Las Memorias conversadas son historias escritas en primera persona por Isa López Giraldo.
Me define mi ascendencia porque quisiera, como ocurre con ellos, que la gente, el día de mañana, reconozca en mí el ser una buena persona, compasiva, presente en lo importante, que brinda ayuda, que sabe leer las situaciones de la mejor manera posible.
Soy una mujer alegre, de muy buen humor, le saco chiste a todo, disciplinada, perseverante. Alcanzo lo que me propongo. Intento, de manera consciente, ser buena hija, buena hermana, buena amiga.
Me encanta el conocimiento, siempre quiero aprender algo nuevo y leer sobre tantos temas diversos.
ORÍGENES
RAMA PATERNA
Severo Otero, mi abuelo paterno, nació en Sahagún, Córdoba. Como el maestro que fue, marcó la historia de la familia, pues por generaciones la educación ha sido nuestro centro, todos sus hijos y nietos se hicieron profesionales.
A sus tempranos veinte se estableció en Ciénaga de Oro, donde hizo su vida como académico. Fue autodidacta, pues no tuvo una formación formal. Llegó a dominar el inglés, lo aprendió escuchando radio de la que fue aficionado: hacía sus propias antenas que le permitieron alcanzar la frecuencia de emisoras internacionales. Le gustaba la mecánica, lo que influyó a dos de sus hijos para terminar ellos estudiando ingeniería, otros dos se hicieron médicos.
Si bien no fue un padre amoroso, sí daba ejemplo, fue proveedor. Privilegiaba el momento de reunirse con sus hijos con quienes se sentaba a escuchar las emisoras de su preferencia en inglés, para que lo aprendieran a hablar ellos también.
En algún momento compró un camión en el que transportaba mercancía entre Barranquilla y Ciénaga de Oro. Cuando tenía que arreglarlo, convocaba a los hijos. Como era tan estricto, tenían que tomar la linterna de cierta manera y en determinado ángulo. Mi tío Adriano recuerda que no podían moverse porque les daba con la llave que tuviera en la mano, entonces, ni respirar podían: se ponían verdes de aguantar el aire.
Murió el 24 de diciembre de 1983, dos meses después del nacimiento de mi hermana mayor, Laura. La fecha generó una sombra de tristeza que duró muchos años, para mi papá fue un golpe muy difícil.
Sofía Pinedo, mi abuela, nació y creció en Ciénaga de Oro. Le encantaba salir, socializar. Su papá, mi bisabuelo Aristides Pinedo, fue un hombre muy estudioso, culto, intelectual, acomodado que les dio muy buena vida: su casa quedaba en el marco de la plaza. Una vez casada, mi abuela trabajó, porque privilegió su independencia. Ella fue recaudadora de impuestos ayudada por su hijo Adriano cuando estudiaba todavía colegio. Cuando murió el abuelo, quedó con los hijos ya adultos, se comportó con estoisismo, nunca se quejó y no dejó de arreglarse y salir a hacer sus vueltas y a misa diaria.
Mis tíos médicos, Jorge y Álvaro, hermanos mayores a mi papá, estudiaron en la Nacional en Bogotá. Jorge decidió que un buen regalo para la abuela sería el Vademecum. A partir de ese momento, mi abuela dejó de recaudar impuestos y decidió que podía diagnosticar y hasta recetar a la gente, es más, llegó a aplicar inyecciones. Mis tíos no sabían qué hacer para evitarlo y realmente se arrepintieron de haberle hecho semejante obsequio (risas). Pero los habitantes de Ciénaga de Oro confiaban en ella y le llevaban los niños enfermos para que los viera.
Todo lo que hacía era por inquietud personal, pues a ella nunca le faltó nada, ni soltera ni casada, vivió muy cómodamente, fue consentida, pero muy autónoma e independiente. Era su manera de realizarse en lo profesional.
Fuimos muy cercanas, tuvimos un vínculo muy especial, pues compartimos nombre: me llamo Andrea Sofía. Me dio siempre mucho gusto en todo. Cuando vivió en Montería y yo en Sincelejo, pude visitarla con frecuencia.
