi mujer.

Por parte de la Corporación, soy ad honorem, inspector de recursos naturales, nombrado en homenaje.

No me he afanado por ser algo, he esperado para ver qué pasa con uno.

Con estos relatos no trato de quedar bien con nadie ni busco descrestar calentanos.

REGRESO DE SU PADRE AL PAÍS

Al regreso, mi padre se encontró con que las dos convenciones liberales decidieron someter su nombre en el Partido Conservador. Para ese momento, 1966, un grupo de estudiantes universitarios en Medellín proclamó su nombre para la Presidencia. Mi padre siempre recibió un apoyo muy amplio de Antioquia, simpatías que yo no heredé. Se enfrentaban al MRL, al laureanismo y a la Anapo, y tenía dentro del oficialismo a un sector enemigo conformado por caciques, todos unos clientelistas y políticos corruptos, quienes rodeaban a Julio César Turbay.

Mientras tanto, Carlos Sanz de Santamaría, el gran devaluador, había sido reemplazado en el Ministerio de Hacienda por Joaquín Vallejo, extraordinario funcionario a quien mucho le debemos.

La campaña de mi padre fue muy ardua, agotadora, pues recorrió todos los rincones del país, incluso muchos de ellos en mula y otros en canoa. Lo acompañé en algunos de sus recorridos, pues coincidió con mi nombramiento en la Tadeo.

El 19 de abril de 1966, cuando mi padre tenía cincuenta y ocho años, se llevaron a cabo las elecciones, que ganó con holgura, derrotando a sus oponentes. Esta fue la manera como selló una carrera política que había comenzado a sus veintiuno, hacía treinta y siete años ocupando cargos de reconocida importancia.

La victoria la celebramos en la casa; en la plaza hubo conjuntos musicales que habían llevado dirigentes liberales. Escuchamos el timbre: se trataba del presidente Valencia, quien había llegado con botella de champaña y un gesto amable, no muy propio en él.

Con su victoria llegó mi retiro del ejercicio profesional, lo cual me hizo sentir una profunda nostalgia, cierta melancolía. Y perdí mi clientela, porque nadie espera por un médico ni por un abogado, difícilmente los cambia. Esta fue una reflexión que tuve que hacer, pues la ética rigurosa había presidido nuestra vida, había orientado nuestra formación.

De manera silenciosa empecé a buscar puesto en el exterior que no fuera un cargo público y a renunciar a los poderes que me habían otorgado, como a los de veinticinco españoles socios de ICOLLANTAS.

FLOTA MERCANTE GRANCOLOMBIANA

No fue posible que Arturo Gómez Jaramillo me vinculara a la Federación Nacional de Cafeteros, pero sí me puso a hablar con Álvaro Díaz de la Flota Mercante Grancolombiana. Había una vacante en Ámsterdam que, como abogado rosarista, podía ocupar, así no conociera del sector. Mi esposa estuvo de acuerdo e inicié en Bogotá para tener, por lo menos, dos meses de entrenamiento.

Cuando mi padre me llamó a decirme que debíamos cerrar la oficina, yo le conté todo lo que ya había hecho. Se sorprendió y no quería que me fuera del país, que no lo acompañara en esta etapa de su vida. En esa época era normal que los presidentes nombraran a sus hijos en cargos ejecutivos, y mi papá me ofreció la Dirección de Acción Comunal de Suba. Entendió perfectamente mis motivos para no aceptar y no se volvió a hablar del tema, solo de los preparativos para su posesión y mi viaje.

Puse en arriendo la casa, seguí pagando la hipoteca, la cuota del Jockey y los impuestos, vendí mis muebles y el carro. El primero de julio comencé labores para permanecer en el cargo, no los cuatro años que duró la Presidencia de mi padre, sino quince, porque el negocio marítimo me fascinó.

Viajamos vía Nueva York con los hijos y la niñera. Me adelanté a nuestro destino final para tener todo listo para cuando me dieran alcance. Nos instalamos en Bélgica; mis hijos estudiaron en el colegio que estaba subsidiado por el Estado y no estratificado, en el que compartían el hijo del lechero con multimillonarios. Por otro lado, preferimos siempre el tren a manejar carro. Conocimos buena parte de Europa visitando destinos espléndidos, repitiendo París, cumpliendo mi sueño de ir al Festival de Salzburgo. Entonces, poco ahorramos porque decidí cambiar dinero por recuerdos.

