Las Memorias conversadas son historias escritas en primera persona por Isa López Giraldo.
Escribir sobre Carlos Sanz de Santamaría es enfrentarse a un legado documental de dimensiones monumentales. He tenido el privilegio de estudiar la colección de sus memorias: un compendio de cartas personales, documentos oficiales, registros de prensa y profundos estudios econométricos de los cuales fue protagonista.
La vasta cantidad de tomos que la familia conserva con celo no solo es un tesoro genealógico, sino una fuente inagotable que bien podría dar origen a un capítulo independiente sobre la historia económica y política de la región latinoamericana en el siglo XX.
Sus logros e inquietudes lo hicieron muy llamativo entre sus familiares, quienes lo admiraron profundamente. Fue ejemplo de “realismo mágico”, como bien llama Roberto Sanz de Santamaría, su nieto, a este mundo fantástico como inagotable al que me propongo introducirlos.
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Carlos Sanz de Santamaría, nacido el 23 de abril de 1905 en Bogotá, representó la hidalguía santafereña. Fue el centro de sus padres, Mariano Santamaría Herrera, Papá Nano, y Lucía Gómez Umaña, Mamá Lucía, y de sus cinco hermanos: Lucía, Cecilia, Leonor, Helena y Mariano fallecido muy joven en un trágico accidente de carro.
La escala de valores familiar, donde lo humano prevalece sobre lo material, quedó grabada en una anécdota ocurrida en la hacienda La Ramada, epicentro de sus vidas y laboratorio de ingeniería hidráulica y agricultura experimental. Mientras araba el campo, Mariano halló una guaca indígena; sin embargo, coincidiendo este hallazgo con el duelo por el trágico fallecimiento de su hijo Marianito, tomó la determinación de no desenterrarla. Aquel gesto de respeto hacia los muertos y hacia lo sagrado, por encima de cualquier riqueza incalculable que pudiera contener el yacimiento, definió el carácter de una generación que siempre honró la dignidad personal sobre los bienes materiales. Fue en los campos de La Ramada donde Carlos, observando a su padre, entendió que la técnica y la tierra debían estar al servicio de un propósito mayor.
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En la historia de la familia Sanz de Santamaría abundan los relatos pintorescos, comenzando por aquellos vinculados a la llamada «calle de los espantos», en el sector de La Candelaria. En este barrio de calles con nombre propio se encuentra «El Camarín del Carmen», antigua y vasta iglesia de la cual sobresale su emblemático camarín. Justo frente a este lugar se erige una casona, que enfrenta su balcón, conocida hoy como la «Casa Sanz de Santamaría».
Dicha edificación, que en tiempos posteriores albergó la Alcaldía Menor, pertenece actualmente a una fundación. La casa es un testimonio de cómo el progreso ha transformado la ciudad, a menudo de formas inesperadas. Una de las anécdotas más celebradas se refiere a la llegada del primer sanitario a Bogotá. Dado que en aquel momento no se contaba con las instalaciones hidráulicas necesarias, Mariano Sanz de Santamaría decidió instalarlo en el lugar que consideró más estratégico: el balcón. Desde allí, sentado en el inusual artefacto, solía contemplar el paso de los transeúntes y ser testigo de la vida cotidiana de la calle.
Asimismo, la propiedad guarda la leyenda de un tesoro escondido. Se cuenta que, en una ocasión, una anciana desconocida se presentó en la casa asegurando que en la escalera principal, específicamente en un escalón que tenía pintado un dedo, se ocultaba una guaca. Sin embargo, Mariano, se negó a intervenir la estructura por considerar que la escalera era demasiado bella para ser destruida. Años después, durante los trabajos de restauración de la vivienda, se dice que no se halló rastro alguno del supuesto tesoro.
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La formación académica fue para Carlos Sanz de Santamaría una constante en su vida, porque, ejerciendo como profesional, no dejó de estudiar buscando especializarse en los temas que la vida pública le iba poniendo en el camino. También son evidencia de sus altísimos grados de compromiso y responsabilidad.
Una circunstancia que destaca sus calidades tempranas hacia el emprendimiento, ocurrió cuando Carlos estudiaba en la Escuela Ricaurte y tuvo la inquietud de exportar mariposas para fabricación de color. Aquí fue compañero de Alberto Lleras, quizás de Rómulo Lara.
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Ingeniero Civil de la Universidad Nacional con maestría en ingeniería hidráulica de la École Nationale des Ponts et Chussées en Francia, Sanz de Santamaría entendió que la infraestructura, con énfasis en los temas del agua era fundamental, la consideró la salud de Colombia, la zapata sobre la cual debía erigirse la modernización del país. Su formación en París, donde recorrió las entrañas del alcantarillado francés, se tradujo en obras capitales para la salud pública colombiana. Estando aquí, amigos de Mariano le escribían solicitándole que Carlos investigara fuentes alternas de energía y proponían enjaezar los volcanes, ponerles un enjalme. “La humanidad no ha encontrado la manera de aprovecharlos”, recuerda Roberto, su nieto.
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La reputación de Carlos Sanz de Santamaría como gestor de gran calado se consolidó durante su paso por la empresa Cementos Samper, en 1930. Aunque no formaba parte del grupo de accionistas de la familia Samper, fue convocado para asumir la gerencia general debido a su brillante perfil como ingeniero y a la ascendencia que ya proyectaba en la vida pública tras sus primeras incursiones en el Concejo de Bogotá.
Su gestión en la cementera no fue únicamente administrativa; estuvo marcada por una visión de modernización industrial sin precedentes en el país. Bajo su dirección, se llevó a cabo la ampliación de la planta principal, un proyecto de enorme complejidad técnica que requirió la importación de maquinaria pesada de última generación directamente desde Alemania.
Este periodo en Cementos Samper fue el laboratorio donde Sanz de Santamaría demostró su capacidad para liderar grandes infraestructuras y equipos humanos. Su éxito en la empresa privada fue, en última instancia, el factor determinante para que el presidente Alfonso López Pumarejo pusiera sus ojos en él, confiándole poco después la Alcaldía de la capital, convencido de que Bogotá necesitaba la misma eficiencia y rigor técnico que Carlos había impreso en la industria del cemento.
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A través de su firma Lobo Guerrero & Sanz de Santamaría, fundada entre Luis y Carlos, construyó los acueductos de Pereira, Buenaventura, Santa Marta, Riohacha y Ciénaga. En Riohacha, su esposa sospechó que se encontraba en embarazo, porque estando en lancha se mareó de manera impresionante. En Ciénaga ocurrió una situación tan simpática riesgosa: resulta que la gente se sublevó ante la construcción del acueducto, al extenderse el rumor de que el cloro que le echaban al agua esterilizaba a los hombres generándoles impotencia.