Como la tengo yo, mi abuela tuvo una hermana, Leticia, las dos muy hermosas y bien puestas, impecablemente arregladas: mi hermana dice que ese gusto por mantenerse muy organizada viene de ahí. Sofía, pese al calor, vestía traje de tres piezas, se cepillaba y maquillaba a diario, y no se bajaba de sus tacones ni para ir a la playa: quizás solo en la casa usaba pantuflas. Llegó a tener tanta ropa que, cuando murió, nos vimos, mis primos y yo, en trabajos para separarla y regalarla.
ALBERTO OTERO
Alberto Otero, mi papá, es generoso, bondadoso, reservado, de pocas palabras, aunque en la casa expande su buen sentido del humor. Como sus cuatro hermanos, él salió también muy temprano en su vida de Ciénaga de Oro, pues el pueblo no ofrecía educación secundaria: unos estudiaron en Barranquilla, otros en Cartagena, donde tenían familiares.
Mi papá y uno de sus hermanos fueron los mejores bachilleres de Colombia ganando una beca que otorgaba Colteger. Mi papá, como lo hicieron también dos de sus hermanos, estudió en la UIS, en Bucaramanga, cursó ingeniería eléctrica y tomó materias de mecánica durante varios semestres. Contó con profesores internacionales extraordinarios que potenciaron su motivación. Fue buen deportista, conformó el equipo de basquetball.
Por las condiciones de las carreteras y la distancia, solo una vez al año viajaban a Ciénaga de Oro a visitar a la familia: lo hacían, no con maletas, sino con baúles. Cuando Jorge terminó medicina, con una beca adelantó su especialización en los Estados Unidos, entonces decidió invitar al abuelo, quien demostró con suficiencia que su inglés era genuino, porque pudo comunicarse con fluidez y sin dificultades.
Mi papá ejerció como profesional en Montería, donde vivía mi abuela. Fue gerente de la Electrificadora de Córdoba cuando construyeron la red eléctrica de los pueblos del Departamento. Este trabajo tuvo para él una recompensa emocional enorme, dado su sentido social y su sensibilidad por el otro. Luego se vinculó a Colcemento, en Sucre, donde conoció a mi mamá.
RAMA MATERNA
Pedro Cortés, mi abuelo materno, nació en Tocaima, Tolima, luego se mudó a Bogotá. Su familia era de Armero, donde falleció un gran número de integrantes en la tragedia del volcán. Fue un hombre empírico, con un talento innato por la mecánica: estudió planos y piezas de máquinas del puerto de Barranquilla, y lo hizo mejor que cualquier ingeniero. Mamá recuerda que la invitaba a que observara, pero ella nunca entendió nada.
Mis recuerdos con él son cuando ya estaba pensionado y me transmitía ese compromiso por sus temas: cuando mis papás remodelaron, él se mudó con nosotros mientras duraron las obras, para dirigirlas con precisión de arquitecto, porque su rigor lo llevó a medir con regla en mano.
Pedro fue un abuelo amoroso, muy de brindar cariño, afectos. Un conservador que se casó con liberal, lo que llevó a frecuentes discusiones alrededor de temas políticos que mi mamá presenció.
Olinda Rincón, mi abuela, nació en Socorro, Santander, y su carácter es como el estereotipo de la región: brava, muy brava, firme de carácter, templada, valiente, fuerte. Mi mamá se le parece, siempre habla de ella con admiración. Es una mujer culta, bohemia: le gusta cantar, tocar guitarra, escribir, leer poesía y estar enterada de la actualidad.
Conoció al abuelo en Bogotá, donde ella creció, y tuvieron tres hijas mujeres a quienes mi abuela les organizaba obras de teatro con las compañeras del colegio, las llevaba a recitales en la Mediatorta. También asistió a bingos, le encantaron los juegos de mesa: cartas y dominó. Fue modista, confeccionó trajes para toreros (y aprendió a torear), vestidos para las fiestas y disfraces para los juegos de sus hijas. Como cocinaba delicioso, en algún momento montó un negocio de venta de almuerzos para ayudar al presupuesto familiar y garantizar los planes de fines de semana.