CONSEJERO ANTE LAS COMUNIDADES EUROPEAS

Viviendo en Bruselas, fui consejero en la Misión Colombia ante las Comunidades Europeas. Desde esta responsabilidad, de manera mancomunada con Camilo de la Torre, director de Proexpo, y Miguel Fadul, gerente del Instituto de Fomento Industrial, pude hacer un buen número de visitas a empresas interesadas en adquirir bienes producidos en Colombia. También organicé reuniones con embajadores ante la CEE, una en Bruselas y otra en París. No hubo una tercera, que se había proyectado realizar en Berlín, porque para 1968 yo ya estaba planeando mi regreso a Bogotá, para lo cual renuncié al cargo.

REGRESO AL PAÍS

Mi regreso al país, el día de mi cumpleaños número treinta y dos, estuvo marcado por las dificultades económicas, dada la persecución de un sindicalista, rufián, samario que buscaba fastidiar a mi papá molestándome a mí. Habló de nepotismo para referirse al crédito hipotecario adquirido años atrás, cuando mi papá ni siquiera era candidato presidencial, mucho menos presidente, ni mi tío Enrique gerente del Seguro Social, entidad dueña de seguros La Previsora.

Tuve que tramitar un préstamo ante el Banco Cafetero, pedir la liquidación parcial de mis cesantías y hacer uso de unos dólares con el fin de pagar anticipadamente mi deuda. No es fácil para la gente honrada enfrentar este tipo de calumnias, mientras que funcionarios públicos entran pobres y salen millonarios del gobierno haciendo negocios en forma descarada.

Para ese momento y en muy poco tiempo ya habían fallecido todos mis tíos Restrepo Briceño, también Roberto, Isabel, las mellizas y Helena Lleras Restrepo, y muy rápidamente después Federico. Pero también mis tías abuelas Julia y Lola Cortés Gregory, y Gustavo Camacho, esposo de mi tía Carlota.

Del aeropuerto, en el que nos recibió toda la familia, fuimos a Hatogrande, la hacienda de descanso de los presidentes, que mi mamá había organizado muy linda y en la que los niños pasaron unas vacaciones magníficas antes de comenzar sus clases en el Liceo Francés.

Por mi parte, continué trabajando en la Flota Mercante, aunque ahora con sueldo en pesos y un nuevo contrato como jefe de la División Comercial, a la que hoy llaman Vicepresidencia. Desde este cargo tuve que afrontar un gran escándalo en medios y amenazas de paro. Logramos que Italia y España nos permitieran el tráfico entre los puertos del Mediterráneo y Venezuela y el Caribe colombiano. También llegamos a otras fronteras como Japón, Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong. Hicimos el primer embarque de carbón de El Cerrejón en el gobierno de Belisario.

En quince años ocurren muchas cosas que están en buen número relatadas con algún nivel de detalle en el libro Partitura indiscreta, de Editorial Planeta.

Gracias a la buena remuneración, pudimos hacer en familia numerosos viajes, todos ellos muy encantadores.

Me retiré en 1982, dado que la persona a quien iba a suceder en el cargo cada año anunciaba su retiro, no sin antes advertir que su salud era de hierro y que su padre había muerto a los noventa y seis años. Pero se pensionó dos años más tarde.

Así como esta etapa comenzó con problemas, terminó con más. Me acusaron injustamente de haber traído una lavadora y carros ilegalmente, lo que se demostró que no era cierto. El debate contra mí, también por impuestos, y que se dio en el Congreso, murió a los seis meses por sustracción de materia. Lo que devino en mí fue una crisis por cálculos renales, de los que me operó Alfonso Latiff en la Marly.

Pese a que le pedí a mi abogado que metiera a la cárcel a Vives, dado que se había configurado el delito de calumnia, me recomendó no hacerlo al considerar que, en este país, todo el que ejerce su derecho de hacer castigar a un calumniador acaba preso.

CAMBIO DE DÉCADA

Con el cambio de década también vinieron muchas cosas, como la fallida reelección de mi padre y el inicio de una etapa de muy bajo perfil para su actuar político, el espacio a nuevas figuras políticas con el surgimiento de Luis Carlos Galán, la muerte de mi hermana, también la de Carlota, una especie de desmembración familiar.

Monté oficina de abogados con Camilo Caicedo en la carrera novena con calle setenta y cuatro, gracias a buenos amigos constructores. Abrimos con una gran clientela, a la que le debo todo lo que tengo. Llegó a ser una de las más importantes oficinas de abogados en Bogotá. A ella se sumaron más profesionales, y mi hija Catalina nos acompañó unos pocos meses para luego trabajar con Marta Lucía Ramírez.

