Carlos Blanco

 

Colombiano, hijo de padre español que emigró después de los años cincuenta, época de la postguerra, y de madre colombiana. Se formó en Bogotá, estudió en colegio bilingüe y luego en la Javeriana para hacerse Arquitecto con doctorado en la Complutense de Madrid. Es de tener muy buenos amigos pero no se condiciona por los grupos. Tiene un problema con los libros, porque los deja con una nota en el lugar donde termina de leerlos, para que quien los encuentre, los siga rotando.

Es un artista que literalmente Vive del Aire.

 

Mi padre viajó en un momento en que para salir de España había que pedir una carta que autorizaba el generalísimo Franco, la que demoró dos años. Lo acompañaron ochenta gallegos en un barco que tomó veinte días para llegar. Hacían cuatro paradas, una en Venezuela, otra en Cuba, una más en Colombia y finalmente México. Él vio que nadie se bajó en Colombia y decidió hacerlo, lo que me parece muy admirable porque fue una muestra de valentía y coraje.

 

Entra por Puerto Colombia, llega a Barranquilla y se vincula laboralmente con Olivetti, que era una compañía de máquinas de escribir Italiana. Luego es trasladado a Bogotá, lugar donde conoce a mi mamá dado que ella trabajaba con Remington Raad competencia fuerte y directa. Eran los tempranos 50’s.

 

A los dos años de conocerse contraen matrimonio en la iglesia de San Diego. Tienen dos hijos, yo soy el segundo, un nerdo absoluto y, bueno, lo sigo siendo (risas). Para darte una muestra de ello, te cuento que obtuve la tercera calificación más alta de Colombia en el ICFES y con eso pude exponerme a la Universidad que quisiera ingresar, así que me decidí por la Javeriana. Comencé ingeniería civil pero me transferí en segundo año a Arquitectura y me gradué con diecinueve años cuando ya estaba trabajando en mi propia oficina y además ya contaba con dibujantes a mi cargo.

 

– ¿Es inevitable preguntarte cuánto fue tu calificación promedio de la carrera?

 

¡4.3 sobre 5 pero por culpa de un profesor!

 

– ¿Pero cómo me dices que por culpa de un profesor como si fuera un mal promedio!

 

¡Sí! Porque me rajó en una materia. El profesor era bastante perezoso, vino a dos clases para volver a los tres meses. Yo fui el único que evolucionó el trabajo y no le gustó. Me hicieron curso remedial durante vacaciones, es injusto, con ese tiempo hubiera hecho milagros.

 

– ¡Imperdonable! Pero sígueme contando.

 

Un día me levanté, era sábado, y decidí irme para España. Vendí la compañía y mis bienes, y te cuento que hasta tenía novia para casarme siendo muy joven pero cambié mi rumbo. Mi disculpa fue hacer un postgrado aprovechando mi doble nacionalidad. Me comienzo a vincular con el circuito de Madrid en el momento que iniciaba la apertura del socialismo, estaba en todo el boom. Felipe González –presidente- había hecho un apoyo incondicional a la cultura. En ese tiempo se inaugura el Centro de Arte Reina Sofía, con el que tengo un vínculo emocional muy fuerte por las experiencias que tuve ahí y que permanecen en mi memoria por siempre. En éste Centro se dio el nacimiento del arte contemporáneo, por lo menos fue el que le dio visibilidad y por lo tanto fue allí donde se hablaba de un gran plan de exposiciones. Durante diez años, disfruté de lo que se llamaba la famosa Movida en Madrid. Conocí a muchos artistas españoles y empecé a exponer. Allí pasaron diez años, quizás once, viniendo de manera intermitente a Colombia y en esas logré una primera exposición en la galería de Alonso Garcés, cuando Azeneth estaba viva. En ese momento mi trabajo era pintura expresionista en acrílico.

 

Era la primera vez que visitaba el país luego de muchos años de estar por fuera pero igual decido regresar a Europa para quedarme unos años más. Estuve en Roma, en París, Berlín y luego me trasladé a Nueva York.