Con el abuelo viajaron por el mundo haciendo parte de un club de adultos mayores. Le ha gustado fumar, sus hijas la regañaban: ahora, a sus noventa y cinco años, se esconde a hacerlo.
ROSA MERY CORTÉS
Rosa Mery Cortés, mi mamá, nació y se crió en Bogotá, en medio de afecto, de abrazos, de palabras amorosas. Es pequeñita, de muy buen humor, el alma de la fiesta. A sus dieciocho años se fueron a vivir a Barranquilla donde mi mamá estudió Economía al tiempo que trabajó.
Se vinculó a Corelca donde conoció a mi papá por un proyecto conjunto: evaluar la red eléctrica en expansión en Córdoba. Debía trabajar con mi papá cuando era el gerente de la Electrificadora de Córdoba. Vio en él a un hombre muy apuesto, respetuoso y galante, algo arrogante, mayor doce años que ella.
Mi papá empezó a hacerle invitaciones y a sorprenderla con obsequios: si ella mencionaba que le gustaba la lámpara del restaurante en el que habían ido a comer, al día siguiente le regalaba una igual; si decía que le gustaban los zapotes, le llevaba una caja de estos.
Terminado el proyecto, mamá regresó a Barranquilla. Su jefe le preguntó por él y le dijo que era muy buen tipo, que le prestara atención. Papá la sorprendió en Barranquilla, le cayó muy bien a mis abuelos, y a mi mamá le dijo: “Tú me gustas, me quiero casar contigo”. Tan solo habían compartido seis meses, trabajando, pero mi mamá le sugirió que se dieran tiempo para conocerse. A los dos años se comprometieron en matrimonio.
MATRIMONIO DE SUS PADRES
Una vez casados, se instalaron en Tolcemento, el campamento de extracción de cal en el que trabajaba mi papá en Tolú Viejo. Mi mamá tuvo que hacer un esfuerzo para adaptarse, pero lo asumió, pues el cambio era fuerte. Allí nació mi hermana, Laura.
Poco después, mi mamá fue nombrada gerente del Banco de Bogotá en Sincelejo y mi papá se vinculó a Carbones del Caribe como jefe de planta en Puerto Libertador, Córdoba, a cuatro horas y media por tierra.
Comenzó una dinámica familiar distinta, pues mi papá viajaba cada viernes y la noche anterior a los festivos para reunirse con nosotros. Durante la semana, al llegar del colegio y nuevamente a las siete de la noche, todos los días, sin falta, hablábamos con él por teléfono fijo.
No puedo decir que hubiéramos tenido un papá ausente, por el contrario, fue muy presente, extraordinario papá, entregado a la familia. No hacía planes con amigos ni sin nosotros: mientras mis papás jugaban tenis en el club, nosotras nadábamos.
PILARES DE FAMILIA
Vi siempre el compromiso, la entrega y el amor de mi papá, su sacrificio al someterse a tantas horas de viaje semanal durante años, el estar pendiente de nosotras. Mi mamá jamás nos desatendió; cuidaba de que no dejáramos de hablar con mi papá a diario: para ella fue fundamental que mantuviéramos la disciplina del vínculo.
Admiré tanto a mi mamá, que a mis siete años quise vestirme como ella, me parecía realmente elegante y me enamoré de sus pintas. Entonces mi mamá, cuando le confeccionaban sus vestidos, pedía otro igual hecho a mi medida: recuerdo uno sastre que ella usaba con media velada, pese al calor: era de cuadros negros con amarillos que me ponía cuando llegaba del colegio, con tacones.
De mi mamá heredamos su liderazgo: presidió la Cámara de Comercio de Sincelejo, la Junta de padres de familia de nuestro colegio. Nos llevaba a su oficina donde nos asignaba tareas y donde pudimos ver cómo gestionaba equipos. También nos regaló unas amigas que conservamos, hijas contemporáneas nuestras de las otras tres gerentes de banco de la ciudad.