Su obra cumbre, la planta de Vitelma en Bogotá, hoy Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación, fue en su momento la infraestructura hidráulica más avanzada del país en su tiempo, el monumento cuando se decidió que la estética y la salud públicas eran inseparables. Su rigor en el tratamiento para cuidar la calidad del agua, su independencia y autonomía hicieron de él un visionario. Antes de Vitelma, inaugurada en 1938, el agua que se consumía en la ciudad era caldo de cultivo para enfermedades. Esta fue la primera planta de tratamiento moderno en el país que implementó procesos de sedimentación, filtración rápida y cloración con estándares internacionales. Sanz de Santamaría aplicó lo aprendido: que el agua no debe solo abundar, sino debe ser bacteriológicamente pura. Esta fue la derrota del tifo en la capital.
Vitelma fue diseñada con un estilo neoclásico y art déco. No parece una fábrica de agua; parece un templo. Carlos Sanz y los ingenieros de la época creían que el progreso debía ser “bello” para que la ciudadanía lo respetara y valorara. Los pisos de mármol, las barandas de bronce y los grandes ventanales buscaban dignificar el trabajo del operario y la importancia del recurso vital. Vitelma representó el triunfo de la ingeniería local sobre la dependencia absoluta de asesores extranjeros. Aunque el diseño inicial tuvo influencia de los Estados Unidos, la adaptación al terreno de los Cerros Orientales y la operación logística fue un éxito de la ingeniería civil colombiana. Entonces, Sanz de Santamaría utilizó este éxito como prueba de que Colombia podía gestionar sus propias infraestructuras críticas sin necesidad de tutelajes permanentes.
En Vitelma, Carlos Sanz de Santamaría purificó el agua de los bogotanos, pero también purificó el concepto de lo público demostrando que una infraestructura puede ser, al mismo tiempo, una joya arquitectónica y un escudo contra la enfermedad. Esta experiencia no solo le valió la Cruz de Boyacá, sino que le otorgó una visión sociológica profunda: el contacto íntimo con las necesidades y penalidades de las regiones le enseñó que el desarrollo es, ante todo, un imperativo ético traducido en servicios básicos.
Para Carlos Sanz de Santamaría, la riqueza material nunca estuvo por encima de sus principios o del respeto a las tradiciones, y la tierra fue su escuela de sensibilidad. La elección de la ingeniería civil no fue una simple decisión académica, sino una extensión de su vínculo con la tierra y de una sensibilidad social que germinó en el campo. Fue precisamente en el ejercicio de su profesión, mientras proyectaba y construía acueductos, donde tuvo la oportunidad de compenetrarse con la realidad de las comunidades rurales. Para él, la infraestructura era el medio para dignificar la vida de la gente.
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Estando trabajando en su firma, contrajo matrimonio con Dolores «Lolita» Londoño. Ella tuvo una juventud marcada por la tristeza. Su madre, Dolores Obregón, quien hizo parte de una dinastía empresarial, cultural y social colombianas, murió cuando ella apenas contaba con ocho años. Entonces, su papá, Pedro Londoño, quedó a cargo de tres hijos: Dolores, Isabel y Andrés quien murió muy joven siendo estudiante en MIT. Debido a los constantes viajes de Pedro por sus negocios, él se vio en la necesidad de contratar a una institutriz para que lo apoyara en la crianza. Al cumplir la edad necesaria para asistir a un internado en Europa, Lolita fue enviada a Francia, donde enfrentó el desafío de llegar sin dominar el idioma. Continuó sus estudios en Inglaterra viviendo años de profunda soledad mientras su padre recorría el mundo.
A sus dieciséis años, una vez concluidos sus estudios, regresó a Bogotá. Fue entonces cuando entabló amistad con Elena y Leonor, quienes se convertirían en sus cuñadas, amigas solteras, (conocidas como tía Nena y tía Nona), por supuesto, muchas otras. Fue precisamente en las frecuentes visitas a casa de ellas donde conoció a Carlos; allí iniciaron una relación que los llevaría a enamorarse.
El matrimonio se celebró bajo la presidencia de Enrique Olaya Herrera, quien era tío político de Lolita por estar casado con Teresita Londoño (hermana de Pedro). La ceremonia tuvo lugar en la iglesia de Santa Clara, frente al Capitolio Nacional. Un detalle que perdura en el relato familiar es que, para el trayecto desde la casa de Pedro hasta la iglesia, se tendió un solemne tapete rojo. Tuvieron cinco hijos: Alberto, Inés Elvira; Elena quien murió de pocos meses y Maribel, de cuatro años; y Guillermo.
Lolita fue una mujer muy hermosa, culta, reservada. Dominó el inglés y el francés, fue una gran lectora, escribió poemas. Catalogó la biblioteca de Carlos, con fichero y prestó libros registrando a quién y cuándo debía devolverlos. Perteneció al Club de Jardinería, cultivó abejas en “La Chucuita”, en Soacha; también coleccionó herramientas, de las que se sentía muy orgullosa. Fue voluntaria del Hospital Infantil dejando allí el alma en el pabellón de quemados.
Otro aspecto que destaca la familia es su fe y la capilla de La Chucuita. La vida en las fincas no solo giraba en torno a los caballos, sino también a la devoción. Un capítulo especial lo ocupa la iglesia de La Chucuita, cuya construcción nació de una promesa de fe. En memoria de sus dos hijas fallecidas, Lolita le confió a Carlos el deseo de construir una capilla en la finca dedicada a la Virgen de la Medalla Milagrosa.
Sanz de Santamaría cumplió la promesa y la capilla fue terminada en 1958. Tras la culminación de la obra, aquel recinto se convirtió en testimonio permanente de la historia familiar.
Queda claro que Lolita fue una mujer de una devoción inquebrantable. De cada uno de sus viajes, regresaba con medallas de la Virgen de la Medalla Milagrosa para repartir entre sus allegados. Esta tradición personal se convirtió en un rito familiar que perdura hasta hoy: para los Sanz de Santamaría, una visita a París es incompleta sin el paso obligado por la Rue du Bac, el santuario donde se originó esta devoción.
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Su fervor liberal se reflejó en la cotidianidad. Carlos fue un hombre que agitó con convicción las banderas del liberalismo a lo largo de toda su vida. Su filiación no era solo un asunto de despacho o de política pública, sino una pasión que compartía con humor y picardía en el entorno doméstico. Con un entusiasmo que rayaba en lo pedagógico, solía enseñar a sus nietos desde muy temprana edad una rima que resumía, entre risas, su visión del mundo: «¡Los godos no van al cielo, porque Dios es liberal!». Pero, siempre fue igualmente cercano al Partido Conservador, a Laureano Gómez Castro, y amigo de Cecilia y Álvaro Gómez Hurtado, sus hijos, a quienes visitó en Sitges alguna vez, y participó de manera muy inmediata, como artífice del Pacto Sitges, aunque no existe evidencia formal, pero sí memoria familiar.