 

Hay una frase que escuché recientemente, a través de una experiencia que tuve en el taller y para contártela, abro un paréntesis:

 

A mi taller ingresó a trabajar un joven que fue sicario alguna vez en su vida, frecuentó un prostíbulo, robó carros. Me colaboró durante nueve meses. Él se acercó al arte porque pensó, y lo sigue pensando, que el arte es una manera de sanar el alma, que de alguna forma es una virtud colectiva por una Colombia muy violenta, compulsiva, irracional, y en su proceso, es decir, el que le tocó vivir con la sola opción de robar, encontró una salida. Después de estar trabajando conmigo se fue de viaje y me dijo algo que me invitó a la reflexión:

 

— Mire, la persona que hace arte pensando que es un trabajo pierde. Esto es una aventura.

 

Con esto te estoy diciendo que en los momentos de mi vida en Europa, pasé por experiencias increíbles, compartí con muchos artistas pero las experiencias eran de todo tipo, había momentos de mucha carencia, de trabajar en lo que pudiera para poder hacer exposiciones. Una de las que me dio mucha presencia internacional fue en el evento La Documenta IX de arte contemporáneo que ocurre cada cinco años. A mí se me ocurrió colarme, como te imaginarás generé el mayor de los escándalos. Obedecí a ese sentimiento que tenemos nosotros los latinos de oportunismo. Llevé cuatro maletas que servían de esculturas pues con ellas hacía una especie de trípode, la gente metía la cabeza dentro de ellas y como en su interior habían salas de exhibición, me representaba a mí, al emigrante, para el que las maletas es su mundo, al que tiene que estar buscándose la vida. Así me movía por toda la ciudad, la gente me encontraba en un lugar y luego en otro, resultaba muy fácil hacerlo. Esto me dio una presencia en Europa y comencé a exponer mucho allá.

 

Lo más interesante de la creación es el encuentro con el otro porque te puede dar una pista de la vida, te puede dar una frase célebre, puede cambiarte.

 

Al siguiente año me fui a la bienal de Venecia. Hice lo mismo, aunque en esta ocasión el director en Italia me entregó una carta de permiso para exponer mi obra durante el evento que ocurría en la calle. Fue muy interesante porque en los procesos que siempre hago, inicialmente trabajo directamente afuera, no me interesaba tanto exponer en un espacio limitado, cerrado, sino tener una relación abierta con todo tipo de personas, desde el que no sabe de arte. Lo más bonito, aparte de hablar con grandes artistas, fue que me acercó a una mujer que era tetrapléjica, y como no podía acceder a mis maletas-baúles pues le resultaban muy altas, yo le expliqué mi proyecto y ella me habló del accidente que tuvo en un automóvil. Me explicó que hay que vivir con el dolor, lo que me puso a pensar en que todo está en la cabeza, pero ella me dice:

 

— No, está en todo tu cuerpo, porque el cuerpo tiene memoria.

 

El pensamiento que yo tenía hasta ese momento cambió. A partir de ahí veo el cuerpo como un todo, lo que me permite entender que la figura humana, que nos rige a todos, es importante. Comencé a hacer proyectos de otra magnitud involucrando el cuerpo.

 

El trabajo más reciente es una locura. Me tomó diez años y es básicamente sumar aire, transmitir movimiento, emigrar, llevar las maletas y baúles, y desplazarse en la calle. Luego hice unos inflables, morrales de los que salen alas gigantes, luego caracoles que se mueven, nubes; siempre integrando elementos del viaje.

 

He expuesto en veinte países del mundo, mi experiencia entonces es el encuentro con el otro, donde se dan conversaciones muy profundas sobre la vida y yo creo que el gran pretexto del arte es poder hablar de ella, cuestionarla con un elemento que está ahí pero que representa lo efímeros que somos. Ahí lo bonito es que yo no estaba en galerías sino con mi público afuera.

 

Resultaba muy divertido, en el caso del proyecto de nubes, las que yo transportaba en un camión, ver cómo la gente se metía entre ellas. En una experiencia que tuve con mis nubes, se entiende lo que es ser colombiano. Estaba en Soho y necesitaba un generador muy grande. Cuando lo estaba bajando del carro con ayuda de un asistente, dos negros se lo robaron. Corro detrás de ellos gritando y en un momento digo:

 

— ¡Paren ###@´s porque soy colombiano!

 

En ese momento ellos se detuvieron y yo me sentí como en partido de fútbol cuando sacas la bandera de Colombia.