INFANCIA
Crecimos con Pepa, nuestra nana con quien aún hoy tenemos contacto, nos visita por temporadas a mi hermana y a mí. Ella fue realmente importante en nuestra crianza; sin romantizar las relaciones laborales: Pepa es familia para nosotras, mucho más cercana que muchos tíos nuestros. Como nos conectábamos a Internet ocupando la línea del teléfono, ella pasaba a la casa vecina para avisarle a mi mamá que estábamos bien, porque seguramente no le había entrado la llamada. Pepa era los ojos de mi mamá en la casa.
Disfrutamos la dicha de una ciudad pequeña en la que todos se conocen, en donde se puede jugar en la calle, en un entorno seguro. Vivíamos en una cuadra cerrada, callejón sin salida, entonces todos los amigos terminaban en la casa: hacíamos karaokes, desfiles, jugábamos a inyectar muñecos con agua.
Tuvimos una infancia muy divertida y segura: mi hermana y yo dormíamos con mi mamá mientras mi papá estaba fuera, y lo seguimos haciendo ya adultas.
ACADEMIA
Fui muy buena estudiante, dedicada. Nunca sentí que estudiar fuera una obligación, sino un gusto, un placer enorme. Mi hermana y yo fuimos muy responsables, pero no solo por el cargo en el colegio de mi mamá, simplemente fuimos las dos muy juiciosas.
En mi colegio, el Gimnasio Altair de la Sabana, participaba en todo: presentaba el bingo, hablaba en público en todos los eventos, di el discurso de grado de preescolar. Cualquier día quisimos imitar el modelo ONU y las directivas nos lo permitieron, entonces convocamos a otros colegios de la región.
Mi mamá no nos revisaba tareas al considerar que era nuestra obligación hacerlas, lo que nos retaba a no quedarle mal. Aprendimos temprano la disciplina del deber. Por ejemplo, no salía a las siete de la noche a comprar la cartulina para la exposición del otro día, pues debíamos avisarle con tiempo.
Mi papá, por su parte, fue mucho más flexible. Alguna vez me ayudó a redactar un texto sobre mi perrito, al que llamé: Tommy va a la playa. Mi mamá lo leyó y detectó que la redacción no era propia para mi edad ni el lenguaje empleado. Entonces, lo reportó al colegio y nos llamó la atención a mi papá y a mí. Subrayaba con rojo los errores de ortografía para que no se nos olvidara la forma correcta de escribir.
Sin ser un colegio bilingüe, sí recibíamos un número importante de horas de inglés, entonces salí hablándolo. En esta época también aprendí algo de francés e italiano.
Mi mamá no esperaba buenas notas, sino compromiso, responsabilidad, disciplina. Igual, me gradué como la mejor estudiante de mi promoción. Pese a la presión que hubo sobre mí y dos amigas más, obtuve el mejor resultado del ICFES del colegio y quedé en posición uno en Colombia ese año. Recuerdo que el teléfono de la casa timbró a las cinco de la mañana el día de mi cumpleaños, asustándonos a todos, pero para recibir buenas noticias.
Me ofrecieron un buen número de becas de distintas universidades para estudiar en ellas. Mi mamá insistió en que estudiara en la Universidad del Norte de Barranquilla, ciudad a la que fue trasladada justo cuando mi papá se acababa de pensionar. Lo dijo porque así seguiría viviendo en la casa, pero yo quería ir a los Andes.
VOCACIÓN
Me gustaron varias áreas: matemáticas, biología, química, español. En mi casa hubo siempre una biblioteca enorme que me llevó a leer novelas desde muy niña, y sigo siendo muy buena lectora.