Queda muy bien aquí el calificativo de “La Burguesía Ilustrada”. Carlos Lleras Restrepo lo define como parte de una tradición de élite, junto a los Samper y López Pumarejo, pues no veía la política como un beneficio, sino como un deber social. Sirvió al Partido Liberal con “ejemplar fidelidad”, pero con un matiz: su liberalismo era pragmático y social. No era un liberalismo de “clase”, sino uno que impulsaba reformas (como la agraria o la tributaria) incluso si afectaban sus propios intereses económicos.
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Su entrada al sector público, se da con el nombramiento como alcalde. La Alcaldía de Bogotá se asignaba por criterios de competencia y no por elección popular. Fue nombrado por el presidente Alfonso López Pumarejo en su segundo mandato ejerciendo de 1942 a 1944 con una misión clara, la de sacar a la capital del letargo colonial y prepararla para el siglo XX. Asumió, pues, con una visión netamente tecnocrática. Diría que este es el eslabón perdido entre su formación y su consagración como estadista internacional.
Como “El Ingeniero del Desarrollo Urbano”, con su ejecución, rompe con la idea de que, el suyo, fue un cargo meramente político. Sus pilares fueron la planeación como disciplina, el saneamiento de las finanzas municipales, y la visión estética y funcional. Creó la Secretaría de Obras Públicas Municipales con un enfoque de ingeniería moderna; fue de los primeros en entender que Bogotá no necesitaba parches, sino un plan vial, y desarrolló varios muy ambiciosos. Bajo su administración se impulsaron la Carrera Décima y la Avenida Caracas, y se sentaron las bases para la ampliación de la Carrera Séptima porque entendió que la movilidad era el sistema circulatorio de la economía urbana.
Es de recordar que Bogotá sufría de una estructura de ingresos precaria y él aplicó una lógica de hacienda pública a escala local cuando reorganizó el recaudo de impuestos y saneó la deuda de la ciudad para poder acceder a créditos destinados a servicios públicos. Logró financiar la expansión de las redes de acueducto y alcantarillado hacia los nuevos barrios del norte y el occidente, que en ese momento eran potreros. Fue una modernización desde el subsuelo, por supuesto, al institucionalizar el impuesto de valorización, una herramienta de financiación del desarrollo que le implicó altos costos políticos, pero demostró su firmeza en la toma de decisiones económicas.
Como es sabido, él se preocupó por el espacio público. Durante su gestión se avanzó en la consolidación del Parque Nacional y se impulsó la construcción de la Ciudad Universitaria que todos conocemos con la Universidad Nacional. Para él, la belleza de la ciudad lejos estaba de considerarse un lujo; era un componente del bienestar social y la productividad. Una ciudad ordenada era una ciudad gobernable. Carlos Sanz de Santamaría demostró que el técnico es capaz de transformar la realidad de la gente[IL1] .
Fue en 1942, cuando Carlos Sanz de Santamaría, propuso el Metro de Bogotá por primera vez en su historia en un momento en que la ciudad apenas contaba con cuatrocientos mil habitantes y un tranvía usado por el 50% de estos. No fueron pocos los mandatarios distritales y nacionales que hicieron la promesa, pero las discusiones y estudios sobres si elevado o subterráneo agotaban la agenda y los recursos destinados en el presupuesto.
Fernando Mazuera, durante su alcaldía y en 1949, contrató a Charles-Édouard Jeanneret-Gris, Le Corbusier, para reconstruir la ciudad después del Bogotazo ocurrido el 9 de abril de 1948, lo que incluyó una línea férrea. En 1953, una ciudad desbordada con setecientos mil habitantes, adoptó un plan regulador que contemplaba aliviar el tráfico con un metro a lo largo de la avenida Caracas. Roberto Salazar Gómez, un año más tarde, anunció un primer estudio técnico, pero sin éxito al no autorizarlo el Concejo en el plan de desarrollo. Con Gustavo Rojas Pinilla, en 1957 se contrató una firma japonesa por medio de una concesión, pero los gobiernos del Frente Nacional la descartaron. Ya, con un millón seiscientos mil habitantes, Jorge Gaitán propuso, además, un tren de cercanías. Virgilio Barco, reservó doscientos mil dólares para adelantar un estudio sobre el sistema masivo de transporte, era 1968.
Entre 1974 y 1976 y con dos millones y medio de habitantes, se habló de usar la línea férrea como línea de metro. Hernando Durán Dussan planteó la construcción de tres subterráneas y dos periféricas. En 1981 avanzó la formulación del proyecto y pliegos de licitación. En 1987 y con tres punto nueve millones de habitantes, la ciudad aprobó la propuesta italiana de Intermetro SPA buscando rehabilitar las vías férreas. Pero Andrés Pastrana priorizó la troncal Caracas y Juan Martín Caicedo tuvo una iniciativa sin acogida.
Jaime Castro, Antanas Mokus, tampoco lo lograron. El Metro, solo se empezó a materializar con Enrique Peñalosa en el 2016 y a construir con Carlos Fernando Galán. Se espera sea inaugurado en el próximo gobierno y se sumen líneas para que tenga mayor cobertura.
La de Sanz de Santamaría, fue una Alcaldía de puertas abiertas, por su compromiso humano. En la Colombia de mediados del siglo XX, la ausencia de un Estado plenamente desarrollado y de un sistema de seguridad social integral obligaba, en muchos casos, a que las familias de mayor trayectoria asumieran roles de protección hacia su entorno. Dentro de una estructura social con reminiscencias tradicionales, las relaciones entre los propietarios y sus trabajadores se extendían a menudo por generaciones, creando vínculos de lealtad y asistencia que suplían las carencias institucionales.
Carlos Sanz de Santamaría heredó de su padre esta visión de responsabilidad social, pero la transformó en un pilar de su gestión pública. Durante su paso por la Alcaldía de Bogotá, esta vocación se manifestó en una práctica inusual para la época: el mandatario reservaba sistemáticamente una tarde-noche a la semana para recibir en su despacho a cualquier ciudadano que deseara hablar con él.
Haciendo gala de unas habilidades sociales excepcionales, Carlos escuchaba de primera mano las necesidades y preocupaciones de los bogotanos, sin distinción de clase o filiación política. Aquellas audiencias no solo eran un ejercicio de cercanía, sino una herramienta de gobierno que le permitía medir el pulso real de la ciudad, humanizando la administración y demostrando que el rigor técnico de un ingeniero no estaba reñido con la empatía de un servidor público. Y como dice su hijo Guillermo: “Papá tenía a sus trabajadores por amigos, lo que fue ejemplo para sus hijos”.