 

Tenemos un instinto muy elevado de supervivencia donde individualmente hacemos una construcción pero colectivamente nos cuesta mucho, por lo mismo, veo en mi trabajo un valor agregado muy importante, el de ser colectivos. El color ayuda a cambiar el mundo y yo soy color, porque en medio de tantos blancos y negros, pintando tragedias, les damos más fuerza a éstas, el color, por el contrario, es un principio de vida. Si bien no soy un artista que responde a un principio antropológico, el viajar alrededor del mundo me hace consciente del ser humano, por lo mismo busco la globalidad. Busco ser más universal.

 

Hay momentos muy complejos en los que se hace difícil respirar, eso lo tengo claro, lo he experimentado, por lo mismo mi trabajo se enfoca en el aire porque tiene una fuerza creativa muy grande, además tiene mucho contenido espiritual y científico. En una sola partícula de aire puedes archivar un universo entero aunque no somos conscientes de eso. He conocido mucha gente genio y te garantizo que procesan diferente su aire, captan la memoria, las esencias, para hacer cosas increíbles desde cualquier nivel.

 

He querido entender y envolver el aire, siempre he sentido la necesidad de taparlo. Como escultor he tenido que atender el deseo de ver el Gran Cañón que es una cosa inconmensurable y me impresionó bastante. Por accidente de la vida, cuando niño vi a mis papás hacer el amor, situación que me marcó como creador, eso lo rompe a uno, lo hace cambiar y evolucionar, entender que no hay nada malo, -sin la mala mirada-. Estas dos experiencias me hicieron cuestionar pues se dieron en época de formación.

 

La pregunta es, ¿cómo mi yo escultor puede hacer tallas como las del Gran Cañón? Hablamos de siglos que toma el que el aire talle las formas que ves allí. Stephen Hawkins decía que es muy fácil viajar en el tiempo, como algo que pudiera hacer cualquier persona, y planteaba que si uno estaba ubicado en alguna parte del globo terráqueo y viaja dos veces y medio la velocidad de la tierra, ya viajó en el tiempo pues no se llega en el tiempo que debe ser. Me cuestioné mucho acerca de eso y deduje que era un principio físico, que si yo quiero que se realice una talla con el aire debo acelerar el proceso. Se me ocurrió hacer una especie de tizas, que con la presión del aire a una muy alta velocidad, se tallan en una forma aleatoria y para ello me asesoré de un ingeniero civil. Así pues que hice cuatro capítulos de este proyecto: uno manejar un carro a alta velocidad, dos lanzarme de un paracaídas con caída libre, tres adherir estas figuras a un tren de alta velocidad y a un vuelo comercial. Las implicaciones en todos estos procesos eran de alto riesgo pues llevaban desde lo penal, hasta las de seguridad.

 

La tiza tiene un sistema muy especial de sujeción, pero lo bonito es que es una columna pequeña, de tres centímetros y medio, hecha en un material especial que con la velocidad, el aire hace unas figuras increíbles en ella. Se muestra así la fuerza del aire en su superficie.

 

Con un amigo que tiene un jet privado, volamos cuatro veces Bogotá – Miami viendo si la RS del avión detectaba la figura.

 

Luego, en la zona de caídas libres muy cerca de Bogotá, en Flandes, me boté desde los diez mil pies de altura y duré en caída libre 65 segundos, abrí a los 4.500 pies lo que resulta muy peligroso pues normalmente debe ser a los 5.000 y llevaba la figura en el casco. Yo tenía el altímetro en la mano, iba con mi profesor y cuando ya estaba a 8.900, pensé mucho en mi situación, casado, con dos niñas ¿qué estoy haciendo aquí? Pero la mente es fascinante, así que sentí una adrenalina espectacular viendo el terreno, las montañas, las planicies y decidí que si me mataba ahí, la cosa estaba muy bonita; esto para frenar el miedo.