Consideré estudiar medicina, pero mi tío Álvaro, mi padrino médico quien murió en pandemia, me abrió los ojos frente a la realidad del ejercicio médico en el país. Entonces, supe que la economía brindaba el equilibrio perfecto entre la matemática y lo social. He de decir que, si no hubiera estudiado economía, sería una médica extraordinaria, me encanta la medicina y, como mi abuela, amo el Vademecum.
UNIVERSIDAD DE LOS ANDES
Únicamente me presenté en la Universidad de los Andes, segura de que sería aceptada. Encontré todo lo que esperaba en la carrera. Desde primer semestre recibí clase con exministros, lo que me pareció extraordinario. Este fue un espacio muy valioso, me brindó una formación humanística que me permitió tomar historia de la música, historia del arte y otras materias.
La formación que me tocó coincidió con el reciente regreso al país de los estudiantes que se acaban de graduar de su doctorado, muchas eran mujeres, entre ellas Ráquel Bernal y Marcela Eslava, mi mentora. En cuarto o quinto semestre trabajé como asistente de investigación de Adriana Camacho y de Catherine Rodríguez, con ellas me enamoré de la investicación.
Me fue muy bien en la carrera, pero no me destaqué. Obtuve un promedio de 4.3, pues no hubo fin de semana en que no atendiera una fiesta: privilegié socializar sobre el resultado académico. Recuerdo que el decano era Alejandro Gaviria de quien no me perdía su blog en el que escribía sobre la cotidianidad económica; en él empezó a hablar de muchos temas sociales. La Universidad comenzó a participar de temas de política pública, lo que me pareció fascinante.
Cuando empecé la carrera quise ser macroeconomista y trabajar en bolsa, pero en quinto semestre quise ser microeconomista aplicada. Me gradué en tres años y medio sin que fuera mi interés hacerlo tan rápido, pero sí matriculé cada semestre muchas materias.
Poco antes de terminar, mi mamá me dijo que me daban tres meses para conseguir trabajo, de lo contrario, debía regresar a la casa.
VIDA PROFESIONAL
ECONOMÍA URBANA
Presenté mi hoja de vida al DNP, a través de Camila Galindo, amiga que hacía la práctica allá. Llegó a manos de la esposa de Julio Miguel Silva, gerente y socio de Economía Urbana, empresa de consultoría que hace estudios de impacto de proyectos de vivienda. En la entrevista me dijo que empezaba inmediatamente.
Esta fue una experiencia formadora que viví al tiempo que adelantaba mi maestría en Economía y me desempeñaba como profesora complementaria de Marcela Eslava en macroeconomía avanzada. Ahí aprendí que, si iba a presentar un reporte, la presentación importaba: bien escrito, con estética, detallado, técnico.
BANCO DE LA REPÚBLICA
Después de un año, Laura Cepeda, compañera de los Andes que acababa de vincularse al Banco de la República en Cartagena, me informó de una vacante a la que me presenté.
El proceso es extenso, de tres meses. En el entretanto recibí una llamada de Adolfo Meisel, gerente de la sucursal, para hacerme una entrevista. Yo había estudiado sus libros, entonces sabía de él.
Trabajando aquí, viví una etapa muy valiosa en la que pude hacer investigación y escribir artículos firmados por mí sin cumplir los requisitos formales como es tener un doctorado. Aprendí a escribir documentos de investigación con su guía, por supuesto, así gané confianza en mis habilidades.
El primer tema en el que me concentré fue sobre las finanzas públicas de Barranquilla. Como Adolfo es un eterno enamorado del Caribe, siendo costeña me enamoré de mi región y del trabajo descriptivo enfocado a las regiones, sobre las que hay pocos indicadores, realmente muy pocos estudios. Por ejemplo, adelanté un estudio sobre la economía del río Ranchería, para lo que me desplacé y entrevisté a los locales.
DOCTORADO
Una de las condiciones que me había puesto Adolfo para contratarme era la de que debía aplicar al doctorado, y así lo hice. Después de dos años apliqué a diez universidades. Pasé en dos. Y, por referencias, opté por la de Carolina del Norte. Adolfo me dijo: “Vas a ser la primera mujer sincelejana con doctorado en economía”. Cierto o no, lo logré. Coincidió con su nombramiento como codirector del Banco, para lo que se trasladó a Bogotá.