Este compromiso con el bienestar común y su legado en la capital fueron reconocidos por el Distrito al bautizar con su nombre una institución educativa. El Colegio Carlos Sanz de Santamaría, ubicado en la intersección de la Avenida Suba con la Calle 100, permanece como un testimonio de su vocación de servicio y de la huella que dejó en la formación de las futuras generaciones de bogotanos.
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En 1942 aceptó la designación como ministro de Economía por parte del presidente Alfonso López Pumarejo, y su gestión fue clave en la modernización de la infraestructura bogotana y la planeación del cuarto centenario de la ciudad. Este fue un llamado de emergencia en el que concentró su labor a ejecutar la Ley 45 de 1942 con una reforma tributaria, manejó la bonanza de reservas y el presupuesto como herramienta de transición.
Recibió una economía con un déficit fiscal creciente y una inflación presionada por la segunda guerra mundial. Ejecutó y reglamento, con mano de hierro, la reforma de 1942 que buscaba aumentar el recaudo de impuestos a las rentas altas y excesos de utilidades. Enfrentó entonces la impopularidad necesaria para estabilizar la moneda, ganándose el apelativo de “el devaluador”. López Michelsen confiesa que incluso sus amigos lo criticaban políticamente con ese apodo, lo que muestra un liberalismo que priorizaba la salud de la economía sobre la popularidad política. Porque, a diferencia de otros políticos, no temía enfrentarse a las élites económicas, de las que provenía, para estabilizar la caja del Estado. Entendía que sin sostenibilidad fiscal, la paz social era imposible.
Debido a la guerra, Colombia acumuló divisas porque no podía importar bienes de capital. Esto generaba una presión inflacionaria peligrosa: muchos pesos persiguiendo pocos bienes. Al implementar un control de cambios estricto y fomentar el ahorro forzoso a través de títulos del Estado, evitó que el país cayera en una espiral de precios descontrolada. Preparó así el terreno para que, una vez terminada la guerra, esas reservas se usaran para la modernización industrial.
Su relación como ministro con el Banco de la República ocurrió en el momento donde se da el manejo de la inflación de posguerra mediante los Certificados de Cambio. El Banco de la República estaba inundado de dólares, divisas que no podían convertirse en bienes porque la industria mundial seguía volcada a la guerra. Esto amenazaba con una inflación masiva si esos dólares se monetizaban de golpe.
Entonces, coordinó con la Junta Directiva del Banco la emisión de estos certificados; obligó a los exportadores a recibir parte de sus pagos en estos títulos, que solo podían convertirse en pesos meses después o usarse exclusivamente para importar maquinaria. De esta manera logró congelar la masa monetaria. Fue un ejercicio de esterilización antes de que el término fuera común. Porque no fue un ministro pasivo. Mientras el país se incendiaba políticamente por la caída de López Pumarejo, él estaba usando el balance del Banco de la República como amortiguador social.
También evitó que el costo de vida se disparara permitiendo que la transición hacia el gobierno de Alberto Lleras Camargo tuviera una base económica sólida. Fue así como administró la escasez, pero también la abundancia peligrosa: un técnico de élite sabe cuándo cerrar el grifo monetario, incluso si eso le genera enemigos. Igualmente, fue el ministro que preparó el empalme entre el gobierno de López Pumarejo y la designación de Alberto Lleras Camargo. Logró que, a pesar del caos político, intento de golpe de Estado en Pasto, el presupuesto nacional se mantuviera ordenado. Su gestión demostró que un ingeniero puede blindar la economía incluso cuando el edificio político se está derrumbando. Fue quien empezó a programar el software de la estabilidad en momentos de alta polarización. Demostró que en el Ministerio de Hacienda tienen cabida estrategas que entienden sobre el impacto social de cada cifra.
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En 1945, y por un año, asumió el Ministerio de Hacienda y Crédito Público, momento en que dejó la ciudad para intentar salvar la economía nacional en un momento de altísima tensión política, pues fue el preludio a la crisis del 45. Fue la continuidad de las políticas de su antecesor López Pumarejo: actuó bajo la segunda administración de este, lo que implica que fue el ejecutor de la visión social del “Manual de la Revolución en Marcha” en su etapa final.
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Entre 1946 y 1947, llegó a la Embajada de Colombia en los Estados Unidos en el momento exacto en que se estaban creando el Banco Mundial – BM y el Fondo Monetario Internacional – FMI, en Bretton Woods. Fue cuando aprovechó su formación de ingeniero para hablar el lenguaje de los tecnócratas de Washington. Para él era claro que no iba por ayuda, sino que pedía financiación para proyectos de infraestructura, y lo hacía con estudios de factibilidad serios. Así logró que Colombia fuera vista como un “cliente grado de inversión” antes de que existieran las calificadoras de riesgo modernas.
Como siempre, con su visión estratégica, su paso por las embajadas no solo dejó saldos diplomáticos, sino también un legado patrimonial. Como embajador en los Estados Unidos, fue el responsable de la adquisición de la actual residencia de la Embajada en Washington. Asimismo, durante su estancia en Brasil, su estrecha amistad con el presidente Juscelino Kubitschek permitió que, tras la fundación de Brasilia, Colombia recibiera un lote privilegiado para su sede diplomática, a la altura de las grandes potencias mundiales.
Siempre consciente de sus retos, Carlos nunca dejó de estudiar. Siendo ya un ingeniero civil con posgrado en Francia, aprovechó su estancia en Washington para estudiar Economía en la Universidad de Georgetown, entendiendo que el manejo del Estado requería un dominio de las finanzas. Esta preparación académica dio sus frutos más importantes con la creación de la Junta Monetaria. Carlos fue el artífice de esta institución que buscaba independizar el manejo del dinero de los vaivenes políticos del gobierno de turno.
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Su talante se puso a prueba en múltiples frentes. Cuando terminó su Alcaldía, López Pumarejo lo llamó al Ministerio de Guerra. Su valentía, sin embargo, no era solo académica; poseía una fibra de líder y una serenidad que le permitía transformar motines en vítores enfrentando las crisis con una serenidad física y moral que pocos tecnócratas han logrado emular: “¡Abajo el ministro de Guerra! ¡Qué viva Carlos Sanz de Santamaría!”.