 

Viajé a Europa a una exposición en Basel Suiza. Antes de llegar hice una parada en Madrid para tomar el tren de alta velocidad Madrid – Sevilla y le adherí la pieza al fuselaje del bagón que viajaba a 300kms por hora. Aquí también hubo mucha adrenalina porque todo el entorno estaba súper vigilado. Fue tal el miedo que sentí que al entrar al tren la tenía perdida; decidí tomarme una cerveza y un sanduche recuerdo que era de jamón serrano y me obligué a comprar el tiquete; ya no había vuelta atrás. Como bien sabes, en cada puerta hay una azafata, pensé que no lo lograría cuando de repente llega una familia española, la tía, la abuela, los niños y comienzan a gritar, distraen a la azafata y en ese momento me di la oportunidad y pegué la tiza. Al llegar a Sevilla no hubo ningún problema porque allá la gente es relajada, tranquila, no están pendientes, no hay guardias, tampoco cámaras. Retiré pues sin problemas la pieza que quedó muy linda y para mi sorpresa encontré esa parte del tren llena de sangre y un guardia me explicó que es de los animales que se atraviesan y que también intervinieron la tiza dejando líneas de los cuerpos que la tocaron.

 

Una compañía de Nascar vio el proyecto y me dejó conducir uno de sus carros durante veinte óvalos, a un promedio de 280kms/hora y puse la tiza en la parte delantera. Para lograrlo tuve que pagar las clases y contraté al mismo profesor de Juan Pablo Montoya, personaje fascinante que tiene una mística alrededor del automovilismo. Recuerdo que me apagó el computador-simulador del carro, puso un huevo entre mi zapato y el acelerador, me enseñó a desacelerar sin frenar el carro y sin quebrar el huevo; luego le sumó más trucos de manejo de un carro absolutamente pesado. Esto me enseñó a sensibilizarme y a entender muchas cosas más allá de manejarlo.

 

– ¿Como qué cosas Carlos?

 

Hay una frase que saqué con Santiago Cárdenas hace unos diez años, que dice que lo importante en la vida es no tenerle miedo al miedo.

 

– ¡Importantísimo! Sígueme contando acerca de esta experiencia.

 

Físicamente resultó muy extrema y agotadora; afloraron miedos, muchos temores, pero la experiencia fue increíble y te estoy dando una primicia porque no lo he presentado en ningún museo del mundo. (link)

 

Esto suena muy tranquilo, pero si me hubieran cogido, las implicaciones hubieran sido complejas, pues la tiza se asemeja a un dispositivo plástico de explosivos. Y no tramité permisos para no perder el sentido de peligro y de riesgo, acudiendo a esa nuestra esencia tan latina, la de la ilegalidad pero a la vez con un principio creativo, el de mostrar la experiencia de hacerlo, por lo artístico y lo científico que el ejercicio contiene.

 

– ¿Cómo elegiste los lugares para hacer el experimento?

 

Si bien esta experiencia en particular tuvo unas exigencias en las condiciones, primero de velocidad porque el objeto tenía que viajar a más de 300 kms por hora, mi elección de los sitios tuvo que ver con mi experiencia de vida; la del vuelo como la del paracaídas fueron en Colombia pues es mi lugar de origen donde me gusta soñar; la del tren en España, porque allá están mis raíces al ser la tierra de mi padre; los últimos catorce años he estado entre Bogotá y Los Ángeles por eso hice el circuito allá, ciudad de los carros. Hay siempre un principio de relación con el lugar.

 

– ¿Hubo algo común en el resultado?

 

Sí, curiosamente sí. De manera sorprendente la partícula en el aire se comporta diferente porque la que está arriba tiene una temperatura muy baja a la de la tierra; las tallas que dejó el avión como la de la caída libre son muy similares y la del tren como la del carro son iguales.

 

– ¿Qué expectativa tenías en cuanto a la forma que se pudiera tallar?

 

No, ninguna pero te cuento, las del aire se parecen a la Venus de Milo, es impresionante, son muy mujer, muy sinuosas, mientras que las de tierra son muy masculinas. Por lo menos esa es mi lectura.

 

– ¿Qué es lo más importante para ti como creador?

 

El ser consciente de los lugares donde he estado. Soy un estudioso del arte. Analizo cualquier postura de artista; lo miro con contexto, con referencia a otros artistas y lo que hice fue llevar al arte a donde no había llegado nunca y eso tiene una fuerza, una enseñanza y hay que mostrarlo porque uno no tiene consciencia del tiempo y éste es todo.

 

– ¿Qué es el tiempo en tu vida?