Mi padre empezó a tener problemas de memoria, pero también con sus arterias, que lo obligaron a viajar a Atlanta con su cardiólogo, Reinaldo Cabrera, José Félix Patiño Restrepo y otros médicos. Como mi madre no lo acompañó, yo fui con él. En ese viaje empecé a sentir molestias en el costado izquierdo de mi cintura, pero no le di importancia. Siendo yo el responsable de cuidar y atender a mi padre, me estaba convirtiendo también en enfermo. A los dos nos operaron en la misma mañana. A él le pusieron cuatro bypasses y a mí me extrajeron un cálculo de un riñón. Mi padre se recuperaba muy rápidamente, mientras que yo seguía mal.

Clemencia me dio alcance para tomarnos unos días de descanso en Miami, mientras que mi padre regresó a Colombia estando él en muy buenas condiciones. En últimas, este descanso no se dio, y yo encontré alivio al consultar a Latiff, evitándome una segunda intervención quirúrgica.

Mis tres hijos mayores se casaron, yo invertí en una propiedad en Villa de Leyva y en mi apartamento de La Cabrera; en 1987 se casó mi hijo Carlos, y en 1988 murió mi hermana María Inés, poco antes de que naciera mi nieta Carolina.

ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE – 1990

En octubre o noviembre de 1990 recibí una llamada de Álvaro Gómez Hurtado, quien quería que nos reuniéramos. Pese a que no fue él muy de los afectos de la familia, como tampoco lo fue su padre, nos sentamos a conversar y me invitó a que hiciéramos una coalición para aspirar los dos por el Movimiento de Salvación Nacional a la Constituyente.

Pertenezco a una familia de constituyentes, desde 1821 hasta 1968, por lo cual no fui indiferente a su ofrecimiento. Mi padre no se presentó al considerar que se había perdido la disciplina de partido y, por lo mismo, serían muchas las listas.

Con Álvaro dejamos clara la manera como trabajaríamos en función de influir de manera notoria en las deliberaciones. La campaña fue corta y dio muy buenos resultados gracias a los votos conservadores, pero también a los de Juan Carlos Esguerra, Alberto Zalamea y a los míos.

Las sesiones inicialmente se dieron en el Centro de Convenciones, luego en el Capitolio. Los liberales, aunque desunidos, ocuparon las primeras filas, detrás el M–19 y luego nosotros. Hice parte de la Comisión de Ética que le hizo renunciar a Maturana, quien pretendía votar vía fax cuando con eso violaba el reglamento.

Se nombraron los cargos directivos, intervine para que se aprobara su reglamento, también hice parte de la comisión redactora. La sala de reuniones se convirtió en el tertuliadero de los pocos constituyentes que se presentaban; entonces pedí que nos trasladáramos a la sede del Instituto Caro y Cuervo. Como suele ocurrir en Colombia, los ausentes al final dijeron que era necesario revisar ciento ochenta artículos desde el comienzo. También hubo sustracción tramposa de los textos aprobados, alterándolos y obligándonos a revisarlos nuevamente. La responsabilidad del inmenso e irreversible daño recae en un lacayo de Navarro, pues este le llevaba información cuando yo había prohibido terminantemente que se informara a terceros de los avances. Y yo califiqué de manera ingenua de caso fortuito a una maniobra cuidadosamente planeada.

Se presentaron varias demandas al Consejo de Estado y en la Corte por las actuaciones en la Asamblea. Pensé que, si la Asamblea era soberana, entonces esta podría defender su reglamento con actos reformatorios de vigencia inmediata; se gestionó causando gran revuelo.

Propuse y se aprobó un articulado que dividía las funciones del presidente como jefe de Estado, jefe de Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa, pero luego se cayó. Mi trabajo fue publicado en el libro La Rama Ejecutiva del Poder Público. También trabajé hasta sacar aprobada la autonomía del Banco de la República. Este tema quedó consignado en un libro de Fedesarrollo, que compiló Roberto Steiner, del cual escribí el capítulo tercero. Finalmente, me concentré en lo referente a la revocatoria del Congreso; sus detalles se pueden leer en mi libro Partitura Indiscreta.

Clausurada la Asamblea, me dediqué por tres años a mi ejercicio de abogado.