Carlos Sanz de Santamaría fue un hombre de una valentía innegable, capaz de enfrentar situaciones críticas con determinación y presencia física. Un episodio ilustrativo ocurrió durante su gestión como ministro de Guerra, cuando el Gobierno dispuso el traslado de la Escuela de Grumetes de Cartagena a las instalaciones de Veranillo, en Barranquilla. Ante la impopularidad de la medida, el descontento social escaló al punto de que algunos sugirieron arrojarlo al mar. Pese al riesgo real de ser agredido o incluso acribillado, se presentó personalmente ante la multitud; su temple fue tal que los ánimos se transformaron y el encuentro concluyó entre vítores.
En sus periplos por el territorio nacional solía acompañarlo su esposa. Durante un viaje a Santa Marta, debieron abordar una canoa a motor para alcanzar Riohacha en pleno mar abierto. Ella sufrió un malestar profundo mientras observaba con inquietud las aletas de los tiburones que rodeaban la embarcación; sin embargo, aquel mareo no era producto del temor a los escualos, sino la manifestación del embarazo de su hijo, Alberto Sanz de Santamaría, padre de Roberto.
De su paso por aquellas tierras, a Carlos le causó una impresión indeleble una costumbre local: era común ver tortugas vivas, colocadas boca arriba, de las cuales se iban cortando partes para el consumo diario. Para el viaje de regreso, lograron abordar una embarcación de mayor calado, presumiblemente un vapor, donde Sanz de Santamaría consiguió persuadir a un pasajero para que les cediera la única cabina disponible. Asimismo, solía relatar las duras condiciones de Buenaventura en aquella época. Describía un entorno hostil, plagado de serpientes y marcado por una fuerte tensión social, donde la población local se mostraba agresiva hacia los blancos, obligándolos a residir en las afueras, lejos del casco urbano.
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Carlos Sanz de Sanatamaría hizo parte de la génesis de la radio con el nacimiento de Caracol en los años 50. Su influencia trascendió la política y la ingeniería, alcanzando el mundo de las comunicaciones en un momento fundacional para el país. Por iniciativa del presidente Alfonso López Pumarejo, quien comprendía la urgencia de dotar a la nación de un medio de difusión moderno y eficiente, se encomendó a su hijo, Alfonso López Michelsen, y a su entrañable amigo, Carlos, la creación de lo que hoy conocemos como la cadena radial Caracol.
Originalmente bajo el nombre de Emisora Nuevo Mundo, este proyecto se convirtió en la piedra angular de la Cadena Radial Colombiana. Carlos no solo formó parte de su Junta Directiva original, sino que se involucró con una pasión técnica inusitada. En una época en la que la tecnología radial dependía de complejos sistemas de tubos, él decidió profundizar en el conocimiento de la electrónica mediante cursos por correspondencia. Su destreza manual era tal que pasaba largas horas de la noche reparando y ensamblando los equipos de la estación, demostrando una curiosidad intelectual que no se conformaba con la gestión administrativa, sino que buscaba el dominio del oficio técnico.
Bajo el impulso de figuras como Fernando Londoño Henao, la emisora se fusionó con La Voz de Antioquia. Gracias a la incorporación de técnicos de talla internacional como Mario Jaramillo, el proyecto alcanzó hitos tecnológicos memorables, como la implementación de la «parabólica solar». Este avance permitió hitos de comunicación sin precedentes, como las transmisiones en directo de la Vuelta a Colombia, que unieron al país a través de las ondas hertzianas.
Esta faceta polifacética de Carlos se complementaba con una notable habilidad para la carpintería, oficio que practicaba en un taller perfectamente equipado en su propia casa, un regalo de su esposa, Mamá Lolita, donde el rigor de los números y la diplomacia cedían el paso a la precisión del trabajo manual.
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Después de estas experiencias, la trayectoria de Carlos Sanz de Santamaría dio un giro hacia el multilateralismo consolidándolo como “El embajador de la estabilidad”. Más adelante, asumió cargos diplomáticos, pero no como cargos de cóctel, porque fueron misiones de geopolítica económica.
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En 1957 a 1958 asumió la Embajada de Brasil en lo que se llamó La Alianza del Café. En ese momento, Brasil y Colombia eran los dos gigantes que definían el precio mundial del café. No llegó a fortalecer lazos culturales, llegó a coordinar la oferta porque entendió que si los dos países competían agresivamente, el precio colapsaría tras la guerra. Este fue un ejercicio de “pre-cartelización” para asegurar ingresos fiscales estables para el país.
Estando aquí, compró la obra de ocho artistas desconocidos en Brasil, Guido Cavalcanti y Cándido Portinari, pero que con los años se consolidaron como se lo dejó saber un muy buen amigo suyo, permitiéndole revenderla por una cifra muy importante. La obra de José Pancetti no la recibieron al considerarla una “grosera falsificación de un autor francés”.
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Ministro de Relaciones Exteriores, 1958 a 1959, designado por la Junta Militar.
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La dimensión de “articulador” alcanzó su cénit en el escenario internacional al ser la figura clave en la implementación de la Misión Currie, la primera del Banco Mundial enviada a un país en desarrollo y que buscaba el Plan Global de Desarrollo. Esta Misión sentó las bases para el Consejo Nacional de Planeación, organismo donde su visión sobre la infraestructura y el orden fiscal encontraría su hogar institucional años después.
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Entre 1964 y 1974, fue el motor colombiano en la Alianza para el Progreso – APP ejecutando sus primeros grandes planes de inversión desde su segundo período en el Ministerio de Hacienda y, posteriormente, como presidente del Comité de los Nueve en Washington y del CIAP; y el interlocutor de mayor peso ante los organismos multilaterales, asegurando que la planificación técnica colombiana fuera validada por la banca internacional. Su polivalencia le permitía tocar el tiple o el violín con la misma destreza con la que negociaba créditos de desarrollo.
Podría decirse que la Misión Currie fue el diagnóstico, la APP la ejecución y fiscalización y Carlos Sanz de Santamaría el puente entre ambas. Tomó las recomendaciones de Currie en los 50 y las convirtió en condiciones de préstamos internacional en los 60.
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En la etapa final de su carrera pública, 1974, fue concejal de Bogotá. López Michelsen, en su libro Visiones del siglo XX colombiano, explica que, antes de ser una figura nacional, Carlos hizo un “doctorado en colombianismo”. Esto es clave porque, al Concejo no llegó un diletante, llegó un ingeniero que conocía las carencias sanitarias del país. Por su parte, Lleras Restrepo, en su discurso de reconocimiento nacional a Sanz de Santamaría en diciembre de 1983, destaca que su paso por el Concejo y la Alcaldía se nutrió de su asociación con Luis Lobo Guerrero, hito de la ingeniería hidráulica; considera que el Concejo fue el lugar donde empezó a proponer soluciones, como la valorización, que luego ejecutaría como Alcalde.
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Durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, que se dio entre 1953 y 1957, Carlos Sanz de Santamaría se retiró al sector privado, periodo en el cual se dedicó con mayor ahínco a sus negocios y a su pasión por los caballos.