 

Lo más importante. Tengo claro mi tiempo en la tierra, no me angustia pero he aprendido que hay uno real, el de los 365 días que gira el sol alrededor de la tierra. En este creo, es una realidad. Pero hay un tiempo muy especial en cada uno de nosotros y no siempre somos conscientes de él, porque la vida nos compromete para olvidarlo; hay pues un tiempo interno, que es muy diferente.

 

Hice un experimento en una Universidad en México cuando me invitaron a dictar un curso. Al comienzo hago un ensaño y se trata de dibujar un cuadrado de un metro por un metro, y pido a cada estudiante que se quede durante un minuto y medio dentro de ese espacio y que haga lo que quiera, desde performance, quedarse quieto, un chiste, lo que sea y no me preguntes porqué, pero hay gente que entra y su minuto y medio vuela y otra a la que se le hace eterno. Así pues, el principio de tiempo de cada uno es muy diferente, por la intensidad y por la fuerza que tiene la persona. Hay gente que hace la vida muy corta, que no dispone de mucho tiempo.

 

Para mí el tiempo es entonces, una condición personal, intransferible de cada ser humano.

 

– ¿Qué sigue para ti?

 

Sigo haciendo obra en el estudio, nunca he interrumpido. Para mi próximo proyecto me tomaré treinta años, voy muy tranquilo y ya está en proceso.

 

– Me describes una obra a la que le imprimiste toda la velocidad y esta te tomará treinta años, ¿de qué se trata?

 

No sé, todavía no lo sé, es que nunca se sabe. Solo sé que es algo que me emociona; cuando te lo cuento a ti sé que me entusiasma y sé que está naciendo.

 

– ¿Cuál es tu motivación para hacer arte?

 

El gusto que me da hacer no por vender, tampoco para ser conocido, aunque estamos condicionados los artistas por el mercado y eso es comercio de arte pero no arte en su esencia pura. Por mi formación de arquitecto puedo financiar con mi trabajo los proyectos artísticos que son muy costosos. Es mi placer.

 

La vida se te da una vez y por lo mismo hay que tomar las oportunidades. Y es que el ser humano tiene dos realidades, una de noche en la que aparece el sueño y otra de día que nos condiciona. Se hace una transición de la una a la otra.

 

La gente que logra sacar cosas del sueño y trasladarlas a la realidad es la que trasciende.

 

– ¿Siempre supiste que eras artista?

 

Sí, siempre. Recuerdo que en la infancia vivimos en el barrio Niza, en el que hay muchos árboles, mucho verde y eso me parecía bellísimo. Iba de árbol en árbol hasta llegar a otras calles y de repente estoy leyendo un libro, El Caballero Ramplante de Ítalo Galvino que se trata de un niño que se sube a un árbol a mirar a su vecina que era muy bonita y cuando la ve adquiere consciencia de su estado y viaja durante toda su vida por Europa sin bajarse de ellos. Me hizo recordar que me gustaba estar por encima de la tierra y disfrutar esa fantasía, de la que gozan todos los creadores.

 

Creo que esa es la magia de la vida: poder experimentarla sin tanto prejuicio, sin tanta medición, sin juzgar como lo hace un niño.

 

Estudié arquitectura porque dependía de mis papás pero cuando regreso de Europa con mi doctorado, les digo que decidí ser artista. Mi papá me contesta:

 

— ¿Va a vivir del aire?

 

Después de reflexionar la respuesta durante un tiempo, le digo:

 

— Papá estoy viviendo del aire.

 

– ¿Cuál es tu verdadero sentido de la existencia?

 

Respirar.

 

– ¿Y más allá?

 

Dejar de respirar.

 

– ¿Cuáles son tus pilares en la vida?

 

Mi familia. Mis padres, abuela, mi esposa, mis hijas.

 

– ¿A qué lugar perteneces?

 

A aquel donde esté mi familia.

 

– ¿Qué debería pasar con tu obra en el tiempo?

 

Nada, quizás tener algún reconocimiento. Hay una cosa que me emociona mucho, la intuición me dice que seguirán pasando cosas. Intuición que sembré en mis hijas.

 

– ¿Qué debería decirse de ti el día de mañana?

 

Todo es aire y me muero por él.

 

 

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