EMBAJADOR EN WASHINGTON

Ernesto Samper me invitó a que lo acompañara a la Asamblea General de la ONU. Viajé, no sin antes consultar al cardiólogo de mi padre, pero era imposible garantizar su estabilidad. En la madrugada del 27 de septiembre recibí una llamada en la que se me anunciaba su fallecimiento. Por fortuna, fue una muerte digna, tranquila, en la casa. El protocolo de su entierro estaba a cargo del Ministerio de Relaciones. Cuando llegué, el féretro se encontraba en cámara ardiente, acompañado de una extensísima fila de personas que buscaban rendirle un homenaje póstumo. Sus restos descansan junto a la tumba de mi hermana Clemencia, como él lo quiso siempre. Por supuesto, se le rindieron honores militares, algo que resulta muy conmovedor. El país vio desaparecer a uno de los hombres más importantes de la historia del siglo XX.

Un mes después de su muerte, yo ya me encontraba en Washington, nombrado embajador por Ernesto Samper con Bill Clinton en la Presidencia de los Estados Unidos.

Haber aceptado es algo de lo que no me arrepiento. Conformé un equipo de colaboradores de muy altas calidades, del que hizo parte Fidel Cano, pero también Diego Pizano, Patricia Correa, Camilo Salazar, Mauricio Echeverry, Beatriz Dávila de Santo Domingo y varios otros. Fuimos tan solo diez funcionarios para constituir una de las embajadas más pequeñas.

Nos instalamos sin mayores inconvenientes. Durante el primer mes no debía visitar a congresistas ni a funcionarios del Gobierno, sino que debía limitarme a presentar mis credenciales ante el Cuerpo Diplomático.

En una de las fiestas ofrecí flores que tenía en la Embajada, pues los floricultores de la sabana me las mandaban de regalo todas las semanas. También las regalaba a la iglesia. Cuando había fiestas, yo pedía más, lo cual hacía que el embajador fuera una persona muy solicitada.

En la fiesta que ofreció Hillary Clinton, que era seria, muy seria, pasé a saludarla. Me dijo: “Embajador, ¿qué se ha hecho que no lo veo nunca?” —“No me ve porque no me invita. Si lo hace, yo vengo porque la Casa Blanca me gusta mucho”.

El protocolo exigía que el embajador fuera con sus hijos y su esposa; entonces yo fui con mi mujer y con Cristina, la única hija que estaba en Washington en ese entonces.

Connacionales que eran funcionarios de la OEA se dedicaron a dañar las relaciones que tenía con César Gaviria y fui víctima de sustracciones dolosas de los bancos de datos de la Embajada.

En reunión con el secretario de Estado para Derechos Humanos, me reusé a leer una lista de ascenso de altos oficiales del Ejército colombiano que me entregó y que el gobierno norteamericano rechazaba. No había terminado de hablar cuando, con fuerza, golpeé la mesa y manifesté que el gobierno colombiano no permitía que se inmiscuyeran en el manejo de la Fuerza Pública. Con insistencia expliqué lo inútil que resultaba la lucha contra el narcotráfico si no se tenía el control del territorio en manos de guerrillas. La situación del país entre 1994 y 1998 conllevó a su descertificación, sin fundamento.

Estando reunido en Bogotá con el general Serrano, al finalizar la reunión fui condecorado con el distintivo Servicios Distinguidos, Categoría Especial, con una placa de la División Antinarcóticos; luego hubo fiesta y ponqué, pues era mi cumpleaños.

No solo sobreviví a esta época, sino que no fui objeto de sanción alguna. Mientras estuve en la Embajada, a Samper no le quitaron la visa a quien vi un par de veces en ese país.

Casi todos los embajadores, con los que tuvimos fuertes vínculos, nos ofrecieron cenas de despedida. Y el primero de julio de 1996 estábamos de regreso a nuestro apartamento en Bogotá.

PRECANDIDATO PRESIDENCIAL – 1994 Y 1998

No presté atención a los consejos de una pitonisa; entonces preparé mi candidatura presidencial. Para esto estructuré un programa de gobierno que fuera coherente y que me sirviera de plataforma, apoyado en académicos y gente de diferentes vertientes políticas. Este se puede leer en Partitura Indiscreta.

Creamos la Fundación Colombianos en Acción para dar conferencias académicas, las cuales no me ayudaron en mi propósito político, como me lo advirtieron muy oportunamente un par de amigos.

Siento no haber tenido la oportunidad de sacar adelante la campaña a la Presidencia de la República, pues conté con gente extraordinaria que diseñó un plan como el que el país necesitaba en ese momento.