Se les considera “La estirpe de los purasangre”. La afición por los equinos en la familia Sanz de Santamaría tiene sus raíces en la figura de Carlos, quien en su juventud destacó como un entusiasta polista. Es un dato histórico relevante que el primer club deportivo organizado en Colombia fue el Polo Club de Bogotá, fundado hacia 1906. En aquel entonces, los partidos se disputaban con caballos provenientes de las minas de carbón. Fue Carlos quien, junto con un grupo de visionarios aficionados, fundó y construyó el Hipódromo de Techo, un hito en la hípica nacional.
Debido a sus prolongadas estancias en el exterior cumpliendo misiones diplomáticas, Carlos delegó la gestión de sus negocios en su hijo, Alberto Sanz de Santamaría. Bajo su administración, el criadero de caballos de carreras floreció. Años más tarde, ante el deterioro de Techo, Alberto se asoció con Carlos Haime y Elkin Echavarría para fundar y construir el Hipódromo de los Andes, ubicado en la Autopista Norte. Este centro hípico terminaría cerrando sus puertas debido al incremento en los impuestos del municipio de Chía, que hacían inviable su operación.
La trayectoria de los hipódromos continuó en Cali, obra también de Alberto. Fue allí donde enfrentó una situación delicada cuando personajes vinculados a los Rodríguez Orejuela le ofrecieron integrarse a sus negocios; una propuesta que él rechazó con determinación. Posteriormente, la tradición se extendió a Villa de Leyva y Medellín, donde la familia continuó compitiendo.
Quedó un claro legado en el salto y la crianza. Con la desaparición de los hipódromos, la crianza de caballos de carreras de sangre inglesa mermó, pero la estirpe sobrevivió a través del salto. Hoy en día, los ejemplares de la familia conservan esas raíces inglesas. Alberto, incluso en sus años finales mientras lidiaba con el alzhéimer, nunca abandonó la ilusión de construir un nuevo hipódromo para Bogotá; llegó a idear el traslado de la estructura metálica del de Cali para reensamblarla en la capital.
La meticulosidad en la crianza ha sido una constante durante más de setenta años. Se ha logrado documentar la trazabilidad del 99 % de los ejemplares nacidos en el criadero gracias al registro internacional de purasangres. Carlos solía llevar este control con una disciplina admirable: cada año de nacimiento se relacionaba con una letra del abecedario para organizar las edades. El bautizo de los potros se convertía en un rito familiar; apoyados en el Diccionario de la Real Academia Española, buscaban nombres originales y precisos. Uno de los ejemplares más recordados fue «Insurgente», un purasangre de carreras excepcional que Carlos prestó para competiciones de salto, logrando múltiples victorias y consolidando el vínculo entre el abuelo y sus nietos a través del deporte.
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La transición hacia la agroindustria marcó un hito en la historia empresarial de la familia transformando una explotación ganadera tradicional en una marca reconocida en la cotidianidad de los bogotanos. Pasó de la heredad a la industria: La Campiña.
Alberto Sanz de Santamaría dedicó gran parte de su esfuerzo a la administración de la finca ubicada en Soacha, una propiedad que había pertenecido anteriormente a su suegro. En aquellos terrenos —que en la actualidad albergan el complejo urbanístico Ciudad Verde, dotado de servicios hospitalarios y universitarios—, la actividad principal era la ganadería lechera. Ante la necesidad de comercializar la producción, Alberto se asoció con su cuñado, Pedro Navas, cuya propiedad colindante compartía la misma vocación productiva. Juntos fundaron Leche La Chucuita, nombre derivado del término indígena que describe los terrenos pantanosos característicos de la zona.
Con la visión de lograr una integración vertical y aportar un mayor valor agregado a su materia prima, los socios decidieron dar un paso audaz hacia la transformación del producto. Para ello, establecieron una alianza con la familia Moreno, quienes fueron los responsables de introducir en Bogotá el concepto del ice cream parlor o salón de helados.
Esta evolución estratégica condujo al cambio de nombre de la planta pasteurizadora, que pasó a denominarse La Campiña. Fue bajo este nuevo sello que nacieron los helados homónimos, consolidando una marca que lograría posicionarse con éxito en el mercado local y transformar el legado de la antigua finca en una empresa de alcance urbano.
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Fue presidente de la Sociedad Colombianas de Ingenieros – SCI, en dos ocasiones, consolidándose como la voz más autorizada del gremio en esta materia. Fue bautizado como el “Cachaco” pragmático: López Michelsen destaca la mezcla de la hidalguía bogotana con el pragmatismo antioqueño (por los Herrera). Esa dualidad lo llevó a la SCI: combinaba la elegancia del trato con la precisión del cálculo.
Fue, además, un hito de la ingeniería sanitaria. Desde aquí, posicionó a la ingeniería civil como una herramienta de salud pública con los acueductos de Santa Marta, Riohacha, Buenaventura.
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Con la Junta Militar, fue ministro de Relaciones Exteriores (1957-1958). En este periodo de proyección exterior, el asilo de Víctor Raúl Haya de la Torre se convirtió en el caso de estudio más fascinante de la carrera diplomática, pues lo obligó a navegar en la intersección entre el derecho internacional, la política continental y el honor nacional. Este evento ocurrió durante su gestión como ministro de Relaciones Exteriores, entre 1947 y 1948, y continuó bajo su influencia en el período posterior. Este es uno de los episodios más largos y famosos del derecho internacional.
Su intervención principal se dio desde Bogotá. Entre 1948 y 1953, aunque Carlos estaba formalmente en el sector privado, seguía siendo una figura de consulta obligatoria para el liberalismo y el Estado. Sin embargo, su papel más activo en la resolución final y en el manejo de las implicaciones diplomáticas de este tipo de casos de asilo se consolidó cuando regresó al gabinete como Ministro de Relaciones Exteriores en 1957.
Haya de la Torre, líder del APRA en el Perú, el 3 de enero de 1949 se refugió en la Embajada de Colombia en Lima tras ser acusado de rebelión militar por la dictadura de Manuel Odría. Sanz de Santamaría, quien meses atrás había dejado el cargo tras el Bogotazo, como constructor de la política exterior colombiana, defendió la tesis de la “Calificación Unilateral”: sostenía que era el Estado quien tenía el derecho jurídico de decidir si el refugiado era un delincuente político o un reo común.