Mientras surtía los trámites administrativos, antes de viajar alcancé a trabajar un mes con Jaime Bonet, quien fue mi jefe por cinco años. Venía con una experiencia muy valiosa en el BID en Washington. Con él aprendí muchas otras habilidades en investigación y sobre cómo desempeñarse bien cuando se están haciendo entrevistas, cómo aprovechar al entrevistado, cómo escribir columnas de opinión sobre temas académicos.
UNIVERSIDAD CHAPELL HILL
Aquí me encontré con Cristian Posso, funcionario del Banco en tercer año del doctorado, con quien establecí contacto y quien fue clave en mi proceso.
Chapell Hill son tres calles, pero con encanto. Y me adapté muy fácilmente, aunque llegué con amigdalitis, que cuidó mi mamá, pues me había acompañado a instalarme.
No fue fácil ese primer año, le lloré a todos en mi casa y a mis amigos. Una amiga me habló de Felipe Valencia, lo presentó como un referente al ser extraordinario profesional quien también sufrió el impacto del primer año de doctorado y su carrera es imparable.
Este respaldo me permitió la fortaleza para continuar. Empecé a lavantarme a las cinco de la mañana para estudiar y no llegar raspando a los exámenes y con pena con mis jefes. Ya en los finales me fue muy bien.
En segundo año empecé a ver los temas centrales como economía laboral y de la salud, desarrollo económico, que me encantaron y en los que me he desempeñado. Me empezó a ir tan bien, que tomé clases de portugués, asistí a teatro, recuperé la vida social, hice amigos. Mi tesis era sobre Brasil, así que el idioma me era importante.
Aquí tuve experiencia docente al dictar clases de economía, algo que se me da bien: recibí premios de mejor profesora complementaria.
REGRESO AL PAÍS
Regresé al país como economista laboral del Banco de la República en Cartagena, con habilidades y competencias nuevas, y con intereses distintos.
Quise continuar dictando clases para lo que me vinculé a una universidad en Cartagena, luego de manera virtual a la Javeriana para enseñar Evaluación de impactos. Disfruto mucho la docencia.
Por otro lado, construí mi agenda de investigación en temas de informalidad laboral. Más adelante me acerqué a los temas de género en el mercado laboral. En 2019 conocí a Ana María Tribín, economista principal del Banco, nos asignaron un proyecto sobre migración, temas ajenos hasta ese momento para las dos. Nos hicimos grandes amigas.
Estando aquí, Jaime Bonet contrató a Felipe Valencia para darnos un curso de historia económica moderna durante tres días. Ahí lo conocí, a ese referente que, sin saberlo, me motivó a no desistir del doctorado.
Después de ocho años en Cartagena me agotó la ciudad y pedí traslado a Bogotá en el 2024, donde me encuentro ahora. Conformo el equipo del Departamento de estudios de política económica haciendo investigación en mis dos frentes centrales. También tenemos unas labores de policy administrativa con la revista ESPE, coordino números, edito o estoy detrás de cámaras apoyando.
PROYECCIÓN
En el 2024 dirigí un proyecto de la revista sobre informalidad laboral al que también tuve que hacerle mucha divulgación en establecimientos de política pública como ministerios, el DNP y otros. Fue entonces cuando descubrí un interés poderoso, el de cómo desde la academia podemos aportar a la mejor toma de decisiones en el gobierno, también pude ver las debilidades en la manera como comunicamos.
Ahí me quiero concentrar, en el ejercicio de divulgar lo que investigo. Quisiera escribir una columna de opinión, lo que implica unas exigencias retadoras. También escribir papers académicos y notas cortas para divulgar.Me veo, en los próximos años, como una economista académica que puede dialogar y llevar los temas de investigación desde la academia a implementarse en política pública. La docencia siempre va a estar presente, lo tengo claro, herencia de mi abuelo.