La campaña de Alfonso Valdivieso no iba bien, y me visitó en mi oficina para conversar. No quise el apoyo de Horacio Serpa por ser el candidato de Samper; Pastrana me parecía inepto, como se confirmó después; entonces decidí rodear a Noemí Sanín, quien perdió contra Uribe.

EL ESPECTADOR

Julio Mario Santo Domingo me invitó a cenar a su apartamento de Park Avenue con mi esposa. Luego de socializar, me dijo que teníamos que conversar en privado, por lo que al día siguiente almorzamos. En ese almuerzo me ofreció la dirección de El Espectador, que dejaba Rodrigo Pardo, quien poco participaba de temas administrativos. Lo que nunca supe era que el periódico estaba quebrado, situación que me achacan.

La historia de El Espectador es muy compleja. En ese momento cargaba con enormes pasivos y cargo de pensiones, equipos en desuso, pérdida de suscriptores y pocos avisos.

En 2001 tuve una operación de corazón abierto que se repitió. Pero mi salud nunca me impidió atender mis responsabilidades.

Cuando se pensó en venderlo, ni el Grupo Prisa, ni El Colombiano, ni El País de Cali se interesaron en adquirirlo. Es claro que yo no lo llevé a la quiebra; cuando lo recibí estaba en una crisis profunda.

HIJOS

Ninguna de mis tres hijas tiene un peso, son pobres de solemnidad, se defienden porque trabajan.

Catalina, la mayor, nos ha dado grandes satisfacciones en la vida. Estudió en el Liceo Francés, se graduó de abogada en la Universidad del Rosario, fue colegial, secretaria académica de la Facultad de Derecho, es secretaria general de la Universidad. También ha hecho una carrera muy hermosa, pues trabajó en la Superintendencia Bancaria, fue abogada del Banco Popular y luego trabajó conmigo en la oficina. Como suele pasarles a los hijos que se van a trabajar con el papá, se aburren porque estos abusan de aquellos exigiéndoles más de lo debido.

Carlos III, el segundo de mis hijos, mi único hijo varón, ejemplo de hombre de bien, estudioso, trabajador, un arquitecto magnífico.

Construyó una casa muy hermosa en Villa de Leyva, donde sufrió un infarto muy grave. Él pensó que estaba enfermo del estómago. Entonces, para arreglarlo, montó tres horas en bicicleta fija y a caballo. Viajó a las diez de la noche porque seguía mal; llegaron a la Fundación Santa Fe, donde de inmediato lo atendieron los cardiólogos.

Pasado este drama, a Clemencia le llamó la atención ver una astilla junto a un cajón cerrado con llave de un mueble, lo que no le pareció normal. Entonces decidió abrirlo. Resulta que lo habían desocupado, le habían robado las joyas que le habían quedado después de otro robo muy grande que había sufrido. A mí me robaron también algunas cosas.

Algún día, a finales de 2018, me encontré con un estuche pequeñito que iba a botar a la caneca. Como decidí revisarlo, allí estaba la argolla que mi mamá le había dado a mi papá el día de matrimonio y que por dentro dice: “Cecilia de la Fuente, marzo 1932”. Me lo puse en el dedo pulgar para honrarla a ella; es un símbolo de su presencia en mi vida. Es tan importante para mí que, estando en el Festival de Música de Cartagena, antes de salir del hotel me fui a lavar las manos y se cayó. Rompieron tuberías para rescatarlo.

Cuando adelantaba mi tesis, nació Ana María quien, como dije, nos tomó por sorpresa. Su bautizo estuvo marcado por intrincadas negociaciones entre mi tía abuela Carlota y mi madre, quien se negaba a participar de la ceremonia que se hizo en la clínica con ponqué y champaña, pero sin entusiasmo alguno.

Es ella una persona difícil, buena luchadora que ha salido adelante en la vida y quien nos ha dado un nieto maravilloso. Trabajó en Proexpo, hizo una labor magnífica en la Federación de Cafeteros e hizo campaña para la Cámara de Representantes.

Cristina, la menor, tiene doctorado de George Town, maestría de la Universidad de los Andes, es experta en museografía y fue curadora del Museo Nacional. Dicta clases en la Javeriana, organiza ferias de libros y dicta conferencias internacionales.

CIERRE

De todos mis hermanos solo quedo yo. Quedan también mis sobrinos Vargas Lleras, nietos de mi papá, con quienes no tengo relación ninguna a excepción de José Antonio, mi ahijado de bautismo, un muy buen muchacho.

error: Content is protected !!
Scroll to Top