Este fue el primer litigio latinoamericano ante la Corte Internacional de Justicia – CIJ, la Corte de La Haya. Aunque para el momento del fallo final, Sanz ya no estaba en la Cancillería, su doctrina de respeto absoluto a las convenciones panamericanas fue el blindaje de la defensa. Colombia mantuvo a Haya de la Torre en su Embajada durante cinco años convirtiéndose en un símbolo de la resistencia civilista. Sanz utilizó este caso para insistir en que el derecho de asilo era una institución humanitaria de orden técnico. Así se elevó de economista a jurista global de integridad técnica: un principio debe defenderse con el mismo rigor que un balance presupuestal.
En este tablero de ajedrez mundial, el papel de su esposa, Mamá Lolita, fue fundamental. Ella no era solo una acompañante, sino el soporte estratégico de su gestión. Como anfitriona excepcional, convertía su hogar en el escenario de las reuniones más decisivas, donde su cultura, sus buenos modos y la esmerada atención a cada detalle lograban distensionar los ánimos y facilitar los acuerdos más complejos.
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Carlos Sanz de Santamaría asumió la presidencia del Comité Interamericano de la Alianza para el Progreso – CIAP, en 1964 y por diez años, la ambiciosa iniciativa del presidente John F. Kennedy destinada a impulsar el desarrollo de América Latina y elevar la calidad de vida en el continente. Diría que fue la diplomacia de la audacia. Su labor en este organismo consolidó su estatura como líder regional, pero fue en los años previos, durante su embajada en Washington, donde dejó constancia de su sagacidad para destrabar asuntos críticos del Estado.
En tiempos del presidente Alberto Lleras Camargo, Colombia enfrentaba el reto de integrar su complejo territorio, cuya accidentada geografía impedía la construcción expedita de carreteras. La solución técnica radicaba en la adquisición de aviones DC-3, aeronaves versátiles y resistentes; no obstante, el gobierno de los Estados Unidos se negaba a la venta. El argumento oficial era la escasez, aunque en el fondo subyacía el temor estratégico de que estos aparatos fueran convertidos fácilmente en bombarderos por gobiernos de países en desarrollo.
Ante la negativa sistemática de la Casa Blanca, Sanz de Santamaría diseñó, junto con Lleras Camargo, un plan que hoy calificaríamos como una brillante pieza de teatro diplomático. Sabiendo de antemano que las comunicaciones oficiales estaban intervenidas, el embajador realizó una llamada al presidente colombiano: “Señor presidente, manifestó con calculada gravedad, me veo en la obligación de presentarle mi renuncia. Es evidente que este Gobierno no confía en mi gestión, pues mientras me aseguran que no hay existencias de aviones DC-3, yo mismo los he visto estacionados durante una reciente escala técnica en un aeropuerto nacional”. La estratagema surtió un efecto inmediato. Al día siguiente, el Departamento de Estado notificó a la delegación colombiana que, tras una “revisión de inventarios”, se habían localizado las aeronaves y estaban plenamente disponibles para la venta. Aquel episodio no solo dotó al país de una flota esencial para su conectividad, sino que reafirmó el respeto que los interlocutores estadounidenses sentían por la astucia del embajador.
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Como embajador ante las Naciones Unidas (1982-1983) y nombrado por el presidente Belisario Betancur, Carlos Sanz de Santamaría hizo gala del arte en la diplomacia. Poseía él un encanto natural y unos dones excepcionales para las relaciones humanas, cualidades que suplían con creces la ausencia de una carrera diplomática formal en aquella época. Su capacidad para tejer vínculos personales de manera genuina fue su mejor herramienta en los escenarios más complejos del mundo.
Como embajador ante las Naciones Unidas, le correspondió gestionar la delicada crisis de la Guerra de las Malvinas en 1982. Colombia se encontraba en una posición solitaria y difícil: mientras el resto de América Latina cerraba filas en torno a Argentina, el país mantenía una postura distinta, condicionada por sus propios litigios territoriales y la coherencia con el derecho internacional. La destreza de Carlos fue vital para navegar esas aguas turbulentas sin fracturar los lazos con la región.
Sin duda, sembró también semillas de liderazgo. En una ocasión, Jorge Cárdenas Gutiérrez, quien años más tarde llegaría a ser gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros, relató una anécdota que revela la faceta de mentor de Carlos Sanz de Santamaría. Durante el periodo en que Carlos se desempeñaba como embajador en Washington, Cárdenas Gutiérrez se encontraba en la capital estadounidense adelantando sus estudios universitarios.
Sanz de Santamaría solía convocar al joven estudiante para que le sirviera como conductor en sus desplazamientos. Durante aquellos trayectos, el embajador aprovechaba la intimidad del vehículo para explicarle, con detalle y pasión, la complejidad de las negociaciones de café que se gestionaban entre las naciones productoras y las consumidoras. Fue precisamente en esas conversaciones informales donde Carlos logró cautivar el interés del joven Jorge por el gremio, marcando así el inicio de una vocación que definiría la trayectoria profesional de Cárdenas Gutiérrez durante décadas.
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Uno de los últimos actos de servicio público de Carlos Sanz de Santamaría fue, quizás, el que mejor ilustró su humildad y compromiso patriótico. En la década de los ochenta, cuando el narcotráfico comenzaba a extender sus tentáculos sobre la infraestructura aérea del país, se generó un caos institucional en la concesión de permisos y el control de aeropuertos. Ante esta crisis, y por sugerencia de Alfonso López Michelsen, se le pidió a Carlos que asumiera la dirección de la Aeronáutica Civil.
Para él, la ética siempre estuvo por encima del honor. Aceptó el reto sin vacilaciones, a pesar de que el cargo estaba jerárquicamente muy por debajo de su trayectoria previa como ministro o embajador. Para un hombre de su estatura, no existían cargos pequeños si la integridad de las instituciones estaba en juego. Su misión era clara: imponer orden y transparencia donde reinaba el desorden.
Dada la peligrosidad de los intereses que enfrentaba en esa oficina, por primera vez en su vida profesional fue necesario asignarle un esquema de seguridad y guardaespaldas permanentes. Carlos Sanz de Santamaría transitó esos pasillos con la misma rectitud con la que caminó por la Casa Blanca o la OEA, demostrando que un verdadero estadista es aquel que está dispuesto a servir donde más se le necesita, sin importar la relevancia del título, sino el valor del servicio.
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Obtuvo el merecido reconocimiento de toda una nación. La trascendencia de su legado y su autoridad moral quedaron de manifiesto en un episodio ocurrido en 1988, con motivo del vigesimoquinto aniversario de la Junta Monetaria. Aquella no fue una conmemoración burocrática más, sino un acto de Estado que se trasladó a la intimidad de su hogar. El propio presidente de la República, Virgilio Barco Vargas, acompañado por don Germán y por el entonces ministro de Hacienda, Luis Fernando Alarcón, acudió al apartamento de Carlos, el mismo inmueble que años más tarde ocuparía Miguel Silva, para condecorarlo.
Aquel encuentro, en el que el joven ministro Alarcón participaba como testigo de excepción de la vieja guardia liberal, simbolizó la gratitud de un país hacia el arquitecto de su estabilidad económica. Ver al presidente Barco acudir al domicilio de Sanz de Santamaría subrayó que, más allá de los cargos, Carlos se había convertido en una figura cuya sabiduría y consejo seguían siendo fundamentales para la conducción de Colombia.
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Estas pinceladas finales retratan la esencia humana de Carlos Sanz de Santamaría: un hombre cuya curiosidad intelectual no conocía fronteras y cuya rigurosidad técnica convivía armoniosamente con un sentido del humor vivaz.
La curiosidad fue su estilo de vida. Más allá de los tratados económicos y las misiones diplomáticas, la vida de Carlos Sanz de Santamaría estuvo marcada por una inquietud intelectual inagotable. Su mente, siempre proyectada hacia el futuro, buscaba constantemente oportunidades de innovación, incluso en los detalles más cotidianos. En una ocasión, vislumbrando el potencial de la industria química, propuso a uno de sus nietos la creación de una empresa de aromas y esencias; una visión empresarial que, aunque no fue atendida en su momento, demostraba su instinto para detectar nichos de mercado aún inexplorados en el país.
Esa fascinación por el conocimiento lo llevaba a sumergirse en mundos ajenos a su formación original. Podía entablar largas conversaciones sobre microbiología con su nieta, investigando con entusiasmo temas de genética hasta dominarlos. Esta misma rigurosidad la aplicaba a su salud y la de los suyos: tras investigar que las cerdas suaves eran superiores para la higiene dental, contrario a la creencia de la época, se encargó de proveer a su familia con cepillos especiales traídos del exterior durante cuatro décadas.
Suma a sus pasiones la tecnología y la naturaleza. Sanz de Santamaría fue un entusiasta de la tecnología de vanguardia. Rara vez se le veía sin una cámara fotográfica; poseía los modelos más avanzados y compactos de su tiempo, incluida la legendaria Minox, famosa por su uso en el espionaje durante la segunda guerra mundial. Su legado visual incluye innumerables rollos de película de 8 mm y Super-8, donde su pasión por los caballos quedó registrada con tal profusión que las horas de metraje ecuestre superaban con creces cualquier otro tema familiar.
Su amor por los animales se tradujo en una búsqueda constante de la excelencia racial. No escatimaba esfuerzos ni trámites burocráticos complejos para la época, para traer al país ejemplares de razas como el Bóxer, el Dálmata o el Akita. Esta inclinación por la mejora de las especies se extendía incluso a la apicultura, importando abejas reina para fortalecer sus colmenas.
Se dice que esta vocación por la comunicación y la innovación fue una herencia de su propio abuelo, «Papá Nano», quien en su momento utilizó palomas mensajeras e instaló uno de los primeros sistemas telefónicos entre Santandercito y Bogotá, motivado por la urgencia de contactar servicios médicos tras una emergencia familiar.
Por supuesto, había un hombre detrás del estadista. Pese a la seriedad de sus altos cargos, Carlos nunca perdió el sentido del juego ni la cercanía con los suyos. Era capaz de gastar bromas memorables, como aquella vez que hizo llamar a una de sus nietas por los altavoces de un aeropuerto solo para saludarla entre risas cuando ella, asustada, atendió al llamado. Incluso en sus detalles más pequeños, como las infaltables gomitas de eucalipto que repartía o los objetos curiosos que traía de sus viajes, Carlos Sanz de Santamaría demostró que la verdadera grandeza de un hombre de Estado reside en no perder jamás la capacidad de asombro ni el afecto por los detalles que hacen la vida más amable.
La elegancia de la humildad, en una sola persona. La verdadera estatura de Carlos Sanz de Santamaría se medía en la naturalidad con la que habitaba cada uno de sus roles. Poseía una generosidad genuina que se manifestaba en el trato igualitario: saludaba con el mismo respeto y calidez al portero, al chofer o al secretario que a los jefes de Estado. En él, la vanidad no era un ejercicio de soberbia, sino una forma de respeto propio y de cortesía hacia los demás, expresada en un impecable ritual de presentación personal. Desde el uso esmerado de brochas y cremas de afeitar hasta el detalle de perfumar sus pañuelos y vestir camisas con sus iniciales bordadas, Carlos entendía la elegancia como una disciplina cotidiana.
Esa integralidad le permitía vivir en un equilibrio envidiable. Podía compartir la tarde tomando el té con Jacqueline Kennedy en Washington y, poco después, entregarse con la misma pasión a la sencillez de la vida familiar. Sus nietos eran el centro de su afecto; por ellos sentía un amor profundo que lo llevaba a cambiar los salones diplomáticos por las cabalgatas en el campo.
Disfrutaba de los placeres de la vida con la curiosidad de un buscador de tesoros. Era un conocedor y amante del buen vino, y conservaba una cava magnífica donde el paso del tiempo se hacía evidente en las telarañas que protegían las botellas. Amante del canto, la buena mesa y la risa, Carlos Sanz de Santamaría nunca permitió que las altas responsabilidades del poder le arrebataran la humildad ni la capacidad de goce. Fue, ante todo, un hombre que supo armonizar la sofisticación del mundo con la sencillez del corazón.
Sanz de Santamaría fue un hombre de cultura vasta, coleccionista de arte y detector de talentos, pero su mayor legado fue haber sido el puente humano y técnico entre la visión de los presidentes Lleras y la realidad de una nación que urgía de modernización. Considerado “El gran ciudadano”, su trayectoria profesional y diplomática consolidó los méritos suficientes para la Presidencia de la República, dignidad que, aunque no ocupó formalmente, ejerció desde el rigor de la ejecución estatal. Su vida fue una lección de cómo la precisión puede estar al servicio de una convicción personal inquebrantable[1].
[1] Entrevistas de la autora con Guillermo Sanz de Santamaría, Roberto Sanz de Santamaría, Carlos Sanz de Santamaría, María Isabel Sanz de Santamaría, Beatriz Sanz de Santamaría, Elena Sanz de Santamaría, José Antonio Umaña y Mauricio Silva. Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB). Archivo Histórico: Actas de Gerencia y Planeación (1942-1945). Presidencia de la República de Colombia. Decreto 1905 de 1995 (Honores a la memoria de Carlos Sanz de Santamaría). Referencia principal: Isabel López Giraldo. “Carlos Sanz de Santamaría”. Memorias conversadas. Bogotá: 2024. Carlos Sanz de Santamaría. Memorias. Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1982. Fundación Carlos Sanz de Santamaría. Archivo de correspondencia privada y documentos de la Alianza para el Progreso.


